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viernes, marzo 11, 2016

Cantar el manisero y no morirse



Rastreaba un disco de 1997. Fui a la avenida Corrientes, una tarde. A dos disquerías. Ninguna estuvo a la altura de mis espectativas. Uno de los empleados me informó incluso que no lo hallaría en toda la Argentina. Apenas estuve a pasos de mi propósito cuando al menos di con cuatro versiones del tema músical que movía mi interés; Chucho Valdés, Oscar de León, un septeto argentino llamado Dos gardenias y la agrupación desconocida por mí de nombre: Orquesta Serenata Tropical. ¿Puede reproducir ese, por favor. Claro, me respondió la vendedora.
De pronto, ese maravilloso ritmo que tantas veces  he percibido en La Habana Vieja o en decenas de ciudades de Cuba, sobre todo si hay turistas en los alrededores. No era ninguna de las interpretaciones incluidas en el disco que anhelaba, pero sí señor, volvía a escucharlo: El manisero, de Moisés Simons; y como me encontraba en una de esas calles ávidas de la ciudad de Buenos Aires recordé de inmediato a Borges, quien en su “El atroz redentor Lazarus Morell” tuvo el yerro de llamarle “rumba deplorable” a lo que es un pregón-son muy feliz.
Pero aquel Borges de Historia Universal de la Infanmia, a la vez que ponía una mala etiqueta incorporaba de manera ingeniosa el dato de interés: tanto la canción El manisero como el género Habanera encontraban su origen si se quiere en la buena voluntad del fraile Bartolome de las Casas, quien por misericordia con los indios antillanos pidió al rey Carlos V manera de apaciguarles el sufrimiento. La solución fue importar negros desde Africa, de manera que fueron ellos, escencialmente el latido de la madre África, lo que posibilitó esa canción tan popular sonando para mí en la tarde bonaerense.
De hecho Moises Simons era parte de este mestizaje o transculturación. Había crecido en el barrio habanero de Jesus María y como estudiante de música su oido parecía afilado a los sonidos de alrededor. Un día iluminado por los pregoneros locales, cada vez menos ingeniosos en el presente, acabó dando con este tema que habría de entregar a la carismática Rita Montaner quien enseguida lo popularizó. En 1928 lo grababa con la Columbia Record y tres años después por lo menos se daban cuenta de 17 versiones.
Era tan pegajoso el ritmo, colmada del doble sentido de las calle su letra, que no demoró en propagarse por todo el mundo. Ernesto Lecuona lo incluyó en un filme para Hollywood en 1931 y otro cubano, el afamado Antonio Machín, echaba leña a la hoguera de su fama definitiva interpetándolo desde 1929, en Madrid y New York, allá acompañado por la orquesta de Don Alpiazu, cienfueguro y pionero en promover la música cubana en los alrededores del Bronx. Alpuazu fue también uno de los traductores para el publico anglosajón.
Tampoco era Rita la única mujer repitiendo eso de “maní, maní, si te quieres por el pico divertir…”; Jane Powell y Mistingette, actrices famosas, alguna de ellas popular en Cuba porque visitaba La Habana como ahora Riahana, se apropiaron del tema otorgandole su gracia y sensualidad, aún cuando para el público de otras latitudes el pregón sonara algo distinto: “peanut, peanut…” se escucha todavía en el escenario de YouTube. Tan vertiginoso iba resultando la difusión del ritmo que Alejo Carpentier no escatimó en calificarle: “nuestro manisero nacional”, y añade en una crónica europea: “Los pick-up de los boulevards lo repiten sin cesar; Mistinguette lo canta en el Casino de París; ha invadido Berlín, Bélgica, la Costa de Azur… Se escucha en Palestina, junto al Muro de las Lamentaciones; se ejecuta en Constantinopla, en los cabarés de princesas rusas, víctimas de la revolución; sus maracas suenan junto a los puestos de fritura que hacen toser a la gran esfinge de Egipto…”
