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domingo, noviembre 08, 2015

Leonardo Padura, de un sofá a la “mesaza” de Mirtha Legrand



Tarde de sábado y estuvimos con Leonardo Padura; en el agradable anfiteatro del MALBA, Museo de Arte Latinoamericano donde se exhiben obras de Amelia Peláez, Mariano Rodríguez y Wifredo Lam. Padura es el escritor cubano vivo con mayor popularidad internacional y tal vez del que más se discuta en estos momentos, este día, en este mismo minuto. Ha vuelto a la Argentina, como jurado del Premio Clarín de novela y por tal motivo fue centro de una mesa (vale decir: sofá) escoltado por las escritoras argentinas Matilde Sánchez y Claudia Piñeiro, entrevistadoras; “mis torturadoras”, dice él, que viste camisa azul, pantalón beige, zapatos caoba.

Parece cómodo en el intercambio y feliz con el público que ha llenado las lunetas. Como de costumbre cada una de sus palabras y gestos se corresponden a las palabras y gestos de un cubano clásico, habanero, mantillense. Padura tiene bastante del prototipo cubano, es un tipo clásico de escritor de su generación, por las cosas que dice y cómo las dice; aunque, advierte no saber bailar, incapacidad de la cual culpa a que en Cuba solo hay una manera de hacerlo: bailando bien. “El resto somos centro de las burlas, razones para que haya tanto asesino serial por las calles”, dice en sorna.

También recuerda la influencia que tuvo el beisbol. En la reciente ceremonia de aceptación del Premio Princesa de Asturias se presentó con una pelota. Cuando niño se fugaba de la escuela para jugar con los amigos. Repitió el quinto grado por semejante fanatismo. Su madre, en su edad octogenaria, revisando papeles de antaño, lo recrimina por las ausencias a la escuela. ¿Dónde estabas si salías de casa todos los días? El niño Padura jugaba pelota sin parar. Y ahora sigue jugando, a través de Industriales, su equipo.

El diálogo vespertino comenzó con el pie de Matilde Sánchez (que llevaba tacones) sobre literatura policial; específicamente la novela policial escrita desde la periferia, advierte Padura: en los años 80. Cuba. Historias de visión propagandística más que literaria eran aquellas. Malas historias, recalcó. Luego, afloraron las influencias. Y un nombre esencial. Manuel Vázquez Montalbán. Y otro de alguna manera importante: Paco Ignacio Taibo II.

Claudia Piñeiro le pregunta por qué Mario Conde se cambió el apellido sin pasar por registro civil alguno y, presto, se adelanta el cubano a responder que por asuntos netamente de la rima: Lamar rimaba con demasiados infinitivos de uso en la lengua castellana, infinitivos no siempre chabacanos pero sí extendidos en la jerga del cubano. Mejor Conde, que aunque por un primo,  a los españoles recordará a un banquero tránsfuga.

Y habló Padura de su primer viaje a España como periodista y crítico de novelas policiales, de lo mucho que significó en su vida esa experiencia, de los libros que  compró entonces, de la actualización que supuso para él en materia literaria, del dinero que gracias a la dieta logró ahorrar para que de vuelta a La Habana Daniel Chavarría, el escritor uruguayo al que los colegas cubanos recurrían para adquirir computadoras solo comercializables a extranjeros, le facilitara la primera de su propiedad. Y habló de su esposa Lucía, tan importante.

Eran los noventa y alcanzó el Premio Café Gijón, y luego lo llamaron a la casa de su vecina de enfrente quien gritó desde la puerta eso de: “¡Nardito te llama una extranjera!”; y la primera extranjera era Rosa Regás, y después, la segunda, era una autoridad en Tusquet, su editorial, la puerta al mundo de las letras, su familia; tanto así que el otro día, cuando recibió el Princesa de Asturias de las Letras, el más reciente de los importantes lauros recibidos, buena parte de esa casa editora estaba allí acompañándole.

También recordó las estrategias que se suceden en Cuba para limitar sus influencias, que le esconden los libros, dice, que limitan las ediciones. Y advierto que he sido testigo de mucho más: he visto el desinterés de los periódicos por informar sobre sus logros entre los que destaca el Premio Nacional de Literatura o el maltrato en ciertas instituciones donde se presentaba durante una Feria, eventos a los que no se limita para acercarse a sus crecientes lectores; pues Padura, sobre todo en los últimos tiempos, ha empezado a visitar provincias invitado por las direcciones locales del Libro, por espacios como la Unión de Escritores. Y también debo decir que sus textos han sido incluidos en planes de estudios universitarios, en la enseñanza de la Historia, en Holguín, por ejemplo.

