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domingo, agosto 23, 2015

Señales que llegan desde la nada




Aunque el inicio de la radiodifusión en Cuba remite a la voz del presidente Alfredo Sayas discursando en inglés y español un 22 de octubre de 1922, desde antes el nuevo invento había encontrado entusiastas seguidores  como Manolín Álvarez, el asturiano instalado en Caibarién,  o el músico y compositor camagüeyano Luis Casas Romero y sus hijos. 
Fueron estos curiosos, y amantes de inventos para favorecer las comunicaciones, los primeros en llenar las ondas hertzianas con voces y melodías, actividad que se iría repitiendo a lo largo de los años por el mundo. Aquello de hablarle a la pared desde una cabina cerrada creó en poco tiempo un sinfín de seguidores, gente que antes de hablarle al familiar o a la vecina prefería pasar su tiempo cerca del aparato reproductor, primero de válvulas y luego de transistores, tiritando con la voz estridente de un locutor o soñando con la vida azarosa de una muchacha pobre.
Los amantes de la radio marcan la hora de dormir y despertar con los programas musicales y de noticias. Incluso hay costumbres extravagantes como la de entretener a un bebé con la monotonía de radio reloj, esa emisora para informar y marcar el tiempo, o la de despedir un cadáver con los danzones que brotaban oscilantes desde el imponente aparto en una época dispuesto en la mejor ubicación de la sala, y que con el tiempo se ha visto desplazado por televisores y toda clase de artefactos que sirven para que la persona se deje llevar por la imagen.  
La radio, en cambio y pese a las nuevas maneras de supervivencia, sigue teniendo la virtud de completar su efecto con la imaginación del oyente. Pareciera seguir siendo compañía perfecta para aburridos y desesperados, para quienes no ven nada más que estrellas y montes, o tejados y calles en una noche de guardia. 
Las voces de los locutores se vuelven apariciones en la madrugada para calmar, animar, dialogar. Son ellas, con su peso y textura, las que en la mente de quien escucha van esbozando la imagen de un ser a veces nunca descubierto. Y tampoco hace falta que la persona se presente, basta el tono, basta el saludo amistoso de todos los días.
En medio de huracanes, fiestas, duelos, bombardeos y elecciones; en días tan faltos de trascendencia que apenas los locutores se animan a decir, la radio entre líneas sigue mostrando la otra cara de cualquier sociedad. Actores o reporteros con sus bocadillos; la entusiasta comunicación de quien escucha, la música elegida por obreros en el anonimato dejan las pistas de un acontecer misterioso.
También con los silencios, tan poco elegantes cuando todo depende del sonido, se dejan códigos de lo que sucede entorno del oyente. Largos, breves; previstos o accidentales. Un silencio es código en la radio. El invento mágico que eclipsa y aflora la voz a través de aparatos diversos sigue siendo un lugar para entender lo que sucede allá afuera. Solo hay que permanecer alerta a las señales que emergen con el viento.


foto de: atriopress.blogspot.com

viernes, agosto 03, 2012

Celia Cruz, lo individual y lo colectivo en la radio cubana


Por Facebook me enteré de la noticia que hoy una directiva de la radio cubana en Holguín me confirmó: Ya no existen listas con artistas prohibidos en las estaciones de radio, nombres que susciten contratiempos a quienes confeccionan las producciones musicales de los programas. Al fin, lo que nunca debió haber existido, se derrumbó. !Hasta nunca, caballeros!

Pero, sucede algo: Queda el resultado de una rutina, el temor a lo que un día se instituyó. Todavía los realizadores andan titubeantes, como embotados con la noticia que observan con suspicacia. Y mantienen su lista en la cabeza. Pregúntele a Pavlov cómo se llama eso.

El efecto contrario sería la proliferación excesiva. Y entiendo que la intención del ICRT sea recuperar el tiempo perdido sin que se les vaya la mano, a lo Máximo Gómez que, para quien no lo sabe,  nos etiquetó así: “El cubano cuando no llega se pasa”. No dudaría que brote en la radio una fiebre de estos artistas y se olviden otros cubanos, muertos en Cuba, y de por sí ya olvidados.

Algunos fuera de Cuba alegan que es fácil hacerlo ahora, cuando varios artistas han muerto. El ejemplo más sonado ha sido el de Celia Cruz. ¿Qué hubiera dicho al respecto la célebre cantante? Lo entendería si se opusiera ella a radiar su obra en la Isla. Lo mismo le ocurrió a Cabrera Infante, y la postura tenía parte de razón. Pero, no dejaba de ser una actitud empecinada.

Esto de ahora se trata de un triunfo entre lo que llamaría “régimen individual" y "régimen colectivo”. Lo sabe mucha gente. No es lo mismo cuanto se decreta por mayoría, pese a la resistencia de un pequeño grupo. Hoy, esos pequeños grupos han ido ganando batallas contra la torpe burocracia, sus voces se tornan fuertes, han logrado hacerse escuchar y reconocer algunos de sus símbolos. Mañana es el aniversario 100 de Virgilio Piñera. Sus seguidores lo recuerdan.

No debe ser estandarte lo que ayer sufría zancadillas. Sería una actitud hipócrita. Pero aferrarse a una concepción pasada de tiempo luce acaso peor, demasiado torpe para el ser humano que debe huir de su pasado en las cavernas. Si se avanza un peldaño en esa escalera martiana, incluyente, nunca excluyente, lo menos que se puede hacer es respaldar la iniciativa. Se trata de recuperar la marcha, la que teníamos antes de esos años cuando saltando adelante, como decía un maestro, caíamos atrás.    

viernes, agosto 20, 2010

¡Comunicativos que son estos cubanos!



Fue el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias quien, de vista en la Isla en 1960, dijo: “¡Que gente tan comunicativa!”. Le impresionaron los radios encendidos en el interior de las casas y los muchos cubanos que encontró a su paso, listos para ensordecerlo porque, en plena acera, cargaban sus pulmones para soltar de repente el nombre de alguien. Lo de poner radios debe ocurrir en todo el mundo, pero el autor de “Leyendas de Guatemala” creyó...
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