Entre los primeros en hacer suyo sobresalen Miguel Matamoros y su trío, Louis Armstrong y una dama del Río La Plata nacida en el barrio de San Telmo que alcanzó la fama en España. Imperio Argentina, quien por cierto debe su nombre artístico al escritor y Premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente, lo grabó junto a la Orquesta Típica Cubana en 1932, fecha para la cual en la tierra de Martín Fierro había otro extraño y hoy casi olvidado Manisero; por supuesto un tango pero quién sabe si influenciado por el pregón cubano famoso.
Sus conexiones tendrá El manisero argentino con el cubano, porquie volviendo a Borges el género Habanaera era la madre del Tango, y si lo tomaramos como un silogismo, ambos surgieron gracias a la piedad de de las Casas. Pero, el dato con el cual pretendo seguir por el momento es que el tango - por las calles de mi barrio siempre pasa un manisero, andaluz dicharachero, con más garbo que un torero y una gracia sin igual- lo escribió Emilio Falero, tenía música de Virgilio Carminalo y fue popularizado por Ignacio Corsini, el mismo que puso de moda eso de Fumando espero a la mujer que quiero...
¿Conoce el manisero de Coursini?, pregunto a los empleados de la disquería en Corrientes y todos ponen una mueca. Uno escarva entre los discos de tangos y al fin halla tres antologías de Corsini. En ninguna se incluye El manisero. Luego pregunté en un quiosco especializado en tangos. ¿El manisero argentino? No, nunca lo he oído, me asegura un hombre de 70 años que pasa el día a un paso de la estación Uruguay del Subte, y se pone a buscar entre libros y discos hasta que saca uno de la Sonora Matancera. No versionan El manisero. Ninguno de los dos. Tampoco.
Respecto al pregón cubano, además de la peculiar Imperio Argentina hubo otro en el Río La Plata que legó una versión famosa. El pianista Bebu Silvetti, productor de éxito y talento ademas, al punto de encargarse de aquellos Romances del méxicano Luis Miguel, hizo suya la canción para sumarla al repertorio personal donde el sintetizador conquista un lugar cardinal, de modo que puede escucharse en su disco de 1976 otra vez en el mejor estilo de los setenta.
El disco que buscaba, por lo pronto, no lo encuentro ni en los gabinetes de psicoanalistas - me pregunto si está expresión sería la corecta para sustituir la cubana: ni en los centros espirituales-. Se trata de “25 versiones del Manisero”, editado en Barcelona, una importante recopilación que abre con la voz de la Montaner y cierra al estilo genial de Bola de Nieve,  pasando por apropiaciones inolvidables como las de Bebo Valdes y Stan Kenton. Claro que hay otras igualmente geniales no recopiladas aquí. Pienso en Perez Prado y Cachao.  
Dicen que en la actualidad se registran cientos de versiones de este tema millonario que a pocos años de su estreno había logrado miles solo por derecho de autor. Y deben existir cientos de versiones más, porque se sigue buscando esta melodía inmortal y visado absoluto de cubanidad. De hecho “cantar el manisero” es también una frases popular y significa: morirse. Y razón tiene la voz del pueblo. Definitivamente para un cantante cualquiera integrar El manisero, de Moises Simons, a su repertorio viene siendo algo así como morirse, lo cual si nos dejamos llevar también por los refranes es otra gran verdad en este caso. A veces frases como: “Esto es morirse” en cubano significa que nada será mejor y más gratificante después.