La coyuntura permitió que Piñeiro averiguara si es verdad que los libros de Padura se consiguen en las calles al precio de dos latas de leche condensada, y él, dejándose llevar supongo por las influencias de otros escritores en su vida, afirma la anécdota que pertenece a Guillermo Cabrera Infante, quien respondió lo mismo a la periodista española Elena Pita allá por los noventa, cuando una lata de leche condensada sí que costaba en Cuba; de hecho, era un milagro encontrarse con una porque su valor en el mercado negro era alto; tan lejos estabas, inalcanzable.

El mismo Padura lo dijo: le debe a varios autores del mundo; a Cabrera infante y Carpentier, en principio; también a la complicidad de su generación, de la cual mencionó a Abilio Estévez. Pero, sumó a la literatura norteamericana, a la novela publicada en lengua española en el siglo XX, y a autores como Borges, Bioy Casares, Rulfo, García Márquez, Fernando del Paso, Cortázar, Vargas Llosa; incluso a Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina. ¿Su última gran adquisición?: Bolaño.

El próximo trabajo de Padura serán las apostillas de El Hombre que amaba a los perros, esa novela fascinante sobre el fracaso de la gran utopía del siglo XX, tal como la define, y que lo catapultó a la fama internacional pese al valor de trabajos anteriores como La novela de mi vida o la serie de libros sobre el célebre detective Mario Conde, ahora encarnado para versiones audiovisuales distintas por Jorge Perrugorría y Antonio Banderas."No se puede quejar, Conde", dice. Pero El hombre que amaba a los perros ha representado un hito en su obra, por ella ha conseguido premios, nuevos lectores, amigos: "Ahora soy amigo de Dilma y Lula, quien le aseguró a la prensa que después de leerlo casi se vuelve trotskista. En Brasil ha sido tremendo este libro".

Con la firma de ejemplares, para la cual hubo una larga fila de argentinos y no pocos cubanos, terminó la tarde Paduriana en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.  En la noche el cubano estaría con Mirtha Legrand, afamada actriz de mediados del pasado siglo y popular en ciertos círculos argentinos por un antiguo programa de televisión del cual es conductora y donde la conversación algunas veces interesante se combina con la frivolidad del ambiente, la decadencia de algunas maneras, y hasta con no pocos lapsus de la anfitriona. ¿Eres cubano?, ¿vives en Cuba?, preguntó ML a LP: ¿usted ha oído hablar de mí?

Claro que Padura había escuchado de Mirtha, que la veía mucho en Cuba, contesta, que no le creería cuando cuente a su madre haber estado con uno de los mitos del cine. Y aprovechó los largos espacios de silencio (son seis invitados en la mesa y todos deben hablar en una hora y media, contar de sus carreras y vidas prsonales no carentes de problemas y traumas, como todos nosotros) para saborear los platos que le iban sirviendo. Comer es de lo mejor que se hace en el programa, aunque las barras bravas de la ideoliteratura no reconozcan nada positivo; ni siquiera el menú. Para la noche había ensalada de quinua y palta, bondiola con sal cítrica y brownie con crema inglesa y maracuyá.Por algo la frase de ML es más o menos: "esta no es una mesa, !es una mesaza!"

En la semana entregan el Premio de novela del periódico Clarín y su revista Ñ y el escritor Leonardo Padura Fuentes seguirá por Buenos Aires hasta entonces. A lo mejor me lo vuelvo a encontrar. Si está por Corrientes y espanto mi timidez, lo invito a conversar en Banchero. Y a lo mejor hasta le hago una entrevista allí, aunque no sean tiempos de pizza y champán, como dijeran.






lunes, noviembre 10, 2014

Melancólica belleza de los espacios arruinados



La lectura de los primeros libros escritos por el coterráneo Leonardo Padura no solo me ratifican su efectividad narrativa, sino que me han puesto delante -y esto gracias a Tusquets Editores- la obra del fotógrafo canadiense Robert Polidori (Montreal, 1951).


Polidori, según las consultas, ostenta un currículo envidiable para un montón de artistas. En principio- y saltándonos los en tal caso elementales premios, libros y exposiciones-, porque ha vivido en New York y París, ciudades ambas ansiadas por quienes sueñan catapultarse al mundo de la fama. 


