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| autoretrato con silvio, después de conversar |
Lo
había esperado con un libro de Ricardo Piglia en las manos, tumbado
en un asiento en el fondo del lobby del hotel Pernik donde se
hospedaba junto a su esposa, la clarinetista y flautista Niurka
González. Silvio Rodríguez viajó hasta el oriente del país para
cantar en tres pueblos distantes de la cabecera provincial, siguiendo
así el propósito de ofrecerle su música al público más
desfavorecido, ese que habita zonas marginales, lo cual no implica
solo la conceptualización sociológica del término. En el hotel
también descansan los músicos de Trovarroco, tres excelentes
guitarristas villaclareños que junto al percusionista Oliver Valdés
confieren en los últimos tiempos otra sonoridad a su obra.
Al
verlo, me pongo de pie y lo saludo. Responde amable estirando el
brazo y lo primero que se impacta contra mi visión es el famoso
tatuaje de la rosa y la calavera que se hiciera entre el pulgar y el
índice de la mano derecha en los que fueran días trascendentales a
bordo del Playa Girón. El trovador, nacido el 29 de noviembre de
1946, en San Antonio de los Baños, viste jeans
y pulóver azul turquí con bandera cubana sobre el lado izquierdo
del pecho. Suele llevar ese tipo de prenda, quizá para dejar claras
muchas ideas que con solo ver una bandera cubana vienen a la mente.
Ando sin fotógrafo, pues no quiero interrupciones en el diálogo.
Le
advierto que carezco de cuestionario. Aborrezco las entrevistas
preconcebidas. Me parecen interrogatorios policiales. Mi estilo es el
de la gente común, prefiero conversar pese a los inconvenientes de
la memoria.
-Mejor,
asiente él.
También
debo ser sincero y le ofrezco otro dato.
-Ni
siquiera debía entrevistarlo, le digo algo inquieto, pues al fin y
al cabo es una confesión: De la gente a la cual uno ha admirado su
obra más vale permanecer lejos, pues ocurre un poco como el poema:
No debe volverse a los lugares adonde se ha sido feliz.
Las
canciones de Silvio Rodríguez me ha hecho feliz muchas veces. Estoy
habituado a ellas desde la temprana adolescencia, cuando con
entusiasmo empecé a escucharlo a él, y a Pablo Milanés, y me hice
seguidor de la Nueva Trova y por ende de la trova tradicional y de
todo cuanto se les relacionara. Más de un tema suyo me ha propiciado
fuerzas para enfrentar un día problemático, aunque después ciertos
comportamientos del hombre me llevaran a revalorizar al artista.
-Lo
que pasa es que siempre hay curiosidad, indica luego de mi lamento.
Lo
ha dicho con calma, en ese tono en que le he escuchado tantas veces,
bien al llegar al escenario y luego de ubicarse en la banqueta donde
cantará, bien ante colegas de todas partes que hacen lo mismo que yo
intento ahora: Conocer un poco más su mundo interior, empresa
compleja si se tiene en cuenta que a lo largo de su carrera debe
haber escuchado todas las preguntas posibles, debe haberse encontrado
a entrevistadores inimaginables. Coloca sobre una mesa la pequeña
grabadora con micrófono que me quedo mirando.

