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viernes, abril 18, 2014

García Márquez: Los genios se despiden en abril


Habrá una época en que se diga: Todo el mundo en Cuba leyó a García Márquez. Y no exagero. El que gustaba de la literatura y el que gustaba de la política lo leía por aquellos años distantes. Eran tiempos en los cuales bastaba que un hombre como Fidel Castro pusiera una mano sobre el hombro del escritor y dijera “Es el mejor del mundo” para que todos los admiradores del político se volvieran admiradores del escritor.
Y pasaba algo curioso, quienes odiaban a Fidel, aunque les pesara aquella amistad inquebrantable, pocas veces llegaban a enemistarse con el colombiano, que era un tipo sencillo como los genios, y de quien gozábamos su literatura. De manera que García Márquez se iba colando en el imaginario colectivo de dos formas diferentes.
Los que realizaron este acercamiento de tipo político lo sentirán muy próximo, pero dicha afinidad será estrictamente dada porque en él vieron la amistad revolucionaria y el apoyo incondicional a la Revolución cubana, algo que hizo con esmero en la arena internacional y, dentro, mediante la consolidación de proyectos como la Escuela de Cine. Sin embargo, tal vez esta clase de persona ni siquiera llegue a comprender la grandeza del escritor, e incluso la reduzca.
Otros llegamos al hombre que ha muerto ya a los 87 años por puro placer de la lectura, por ese impulso que lleva a un libro, y este al otro, y el otro a otro, volviéndonos la cadena tan larga que no alcanza la vida para encontrar el fin, como si la vida no fuera la que uno vive para contarla, sino únicamente aquella ligada con las lecturas y los libros.
Leí a quien también llamaban Gabo bien comenzados los años noventa, cuando todavía no tenía muy claro el concepto de estilo y de estética, pero cuando esbozaba mis primeros textos. Alguien me cedió un ejemplar cubano de El amor en los tiempos del cólera, y seguido me soltó que era de mejores noveles de amor que se pudieran leer. No lloré, porque no lloro mucho. No me desvelé, porque no me desvelo fácil. Pero tal vez haya tratado de imitarlo, no porque sea dado a las imitaciones, sino porque entonces no tenía demasiados referentes a los cuales asirme.
Antes, había leído a Carpentier, y un adolescente sí que no debe imitar esa escritura o correrá el riesgo de quedarse embrollado de por vida, o por largo tiempo, en una red de palabras y citas culteranas. Mas, me hizo bien pasar de uno a otro estilo, y eso lo supe después, cuando conocí que el Realismo Mágico y lo Real Maravilloso estaban emparentados y que ambos escritores habían hecho periodismo con una pasión desaforada. Lo que sí no sabía era que ambos se iban a morir en abril, como si verdaderamente abril fuera aquel mes cruel pronosticado por Elliot.
De García Márquez fui leyendo todas sus novelas; algunas me las prestaban amigos y había que devolverlas; otras, pertenecían a bibliotecas públicas. Creí que nadie iba aprovechar aquellos libros mejor que yo y terminaba apropiándomelos. Leí sus cuentos, narraciones magníficas como: “Solo vine a llamar por teléfono” o “La mujer que llegaba a las seis”.
Cierto que no todo en García Márquez me complacía, a veces encontraba demasiados adjetivos altisonantes en su prosa o sus personajes que parecían tener siempre la última palabra, y eso me llevaba a rechazarlo, o más que a rechazarlo, a dejarlo a un lado del librero, junto a su maestro Faulkner, o por maldad al lado de sus amigos del Boom, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, o cerca de toda la literatura que él mismo amó y supo honrar al punto de merecer premios como el Nobel.
La única vez en que estuve cerca de García Márquez fue para la inauguración de un Festival de Cine en La Habana. Y nos separaban decenas de lunetas. Yo estaba en un primer piso y allá, en el centro, lo encontré con su esposa Mercedes. Sabía que de joven, probablemente cuando andaba por mis años entonces, le había ocurrido lo mismo con su admirado Hemingway. En el Bulevar de Saint Michel ambos se dieron cruce una tarde de primavera lluviosa, y sin poder contenerse el colombiano gritó: ¡Maestro!
Yo quise haber gritado lo mismo aquella noche de diciembre pero me callé. Y pudiera lamentarme ahora. Aunque no llegara a escucharme, aunque mi eco se ahogara en las paredes de aquel cine atestado de gente, debí gritarle, al menos una vez.  