publicado en: OnCuba

viernes, enero 08, 2016

Nivaria Tejera y aquella caravana de huesos desde el fondo de la tierra


La escritora Nivaria Tejera (1930-2016) murió esta semana a los 86 años en Paris donde vivía desde hace tanto tiempo que apenas unos pocos le recuerdan. Nació en Cienfuegos, pero la familia se hubo de trasladar a esa otra isla de nombre Tenerife cuando tenía unos dos años. Tenerife era la tierra paterna y vivieron en ella hasta que a su padre la vida se le puso difícil con la llegada de Franco.

De modo que Nivaria Tejera regresó a Cuba por la Guerra Civil, salió de Cuba por el golpe de estado de Batista, volvió al Caribe atraída por la Revolución y decidió alejarse definitivamente en 1965. “Demasiado fusil, demasiada vigilancia individual y colectiva, demasiado uniforme, demasiados patria o muerte”, diría años después de su último viaje para radicarse en Paris.

A mediado de los sesenta rechazó su responsabilidad como agregada cultural en la embajada cubana en Roma remarcando sin quererlo una característica singular en su escritura, ese “persistente exilio”, exilio por ella definido como “anomalía” que habría de aparecer continuamente al punto de calificarlo como un “cierto desquicio impulsivo”, una “denuncia tajante de cuanto me fuera opresivo”.

En el exilio Tejera escribió poemarios y novelas entre las que sobresale Sonámbulo del sol, Premio Biblioteca Breve en 1971. Fue la segunda cubana en merecerlo, siguiéndole la pista a Cabrera Infante que lo había obtenido en 1964. La investigadora cubana Madeline Cámara asegura que con el prestigioso Seix Barral ratificaba lo que había insinuado desde la publicación de su primera obra en prosa, El barranco; o sea: Nivaria Tejera era “una de las voces más originales y poderosas de la novelística cubana actual”.  

Pero fue la poesía lo que le hizo ganar reconocimiento a la cienfueguera desde el principio. Había sacado amables y estimulantes adjetivos a consagrados y compañeros de generación desde los años cuarenta. Quizá por este aspecto Loló de la Torriente prefería denominarla: mujer-poeta. En tanto Luis Marré habría de dedicarle su poemario Los ojos en el fresco, a ella y a Fayad Jamis, su primer esposo; también, por cierto, a Virgilio Piñera y a Pedro de Oraa.

Para 1963, año que ve la luz el libro de Marré gracias a Ediciones R, Nivaria Tejera había publicado poemas en Orígenes, Ciclón y Lunes de Revolución, magazín dirigido por Cabrera Infante y Pablo Armando Fernández que en abril del 59 la presentaba a sus lectores como “una de nuestras escritoras jóvenes más brillantes”. Y entregaba a consideración muestra principal de sus versos.

Uno de los poemas en Lunes de Revolución habla de Paris, la ciudad donde ahora ha muerto a los 86 Nivaria. El poema repasa calles abundantes de perros, ausentes de personas; otoño. Comenzaba: “ La calle está llena de perros/ Perros que marchan en todas direcciones/ Perros cabizbajos y sangrientos...

Para la fecha en que se leían estos en Cuba, Samuel Feijóo preparaba desde la Universidad Central de las Villas la edición cubana de El barranco. Había sido por su tirada parisina, según Loló de la Torriente, por la cual Flora Díaz Parrado, la camagüeyana, estuvo tantos días entusiasmada en Francia. Era  en verdad “un excelente libro que relata angustias y preocupaciones de una niña de once años”. Y Advertía Loló: “Las páginas de El barranco están impregnadas de tal sentimiento triste –nostálgico que solo puede ser esencia, extracto, del propio corazón”.

Con El barranco la mujer-poeta entró en la narrativa con el pie derecho. Y parecía alimentar su mundo espiritual con iguales dosis de prosa y poesía. Al menos, en aquella famosa encuesta del magazín sobre los diez libros cubanos más importantes según los encuestados, mostró sus gustos al alternar entre poetas y narradores eligiendo libros de autores como Ramón Meza, Villaverde, Martí, Piñera, Carpentier, Carrión, Vitier, Lezama, Guillén y Marinello.

