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jueves, noviembre 12, 2015

Rubem Fonseca, a once años de su “asesinato” en La Habana



Ochenta años tenía cumplidos el año en que tuvimos la ocasión de asesinarlo.

Casa de las Américas lo había invitado a un homenaje, celebraba eso que siguen llamando: la Semana de autor, y sabido de antemano, en comando de último minuto, improvisamos la manera de fulminar al escritor extranjero.

Era noviembre, el vapor había menguado en La Habana y se disfrutaba de la mejor proyección solar.

Los almendrones querían comerse la vía, los niños aún salían de las escuelas con blancas camisas de uniforme grises del polvo y las guaguas no daban abasto.

Sobre las cinco dos personas tomaron la Avenida de los Presidentes en sentido contrario al de la mayoría dada la hora. Uno era fotógrafo. El otro era yo.

-          ¿Y si no lo logramos? - preguntó el fotógrafo.

-          No sé. Buscaremos la manera, tú verás que se puede.

-          Pero, ¿y si no se puede?

-          Se podrá, olvídate de eso.

-          Pero, ¿y si es imposible?... Por el asunto de la seguridad te digo.

-          No será difícil; has lo que tenemos previsto y se acabó.

En el siguiente “pero” ya habíamos dejado atrás la calle alguna vez llamada Fulgencio Batista y nos esperaban los zapatos de Tomás Estada Palma sobre el pedestal.  El mar era un odioso muerto gigante delante de nosotros pasadas las uvas caletas. El hombre de a caballo apenas prestaba atención.

No obstante el funeral de las olas seguimos recto, y en la esquina de G y 3era, a una cuadra del edificio por el cual empezaban a subir y a bajar los estudiantes con cubos de agua chorreando escaleras, nos detuvimos otra vez a inspeccionar el edificio.

Muchos carros seguían parqueados enfrente de la Casa. Grupos de mujeres vestidas de manera elegante entraban y salían por la puerta principal.

-          Es ahora - dije al fotógrafo. Acababa de descubrir entretenido al de la vigilancia.

Entonces el fotógrafo tomó su cámara, la puso a centímetros de la nariz, y luego la dejó justo frente a sus ojos. Mirando por el visor de aquella Zenit desgastada él, y yo escurrido detrás, pudimos impresionar al viejo cuando nos supo encima. La efectiva acción, seguida de un desfile inesperado de lectores felices,nos permitió ingresar al edificio.

En la primera puerta a la derecha se encontraba el objetivo.

-          No te echas para atrás ahora- dije.

Rubem Fonseca alguna vez trabajó como inspector policial, pero había pasado tanto tiempo que su olfato de sabueso estaba desgastado, su vista nublada, sus reflejos perdidos. Ni siquiera pudo percatarse de aquellos dos que lo asechaban; parecía un abuelito manso ligeramente apoyado sobre la mesa rubricando libros.

Todo será fácil, pensé; demasiado fácil para dos ejecutores sin sueldo que mataban por el placer de ver a los demás muertos de risa, envidia o vergüenza- según fuera la intención de la página y la revista-. Hasta había ido metiendo la mano dentro del bolso para aferrarme al arma cuando el gesto de un gordo sentado a la diestra del objetivo me puso en guardia. ¿Nos habían descubierto?

-          Fulmínalo- susurré.  

Al gordo debió alertarlo la torpeza de nuestros gestos, porque azuzó la vista sobre nosotros, y los ojos como dos perros nos vinieron encima; y si logramos despistarlos haciendo que siguieran un rastro equivocado fue porque a tiempo el fotógrafo repitió el gesto de la entrada. Se llevó la cámara al rostro y, mirando por el objetivo, cliqueó.

Luego un directivo de la Casa se nos puso enfrente con intención amenazante, pero como cubano al fin nos fue fácil reducirlo con el soborno. Una revista, gratis. Sin que nadie lo quisiera se volvió nuestro cómplice el sobornado, quien terminó llevándonos hasta el hombre que recién despedía a una lectora.

Y cuando al fin se giró como lógica reacción al llamado del directivo corrupto, presto saqué el arma de mi morral y apunté directo al pecho. Fue en ese momento que el fotógrafo apretó el obturador dejando para siempre el testimonio de su muerte.

Rubem Fonseca había quedado vencido ante el poder del disparo, y si acaso le dieron las fuerzas para más fue para balbucear dos o tres nombres, para componer dos o tres preguntas respecto a la efectividad del arma y de la bala: una revista hecha y pensada por estudiantes.

-          Sí que pudimos- dijo el fotógrafo cuando íbamos de vuelta de vuelta a 23: bien que lo matamos.

-          Con el dato, dije yo: como dice la gente, lo matamos con el dato y como los mejores sicarios del periodismo amateur.

foto: kaloian Santos Cabrera

sábado, noviembre 02, 2013

Ante los arrecifes cubanos, Juan Villoro



A Juan Villoro dedican la Semana de autor que cada año a fines de noviembre promueve Casa de las Américas. Muchos lectores se frotan las manos con lo que serán algo así como siete días en los que el autor intercambiará con colegas y seguidores, y sobre todo recorrerá La Habana en acto que quizá no implique tanto riesgo como el que buscan sus personajes de Arrecife.
Arrecife ha sido la quinta novela publicada por el narrador, ensayista y periodista nacido en septiembre de 1956 en el Distrito Federal de México. Fue publicada por la editorial Anagrama y a las muchas interpretaciones que ha tenido sumará en noviembre la del poeta y narrador holguinero Eugenio Marrón, uno de los intelectuales cubanos invitados al homenaje.
Si Marrón en Casa reflexionó ya sobre William Ospina, ahora lo hará a propósito de Villoro, especialmente a partir de la escritura de Arrecife, novela que considera “una especie de fábula de un siglo que comienza donde las marcas violentas conducen a un agujero negro.”
Para el holguinero, lector analítico, con El disparo de argón y El testigo leídas desde antes, Arrecife, ratifica “el alto rigor del oficio de novelista con capacidad para crear, como dice Vargas Llosa, historias y seres hechizos que te cautivan.” Tampoco desdeña el paso del mexicano por oficios como el periodismo, dignamente ejercitados mediante entregas a revistas y periódicos como La Jornada:
“Es un periodista sagaz, con un extraordinario manejo de la crónica. Aparte, es ensayista de elegancia y perspicacia tremenda, que con igual dominio penetra en la lectura de Cervantes, Shakespeare, Pitol y Bolaño. Sabe que el arte del ensayo entrelaza elegancia y sabor de la prosa con lo puntual y lo más arraigado a la mirada personal.”
Ahora también se informa en la red que Villoro integrará el Colegio Nacional, una institución fundada en 1943 y a la cual han pertenecido nombres fundamentales de la intelectualidad de su país como Mariano Azuela, Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco o su padre, Luis Villoro.
También profesor de la UNAM, Villoro, que ha sustentado su carrera con premios como el Herralde o el Iberoaméricano de Letras José Donoso, no escatima temas para dialogar con sus coterráneos y colocarles delante el mundo que muchas veces no llegan a ver por el envilecimiento de los tiempos.  
“En Villoro la lengua española alcanza un esplendor que lo convierte en digno heredero de los escritores del boom, de los de antes y de los de después”, apunta Marrón.
Por lo pronto solo queda esperar unas semanas para que Casa de las Américas abra las puertas a siete días dedicados a analizar la obra del mexicano como la ha hecho antes con escritores del continente como el brasileño Rubem Fonseca, el argentino Ricardo Piglia, el chileno Pedro Lemebel o el cubano Leonardo Padura.