miércoles, febrero 06, 2013

Maruja Torres: La periodista se impone


Estaba a dos personas de ella. Acababa de actualizar mi estado y esa mujer lo había hecho minutos antes. Hablaba de Tonino, su perro enfermo por aquellos días.
Se trata de una de las grandes columnistas de la lengua castellana, una mujer que desde el diario El País ha hecho historia con su verbo afilado y crudo.
También es escritora de éxito, pero sus libros lamentablemente nunca me han caído a la mano, pese a que la lista se incrementa (acababa de publicar Fácil de matar) igual que su prestigio y popularidad debido a premios como el Planeta y el Nadal.
Con semejantes referencias, y luego de haber leído sus artículos hace muchos años gracias a la profesora y periodista Miriam Rodríguez Betancourt, quise hacerle algunas preguntas que no demoró en responder, aunque yo sí demoraría en publicarlas. Me jugó una mala pasada la tecnología. A ella nada le puso barreras. Ni los libros. Ni los admiradores. Ni Tonino. Ni la crisis.
Y gracias a Facebook estuve una vez frente a quien se hace llamar Maruja Torres (Barcelona, 1943).

P: Los que vivimos de este lado del océano leíamos su columna “Perdonen que no me levante” hasta que el EPS limitara contenidos. Esporádicamente vemos alguno y leemos. Lo único constante, sin embargo, es la idea de que, cuando vuelva a caernos algo suyo no encontraremos palabras, sino puro temperamento, ¿de dónde saca Maruja Torres tanto carácter?
R: Supongo que es de nacimiento. O de haber visto, durante mi niñez, a demasiadas mujeres con el carácter agriado en casa por no poder expresar su verdadero carácter en términos sociales. Soy como soy.

P: Ya se ha quejado de su “lengua rápida”, pero… ¿cree que es una de las lenguas más rápidas de España o acaso escasea la sinceridad?
R: No me entretengo, francamente, en la repugnante tarea de comparar lenguas. Lo que sí creo es que hemos retrocedido no sólo en la búsqueda de libertades sino en el deseo de mantener las conquistadas. En un panorama así, alguien como yo parece más rompedora de lo que realmente soy. Que lo soy bastante, dicho sea de paso.

P: ¿Debe un periodista contener las emociones ante la escritura?, ¿se contiene como columnista?
R: Claro que me contengo. Me contengo mucho. Pero eso no quiere decir que me censure. Sencillamente, creo más en la contundencia que en el alarido.

P: Algunos terminan asombrados con las palabras que usa en sus textos ¿Existen vocablos prohibidos en el periodismo?, ¿guarda palabras para momentos especiales?
R: No hay nada deliberado en mi uso del lenguaje. Las palabras acuden a mí. A veces invento alguna, pero entonces tengo la precaución de escribirla en itálicas, lo cual me abre camino.

P: ¿Quién se impone a la hora de componer una columna: la escritora o la periodista?
R: La periodista, sin duda. El bagaje acumulado se afila entonces como una flecha lanzada hacia el objetivo. La escritora tiene más espacio, puede dar rodeos, camuflar. En la columna hay que asestar el golpe rápido.

P: ¿Consigue no mezclar los temas de una obra de ficción con el periodismo?
R: Sí, claro. Lo contrario no está prohibido, pero eso que usted dice es el peor pecado de un periodista. Yo puedo, como opinadora, usar el estilo que quiera. Pero los hechos no pueden pertenecer al reino de la fantasía.