Pero no es su residencia lo que me hizo escribir estas líneas, sino algunos de sus hallazgos artísticos, en este caso lo que supo descubrir al interior de ciertas mansiones habaneras. El canadiense puso a prueba su olfato y como el mejor sabueso ubicó moradas insólitas antes los ojos del mundo moderno. Se trata de casonas situadas en el Vedado o Miramar, otrora radiantes y vitales, pero que al sobrepasar sus puertas, ahora, el visitante descubre un mundo de objetos que sobreviven la carestía.


Paredes donde la pintura dibuja mapas del mundo medieval, electrodomésticos deseados por el más exquisito coleccionista, sillones abstinentes, muñecas fantasmales y montañas de libros como señal de que allí habita una raza humana que se niega a morir y la cual para la sobrevida se alimenta con la sabiduría del mundo, atesorada, cuidada, persistente.
   

Con imágenes donde la desolación toma el lugar de los hombres Tusquets presenta las novelas de Padura, al menos las concernientes al policía Mario Conde, editadas en Buenos Aires, subrayando así uno de los aspectos fundamentales en los contextos padurianos -siempre relacionados con aspiraciones y realidades arruinadas-: la melancolía.


También Polidori parece un hombre con preferencia a lo melancólico. Se entrega a largas caminatas por ciudades arrasadas por el tiempo o el viento – como aquella novela que me ha hecho olvidar la memoria- y solo se detiene al ser deslumbrado por la más desconsolante belleza. Entonces instala su cámara y capta imágenes donde apenas hay rastros de humanidad. O rectifico: capta el rastro de una humanidad en extinción. Para él, lo importante es el objeto, la construcción que a su conveniencia hizo el hombre y que la naturaleza se va encargado de demoler con su puño de acero.