Entre poesía y prosa trascurrió la vida de Nivaria Tejera, la poeta “nostálgica” que ahora ha muerto en Paris en el olvido para tanta gente. Para colmo leo que su hija Rauda Jamís promueve una campaña para recaudar fondos que hagan posible su funeral. ¡Vaya destino el de los escritores de todos los tiempos, poetas de todos los universos! Y pienso irremediablemente en aquella poesía. Las calles de París están llenas de perros, había escrito Nivaria Tejera: perros que salen de mi corazón como saldría una caravana de huesos del fondo de la tierra.


jueves, diciembre 17, 2015

Tantos Lázaros



foto: kaloian santos cabrera
En los hogares cubanos muchas velas se prenden hoy, o se prendieron anoche en saludo al santo de las muletas. San Lázaro. Tan popular como la Virgen del Cobre, y tan presente en algún rincón, sobe una repisa, en la esquina de la sala. Muchas veces queda visible y pueden verle las visitas, sea quien sea, crea o no.
De modo que hoy todos los Lázaros estarán con su vela prendida y quizá con su nueva capa púrpura sobre la ropa de yute y las ofrendas que decidieran acercarle a quien tantos pedidos recibe durante el año. Sonarían los tambores en la casa de ciertos vecinos, y los cueros habrán recordado que Lázaro santo es también Babalú Ayé entre los orishas.
Cada año, para estas fechas, mi abuela cambia de lugar a su Lázaro. Es una escultura mediana que, por si fuera poco lo de las muletas, se fracturó el yeso una vez. Le renueva la vestimenta de yute y le coloca un trozo de cake encima de una semilla en forma de barco. El dulce lo compra en el establecimiento más cercano y por el valor más bajo que pueda porque no tiene economía para adquisiciones especiales en divisas. Nunca ha estado abundante de economía. Así y todo, para estas fechas diez años atrás se empeñó en un viaje insólito y fundamental para ella.
700 kilómetros en Cuba pueden dejar en uno el efecto que a Ulises su regreso a Ítaca. Pero a ella alguien le sacó boleto hasta La Habana y en soledad viajó al santuario del Rincón solo por, como se dice, cumplir una promesa. Mucha gente cumple por las solicitudes a sus Lázaros, en las formas más caprichosas se trasladan hasta donde el santuario en Boyeros. Ella le había prometido al santo que si volvía a caminar su nieto le pondría velas en su propia casa y le llevaría ropa nueva y a saber qué más. Recién había sobrevivido yo a un accidente automovilístico en el que murió mi madre; de modo que mi abuela, con el doloroso peso de haber perdido a su única hija, y casualmente a su esposo un mes después, se llegó hasta el Rincón para agradecerle al viejo y andariego milagroso porque sus dos nietos estuvieran sanos, y yo, vivo.
¿Cómo fue su viaje?, ¿de qué manera lo sufragó?, ¿en qué sitios de La Habana pernoctó aquellas noches? Apenas hemos hablado. Mi abuela no habla demasiado de ciertas actividades y zonas de su vida. Lo único que sé es que fue sola y regresó sola y que después nos hizo saber lo imprescindible de esa peregrinación espiritual. O sola no hizo el viaje, porque se aferra en decir que siempre le acompañaba él, Lázaro.
Y este es uno de los problemas que se le crean a quienes es agnóstico, por no decir ateo que como cree un amigo es un invento del estalinismo; o por no decir escéptico como los de la Grecia antigua, que escéptico si me siento. Ni siquiera estoy seguro si algo tuvo que ver su promesa con que yo volviera a caminar. Esas cosas nunca se saben, porque aunque uno niegue ciertas posibilidades otros imploran por ti e invierten en ello sus mejores energías. Y aunque uno tampoco ande pidiendo salud quienes te quieren la solicitan a tu nombre, y prometen cosas para que se cumplan, y reclaman como también reclamó mi madre a Lázaro la vez que me enfermé poco antes de aquel accidente y ni siquiera llegó a saber el desenlace.
Uno ni está seguro si de verdad existen esa clase de poderes invisibles atribuidos a imágenes con historias, pero cuando llega el día, por un problema cultural como supongo, o por consideración o por lo que sea, se pone a pensar en esto.