P: A veces he logrado intuir el tema de su columna en los comentarios que realiza en Facebook. ¿Le hace bien o mal al periodismo tanto ajetreo en la red?
R: A mí la red me ha dado mucho, y me hace mucho bien. Me obliga a estar permanentemente enterada. Y a distinguir el grano de la paja.

P: Y a usted, ¿qué variaciones le trajo la llegada de la Internet y toda su ciberparafernalia?
R: La verdad es que al principio sólo tenía correo -le hablo de hace casi veinte años-, y que en 1998, al dejar la redacción de El País para venirme a Barcelona, comprendí que era indispensable. Durante los años en que viví en Beirut, me reafirmé. Y créame, allí no era fácil. He caminado entre balas para que me arreglaran la conexión.

P: Recuerdo que Francisco Umbral asociaba la columna con el soneto. ¿Para Maruja Torres qué es la columna periodística?
R: Un “sprint”. Tomas carrerilla, 300 palabras, y... ¡meta!

P: No sé si ha escrito sobre cubanos alguna vez, no lo he leído, pero muchos de acá (de los que vivimos en Cuba, que eso quiere decir bastante) seguimos lo que podemos de su obra, ¿qué idea tiene de Cuba, de los cubanos, de su literatura y periodismo?
R: No me haga eso, amigo. Hablar de Cuba sería invertir mucho tiempo, de otra forma no se podría. Pero me gustan los cubanos. Qué pueblo más fuerte, resistente y valiente.

jueves, julio 12, 2012

No hay problema, Edmundo Desnoes


detalle de portada. novela de desnoes
Un amigo me obsequió recientemente la novela No hay problema del cubano Edmundo Desnoes (1930). Y recientemente la leí, para volver sobre aquellos años sesenta, en Cuba. Fue publicada por Ediciones R en 1964 y cuenta con ilustraciones de Rafael Fornés y diseño de Raúl Martínez. Desnoes narra la historia de Sebastián, Norma y Manuel, quienes sufren la dictadura de Fulgencio Batista, cada uno a su forma, según el estatus social y nivel de vida que le deja. La novela alcanza momentos que a mi me impactaron, descripciones escalofriantes como el pasaje donde Sebastián es torturado en alta mar. Hay diálogos. Muchos. Y hay indicios de la filosofía de Desnoes, de sus preocupaciones como individuo dentro de una Revolución, ideas que plantearía, hasta lo que he leído y sé, mejor en Memorias del subdesarrollo. No hay problema padece de lo que padecieron casi todos los escritores de su generación, mucha circunstancia y algo de folclorismo. Pero, eso no importa pasados cincuenta años. Haber leído el texto de este cubano radicado en New York, para mí, ha sido una experiencia  agradable. Cualquier disgusto de parte mía...no hay problema.

domingo, julio 08, 2012

Las palmeras salvajes sin William Faulkner


Un libro donde los personajes persiguen algo que desean más que nada en el mundo. Recuerdo mi lectura de Las Palmeras salvajes, la novela de William Faulkner publicada en 1939, su  novela número once. A Faulker había llegado por García Márquez, quien le llamó maestro al momento de recoger su Nobel. Después, en la asignatura de Literatura Universal, impartida por un coetáneo de la Facultad de Artes y Letras de La Habana, recientemente asesinado en México, incrementé la lectura del norteamericano gracias a un seminario que me llevó a Mientras Agonizo. Muchos son los libros que he leído y comprado de él, pero ninguno me deja tan buenos recuerdos como aquel cuya primera acción comienza con un aldabonazo. Un golpe sobre la puerta. Una llamada. Una advertencia. Su lectura constituyó otro acercamiento a la literatura, a las formas de narrar y mirar la narración. Símbolo subrayado por el hecho de enlazarse con García Márquez, a quien, la edad, le hacen perder la memoria en estos tiempos. Nadie, sin embargo, olvida a Faulkner 50 años después de su muerte. Ni siquiera cuando las palmeras de hoy sigan siendo tan salvajes como lo fueran en el mundo a finales de los años treinta. Un diario gritaba: La Segunda Gran Guerra comenzó. Y  en su vieja casona el escritor inventaba historias como si estuviera condenado.

lunes, marzo 26, 2012

Sostengo de Tabucchi que...