miércoles, junio 25, 2014

La herejía de la diferencia


Herejes es la más reciente novela del escritor cubano Leonardo Padura (Mantilla, 1955) publicada por Tusquet Editores. No digo novelista, porque Padura es de esos que también saben bien llevar el oficio del periodismo. La crónica, el artículo, el reportaje y el ensayo alcanzan en él una consistencia sólida como en sus novelas, razón por la cual me satisface llamarlo escritor a secas, pues es hombre que se mueve con una corrección admirable en todas las dimensiones de la prosa.
Suyo leí por vez Fiebre de caballos, novela de agradable lectura y de la cual no recuerdo casi nada, pero ello no significa demérito para la obra, sino para mi cabeza. Suele pasarme con frecuencia que olvide lo leído. Por eso un amigo, viendo en mí un síntoma de Alzheimer literario -cuidado y no de Alzheimer verdadero- debiera exclamar un “¡pobrecito!” que hasta me hizo condolerme de mí.
De Fiebres de caballos, con muchos años de por medio, pasé a El hombre que amaba a los perros, novela que me mantuvo en vilo mientras Ramón Mercader o Jacques Monard hacía de las suyas, o se preparaba para hacer de las suyas - que también eran las de Stalin y su política de quitar de enfrente a todo lo que significara un estorbo para él-. La historia de aquel hombre preparado para matar por convicción política era casi desconocida en Cuba, pero de ella supe gracias a un excelente profesor de Historia de la Universidad de La Habana. Sus clases despertaron mi interés por el personaje que devino protagonista de aquella novela cuya repercusión consolidó a Padura, permitiéndole un apabullante y merecido renombre, que en parte debe a la curiosidad generada por el tema.
Con Herejes – libro de 516 páginas - el habanero vuelve a decidirse por otro tópico de interés global desarrollado a través de personajes que ansían la libertad individual en contextos desfavorables debido al dogma de la religión, la política y la familia como reflejo de una sociedad constreñida por poderes y convenciones. Padura escogió a los judíos y su diáspora, o lo que es lo mismo se concentró en el anatema de una etnia o cultura, esa que añorando su estado natural, geográfico y espiritual tantas veces arrebatado suele pasar de víctima a victimario con una facilidad que espanta.
Antes de Herejes conocí de un escritor israelí capaz de explicarme el dilema de ese pueblo. La lectura de Una historia de Amor y oscuridad (2003), de Amos Oz, me permitió también establecer ciertas analogías. Pensé que los cubanos algo teníamos en común a los judíos, algo agudizado en los últimos años, pero que se remonta a los orígenes, al momento de formación del carácter nacional, tiempos en que nuestros ancestros razonaban su estado y condición como colonia del imperio español.
De alguna manera, Herejes conduce a un razonamiento similar. Es un libro donde las tesis se despliegan mediante historias que alternan en tiempo y espacio para conferirle una mayor intensidad a la lectura. Uno debe saltar sin equipaje de La Habana a Miami Beach, de 1939 a 2008, de 2008 a 1643, de Nueva Jerusalén a La Habana, pues la novela está dividida en secciones: 1) Libro de Daniel, 2) Libro de Elías, 3) Libro de Judit y 4) Génesis. Sin contar los agradecimientos, que también importan para entender el proceso de construcción seguido por Padura.
La Habana que veremos será la de Daniel Kaminsky, el sobrino del judío Joseph -conocido en el barrio de Luyano, y debido a ese exceso de confianza del cubano, como Pepe Cartera- un muchacho establecido en estas tierras donde, por la camisa de fuerza de la religión, aprendió a vivir con dos caras: “El rostro utilizado en la casa y en todo lo relacionado con el tío resultaba una caricatura dibujada con los rasgos imprescindibles para satisfacer (o al menos no irritar) a Pepe Cartera. En cambio, la faz que empezó a desarrollar en las calles de La Habana era pragmática, mundana, esencialmente callejera y cubana”
Pero La Habana en Herejes es también la de Mario Conde, un personaje ya tan popular como su autor y con el cual tengo una deuda que he de saldar en cuanto me encuentre los libros donde campea por lo lindo. No he leído aquella saga que lo volviera famoso y que después de este choque, aunque haya sido ya en la edad adulta de Conde, estoy en la obligación de conocer un poco mejor. Porque si en El hombre que amaba a los perros la historia cubana con la cual Padura alternó la de Mercader y Trotski me parecía floja y hasta poco atractiva, con Herejes me ocurre todo lo contrario, sobre todo porque es gracias a Conde que Padura pone a un lado los escrúpulos de un investigador para dejarse llevar por la literatura, recuperando la fuerza de la historia que a veces logra volverse monótona.
En Herejes encuentro un exceso de datos y fechas con los cuales el autor quiso conferirle credibilidad mayor a lo narrado y que sin embargo a mí me hacen perder el interés y me dejan deseoso de la historia ocurrida en la Cuba actual, quizá porque con ella me identifico más, o tal vez porque en verdad todos los personajes y ambientes me parecen mejor logrados y hasta llegan a conmoverme como no sucede en otras. Considero excelente momentos como aquel donde Elías Kamiski, descendiente de Daniel, y quien contrata a Conde para descubrir el misterio en torno a un cuadro pintado por Rembrandt y vinculado a su historia familiar, conoce a sus parientes habaneros. Pudiera ser este uno de los momentos más conmovedores de la novela, porque en él se dice mucho de la esencia del cubano sin caer en frías conceptualizaciones: “¿Joseph Kamisky era Pipo Pepe? ¿Daniel Kamisky, primo Daniel? ¿Kamiskys cubanos, blancos, negros, mulatos orgullosos de aquel apellido estrafalario que los había sacado de la mierda? Elías Kamisky había sido atacado otra vez por sorpresa y por la espalda. Perdió la voz, y las lágrimas le corrieron mejillas abajo, indetenibles. Había venido buscando una verdad y, en recompensa, le llovían descubrimientos capaces de aflojarle los grifos de los lagrimales.”
Mario Conde y el universo que lo rodea -Tamara, la novia a punto de ser esposa de papeles, los amigos y la oleada de nuevos personajes a los que recurre el autor para resolver lo que es este nuevo caso - me parecen de una excelencia impecable, aun cuando por momentos también se peque en abundancia de datos y detalles, específicamente cuando el ex policía sigue la pista de Judi, la adolescente emo desaparecida para permitirle a Padura adentrarse en un mundo nuevo para su generación: el de las tribus urbanas, esas nuevas juventudes que no ansían otra cosa que la perseguida libertad. A través de ellos Padura analiza la sociedad en que vive y le lanza al lector los miedos y frustraciones de una generación.
Parece ser una de las más persistentes preocupaciones del Premio Nacional de Literatura 2012esta que nos trae en Herejes y que ya había tratado en El hombre que amaba a los perros y aún antes, en La novela de mi vida, libros los tres sustentados en la investigación, tornándoles por ello más vulnerables. La libertad del individuo, las fuerzas que le constriñen a una sociedad, especialmente en una como la cubana donde el creador navega contra fuertes corrientes y no siempre se le llega a comprender, son temas favoritos de Leonardo Padura. No por gusto ha escogido entre los tres exergos para abrir la lectura de esta su más reciente novela una cita del húngaro Arnod Hauser: “Hay artistas que solo se sienten seguros cuando gozan de libertad, pero hay otros que solo pueden respirar libremente cuando se sienten seguros”. Es el dilema al que se enfrentan muchos y al que Padura, tanto por su obra como por su vida, no deja de proferir.