domingo, enero 05, 2014

Manuel Rivas, memoria y sensibilidad


Uno de mis hallazgos literarios en el 2013 fue la obra del escritor gallego Manuel Rivas. Habría bastado la lectura de su relato La lengua de las mariposas para considerarlo autor memorable. Pero había más, y todo fue puesto ante mis ojos en el verano gracias a la nutrida y siempre abierta biblioteca de un amigo escritor. Fue él quien colocó en un sobre amarillo dos colecciones de cuentos e igual número de novelas publicadas por Alfaguara. Entonces supe de su existencia.
Pero había llegado a Rivas sin saberlo, antes, gracias al cineasta José Luis Cuerda, quien con talento versionó algunos relatos incluidos en el libro ¿Qué me quieres, amor? La película de Cuerda que una tarde pasó la televisión cubana es conmovedora y habla sobre las relaciones humanas a partir de un hecho donde el individuo es obligado a la negación. En la obra se trata de la guerra civil española, época en que Rivas no había nacido, pero ha demostrado ser un hombre demasiado amante de su tierra como para olvidar lo que fueron años calamitosos, cuando su gente, hombres y mujeres, se embarcaban a una América demasiado idílica y ansiada. Partían desde el puerto de La Coruña, tierra donde naciera Rivas en 1957.
Debido a esa circunstancia terrible los personajes de Rivas padecen el mal de los recuerdos. Algunos no cesan de evocar lugares situados más allá del atlántico, en América, y bien se nombran Buenos Aires o La Habana, ciudades donde nacieron o a las que, como su creador, deben algo más que aspectos de su biografía. Gracias al doctor Da Barza, héroe de la novela El lápiz del Carpintero (1998), por ejemplo, hallamos pistas de lo que Rivas aprecia de Cuba.
En la ficción, Da Barza debe a Cuba su vida. Además, el gobierno de la Isla, entonces aliado a Franco, toma partido en su “caso” y así se le conmuta la pena de muerte por una cadena perpetua de la cual no daré detalles por si usted se animara. La nacionalidad de su personaje permite al escritor citar de Martí uno de sus versos más conocidos y entre las muchas peripecias que le imagina, una le lleva hasta un hombre con quien Da Barza comparte la cárcel. Se trata de un anarquista, Pepe Sánchez, fusilado en un amanecer lluvioso de 1938, pero que solía interpretar ese bolero titulado ¿Y tú qué has hecho?, reconocible por cualquier coterráneo  con solo citar su comienzo: “En el tronco de un árbol una niña…”
Los vestigios de la música cubana a través de su obra permiten advertir en Rivas una especie de vinculación sentimental con nuestra cultura, algo que constaté luego de sumergirme en los libros de aquel sobre amarillo que animó lo que será por siempre un verano rabioso y melancólico, ajetreado, signado por la cadera rota de mi abuela que tal vez nunca sepa de un gallego amante de nuestra música.
En ¿Qué me quieres, amor? nuevos personajes cantan y tararean afamadas melodías como la todavía más universal El manisero, al que recuren los de la Orquesta Azul, grupo del que sobresale su acordeonista, quien solía tocar un número que al narrador del cuento Un saxo en la niebla le resulta “misteriosa”. Y así es la Convergencia de Ramiro Julián Gutiérrez, esa verdadera canción misteriosa que reza: “Aurora de rosa en amanecer, nota melosa que gimió el violín….”
Incluso en narraciones poco tórridas, donde el argumento de desliza por recovecos simbólicos para desarrollarse a través de insólitos puntos de vista, aparecen fragmentos musicales que marcan el nervio de esta Isla. De modo que un acápite de En salvaje compañía puede concluir con un guiño a La cleptómana. “era una cleptómana de lindas fruslerías.” “¡La Habana, Habanita mía, qué bonito es todo en La Habana! ¡Hasta era bonito ser enterrador en La Habana!”, leemos en El inmenso camposanto de La Habana, noveno cuento de ¿Qué me quieres, amor?
Rivas escribe en gallego y traduce al castellano sus numerosos libros de poesía, cuento, novela y periodismo en actitud que ha llamado “intento de trasfigurar la obra de un lenguaje primigenio a diversos lenguajes”. Cada una de las cadenas de palabras armadas por él pasan a ser pasajes peculiares aderezados con un estilo cortante pero poético. Tal singularidad no impide revelar lo que pareciera otra de sus recurrencias literarias: la infancia, ese espacio donde se despliega lo que también ha llamado: “voces bajas”, a propósito de uno de sus últimos libros.
Así como sus historias apuntan a naciones y culturas a las que posiblemente deba buena parte de su personalidad, estas dejan ver lo que considero una demostración de sensibilidad irrefrenable o lo que sería el anhelo de recuperar una etapa en la que el autor parece haber dejado algo más que trozos de una vida pasada. A través de niños como protagónicos de sus historias, deja correr una imaginación de infante sensible, necesaria para la escritura de cuentos como Las cosas, donde el lector asiste a la plática entre objetos y entes a los cuales de muchas formas ha estado ligada la vida de un hombre y que no hacen más que demostrar la vocación de su autor ante la realidad de las palabras.
A Rivas le disgustan los vocablos demasiado utilizados, pues, según confesión: “Acaban teniendo un sentido marmóreo”. Su relación con las palabras, palabras libres como gacelas, libres como aves listas para surcar el cielo, le ha llevado a la conclusión de que “cada uno tiene su propia lengua”. En su texto En salvaje compañía se pregunta: “¿Dónde nacen las palabras? ¿Quién fue el que llamó mar a la mar? (…) Hay palabras que nacieron del miedo y otras que tienen impresa la simpatía.”
Otro aspecto que de Rivas me parece trascendente es su concepto de la memoria. “La memoria es un ser vivo”, “una cámara oscura” dice, y quizá por ello la historia cobra dimensiones extraordinarias en su obra. La mezcla de memoria, sensibilidad y curiosidad ante vocabularios traídos de la mano de los personajes, niños personajes, produce en el lector una apoteosis inolvidable. En mí fueron duras las sensaciones al escuchar a Moncho gritando a su maestro con inocencia lo que otros con hipocresía. Me recordó una escena cubana del ayer. Y no hubo música. Solo palabras. “¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!”
Haber leído a Manuel Rivas fue una agradable experiencia del verano del 2013. Hoy recuerdo alguna de sus palabras, las que inmortalizan su relación con la literatura y las que aluden su deuda con el periodismo, oficio que le ha permitido estar “alerta” ante la vida y la muerte, y que no niega su interés por la imaginación, esencial en su narrativa. En ella, como en toda buena literatura, “el periodismo es un género de la literatura”, advierte, se descubren las esencias de las cosas, su alma. Ella, maldita alma, ha soltado alguna vez Manuel Rivas.