La primer versión que tuve a mi alcance fue la cinematográfica: Marcello Mastroianni interpretando a Pereira, y la voz que repetía: “Sostiene Pereira que…” Me gustó el filme y, luego, cuando leía la novela quedé fascinado por la historia del italiano Antonio Tabucchi (1943-2012), historia de periodistas y de muerte, historia de represión y evasión.

Sostiene Pereira se lee rápido, como si las palabras también trataran de escapar de la circunstancia de los personajes. Como si ellas trataran de escurrirse por alguna vía de Lisboa.Tal fue el recuerdo de una lectura.

Ayer murió Tabucci, y yo, que estaba en mi casa, solo puse echarle mano al libro de 1996, editado en Cuba por Arte y Literatura en el 2002, y decirle a un amigo que estaba de visita: “Vaya, coge este.” Espero que sea un buen motivo para volver a la obra del escritor de esta frase deliciosa: “La novela es como una casa que cierras con llave cuando te vas. El cuento es como un apartamento alquilado. Puede que vuelvas y hayan cambiado la cerradura” 

La confesión la publicaron en El País, de España. Y me la he robado para que se tenga una idea del personaje. Muerto ayer, pero gracias a la literatura vivo para siempre. Eso lo sostengo yo.

lunes, mayo 16, 2011

Delfín Prats rompe su libro en la UNEAC


Durante las Romerías, en la UNEAC, se presentó un libro postergado del poeta Delfín Prats. Su título: Lenguaje de mudos, poemario (más bien cuaderno, advierte él) que le hiciera merecer el Premio David en 1968. El contenido homoerótico (como se dice ahora) de mucho de sus poemas provocó que el libro entonces terminara en algún almacén, o quizás en otra parte peor.

Los años han pasado. Hemos aprendido. Y el Lenguaje de mudos vuelve a imprimirse cuarentitrés años después, ahora gracias a la Editorial Cuadernos Papiro, donde se trabaja el papel manufacturado como hace años lo hacían en China y Egipto.

De la mano de la escritora Lourdes González, aquella tarde Prats contó las circunstancias en las que escribió los poemas incluidos en el texto: participaba de la bohemia habanera y tenía amigos que pertenecían a ese grupo de escritores conocidos como El Puente.

Lenguaje de Mudos contiene textos imprescindibles como el poema Humanidad, escrito de un tirón en el MINFAR, donde Prats trabajaba como traductor de Ruso. A propósito, recitó un verso ruso que en español suena más o menos así: “Si quieres vive entre los muertos, pero no contamines a los vivos con tus sueños”.

La nueva edición de Lenguaje de Mudos cuenta con un diseño atractivo, ideado por el artista Freddy García, quien aseguró: “este es libro que siempre quise hacer”. En la portada impera el color negro. 

Para la lectura debe romperse una cinta diseñada con un candado.  Delfín agarró un ejemplar y rasgó el papel. Quedaba roto el primero. “Se picó el kake”, dijo con el ejemplar abierto. El público aplaudió al poeta que ayer se comunicaba en lenguaje de mudos y, hoy, lo hace con todas las palabras del idioma, gestos, y miradas.

sábado, abril 30, 2011

muere casi a los cien años: Las mutaciones de Ernesto Sábato

sábato
Ernesto Sábato era un hombre extraño. No porque fuera un tipo complicado o dado a lo estrambótico. Me refiero a que, de joven, había querido ser científico. O mejor dicho: estudió y se hizo científico, Doctor en Física. Y hasta finales de los treinta nada sugería que el hombre de espejuelos cuadrados iba a ser un gran escritor porque otra parecía su vocación. Había nacido en Buenos Aires, en 1911, e iba a ser un gran científico dada su relación incluso con los laboratorios parisinos de los Courie.

Pero, quiso su personalidad inclinarse por la literatura y la pintura y por ese aspecto alejado de la ciencia que es el impulso de la subjetividad, la cual mezclada con la capacidad racional de un científico puede ser bastante explosiva. En la cabeza de Sábato algo hizo ¡Boooom! de una manera tan tremenda que estuvo a punto de suicidarse un día. Pero al otro se dio cuenta Ernesto Sábato que lo mejor, lo más prudente, lo más lógico era ponerse a escribir.

Y escribió textos para revistas y logro terminar Uno y el Universo (1945), libro donde ensayaba sobre su propia experiencia en el mundo y lo que de este pensaba en tiempos de revoluciones tecnológicas. Tres años después, en la revista Sur, apareció “El túnel”, texto existencialista que admiró a Albert Camus al punto de impulsar su publicación en Europa.

Ya Sábato no era el hombre normal que vestía de saco y pensaba en las fórmulas físicas cuando se tumbaba en la cama tras un día agotador, sino que en su cerebro se iba trasformando en el de un ser obsesionado con las letras: iba tras ellas, las buscaba donde quiera que estuvieran, las sacaba de viejos baúles y las obligaba a permanecer quietas en los legajos preparados por él mismo.

Así, sin darse cuenta, un día, gracias a esta cacería del idioma, cuatro palabras quedaron atadas. Al percatarse advirtió que sonaba bien la frase resultante de la unión: Sobre Héroes y Tumbas (1961). Se trataba de historias, historias de amor y de familia, y también, la historia de la argentina. Después, ya el bicho literario en el que se había transformado era un gran bicho y las personas no volvieron a hablar demasiado del científico ni esperaron de él una teoría que lo hicieran saltar por los aires como había saltado Einsten con aquello de la relatividad.

Sabato, el raro, también estaba movido por potentes fuerzas morales desde el principio de su existencia y en épocas de dictadura se ajustó los espejuelos, los pantalones, y se aferró al papel para entregar otro texto de importancia: Abaddon, el exterminador (1974). Fue activo del Partido Comunista, pero un día el dictador Videla invitó a algunos intelectuales a un almuerzo en el que estuvo Sábato, y el hecho causaría críticas y cuestionamientos que el escritor pudo soportar porque, entre otras cosas, había estado trasmutando de bicho literario a lenguaraz político.

Después, en los ochenta, encabezó una comisión para investigar las violaciones de los derechos humanos en tiempos de dictadura y el informe final fue reflejado en el libro Nunca Más (1985). Un año antes, Ernesto Sábato, el bicho literario ampliamente reconocido, había sido merecedor del premio Miguel de Cervantes y Saavedra.

Ya escribí de un viejo que se iba a arengar jóvenes en un estadio de Buenos Aires. El viejo era Ernesto Sábato que no era científico para entonces, ni escritor, ni lenguaraz político. Ya era otra cosa. Era una historia de casi cien años, en la que había intervenido incluso el mítico Che Guevara luego de un carta enviada a él en la que aseguraba que ser escritor le había parecido “lo más sagrado del mundo”.

Todos esperábamos que Ernesto Sábato llegara a cumplir sus cien años este 24 de junio. Pero, no pudo ser. Hay cosas contra las que no puede el cuerpo. El único consuelo es que, al final de su vida, otra vez el hombre se nos ha trasformado (si acasos en él no habitaron siempre muchos hombres). Ahora, sin saberlo en su casa de Santos Lugares, Sábato quedó como un espécimen inmortal.

foto de Santi Cogolludo, tomada de el mundo.es

viernes, marzo 12, 2010

Ambrosio Fornet habla de un Congreso de la lengua que no fue en Chile

Sentados en el muro exterior de una emisora de radio, conversamos sobre un congreso frustrado. Mientras, los autos pasan frente a nosotros, es una noche excesivamente fría y en la Internet se desarrolla un ... leer más...

lunes, marzo 01, 2010

El ritmo de la LENGUA en la Literatura

Para algunos que, como yo, se sienten movidos a lograr con las palabras algo semejante a la música que un instrumentista sacaría de su instrumento, ciertos modelos pueden ser peores ... leer más...