martes, mayo 18, 2010

Eh, eh… ¿Amy?, ¿Amy Winehouse?




Era la época en que casi ningún famoso viajaba a La Habana y yo había salido de la oficina con la cabeza echando humo. Cruzaba el semáforo camino a la parada cuando del otro lado encontré a la chica junto al contén. Lo más seguro es que pasara desapercibido para ella al momento en que mis ojos se impactaban sobre su cuerpo -primero en sus piernas, después en los tatuajes, luego en sus nalgas y en esa boca… mmm, la verdad. Yo era parte de una masa compacta que caminaba sobre la cebra, con la diferencia de que cada minuto del fatigoso día se me había enganchado al cuerpo como sanguijuela.

Un hombre con sanguijuelas colgantes de algún modo sería motivo de interés y hasta de escándalo en intersección tan populosa, pero los demás parecían obsesionados por llegar a alguna parte. Hombres y mujeres se movían a prisa, oscilando los brazos como si trataran de impulsarse. Al pisar la acera se echaban a correr para forcejear en la puerta de una guagua o para quedar entre los primeros en el molote a la espera de las máquinas.

La chica miraba a la calle con empecinamiento. Estaba vestida de manera propicia para el verano, pero su estilo llamaba bastante la atención. En lugar de seguir mi camino aminoré la velocidad y giré la cabeza para descubrir su rostro e inspeccionar ese cuerpo de arriba a abajo.

Parecía consiente de llamar la atención. Dejaba  al descubierto buena parte de su piel. Su única vestimenta era una blusa de tirantes que  mantenía recogida hasta sobre el ombligo y un short lo suficientemente corto para que sus pálidas piernas fueran motivo de atención de alguno de los choferes. Pude escuchar chiflidos y hasta uno de esos piropos que sueltan desde el volante. La chica tenía por lo menos cinco tatuajes visibles y uno de ellos era el de una mujer desnuda con dos buenas tetas. Su modo de peinarse no era lo que se dice un modo de peinarse. Era casi un modo de ser.

Parecía en verdad una mujer abandonada a orillas del contén y hasta tuve la impresión de que estuviera drogada. Esta mujer está un poco mala, me dije. Tendrían que haberla visto. Pero me detuve a un paso suyo, porque como dice mi mujer puedo caerle atrás hasta a un palo de escoba. Me fijaba en su cuerpo con cierta esperanza. Con las sanguijuelas que traía encima lo menos que necesitaba era llegar a la casa donde espera una mujer con la cantaleta de todos los días.

Ves fantasmas donde no los hay, le decía yo: que no tengo tiempo para esas aventuras que te inventas. ¿Muy celosa?, preguntaba ella con la boca torcida y los pies subiendo y bajando. Esas justificaciones empeoraban su carácter. Y en parte tenía verdad… Recién había estado saliendo con una mulata de la oficina contigua, algo que nunca supe cómo llegó a sus oídos.  Otra vez mantuve una aventurita con una flaca del museo. Resultó un terremoto en la cama. Los escobillones te sacan el susto, para que sepan.

Con ese recuerdo en la mente escrutaba las partes desnudas de la mujer que se bamboleaba en la acera, y viendo que la miraba levantó con arte el mentón y me lanzó una frase asombrosa.

-          Hola, baby… ¿te gustaría invitar esta muñeca a un trago?

La suerte era que mi inglés - dadas las exigencias del trabajo- es bueno. La chica hablaba con un acento increíble, lo cual quería decir que no era una farsante, sino una verdadera extranjera. Una turista llegada de a saber qué sitio. A pocos metros de nosotros quedaba el hotel. Estábamos justo a un lado del Habana Libre.

Advirtiendo su empecinamiento con la vía llegué a la conclusión más lógica. La mujer debía estar a la espera de un taxi para irse a alguna parte en busca de diversión. Miré a los alrededores y ninguno de esos carros amarillos se veía por allí. Volví a fijarme en ella. A veces el rostro de la chica se volvía inexpresivo, pero otras se iluminaba de repente. Tal vez estuviera huyendo de su pareja. Una trifulca sentimental, un ataque de esos como los de mi mujer. Podría estar deseando una compañía en esta destartalada ciudad tan atractiva para la gente del primer mundo.  

-          ¿Entonces, baby?

Los transeúntes continuaban su desfile y yo me aferré al portafolio. Sonreí con galantería. La chica también puso una sonrisa, malévola, y balanceó su esqueleto para aproximarse de manera descarada.

-          Yo sé que ustedes son juguetones, baby. Ya he comprobado que son divertidos.

-          Y tú no sabes, corazón.

Fue lo único que se me ocurrió decirle. ¿Se imaginan como suena en inglés: “Y tú no sabes, corazón”? Con todas y mis andanzas era la primera vez que estaba a punto de salir con una extranjera. Y por un momento, la verdad, me sentía en desventaja.

Había ido colocando a discreción mi mano en el bolsillo del pantalón con el propósito de comprobar que el dinero estuviera en su sitio. No deseaba encontrar cualquier billete, sino uno de esos que le permite a una persona nacional salir airoso cuando comparte con gente de otras latitudes. Ustedes saben de lo que habló. Pero tengo la costumbre de mantener el dinero en una billetera de cuero que protejo en mi portafolio, de manera que la inspección no tuvo ningún resultado. Algo recordé, sin embargo, porque aunque mis dedos solo encontraron un par de monedas casi inservibles me sentí dispuesto a dar el siguiente paso.

Le pregunté si le gustaba La Habana, si la estaba pasando bien, si gustaba moverse con nuestra música bailable, por la que éramos reconocidos en el mundo entero. Oigan eso. Parecía yo un agente turístico. Y no soy un agente turístico… soy, digamos, un funcionario artístico. Bueno…  

Con otro encogimiento de su desgarbado cuerpo me respondía afirmaciones mientras yo estiraba un brazo para hacerle señas a una máquina. La que trataba de detener pasó de largo. Al voltearme vi que iba ocupada y eso me dejó tranquilo. Dos máquinas más tampoco se detuvieron. Hasta que al fin llegó una con capacidad. Le pregunté al viejo que iba al timón si tomaba por malecón y ante una respuesta positiva abrí la puerta. Que pasara, madame. Nos montamos en el asiento trasero.

El taxista miraba por el retrovisor a la chica. Ella había pasado del silencio a la algarabía. Soltaba una jerigonza que al del timón le era ajena y para entretenerse hizo subir el volumen de su reproductora y por el ritmo se puso a bailar. La chica decía estar fascinada con eso. Y en verdad parecía deslumbrada, con el interior del almendrón, con la ciudad a la cual dijo recién había llegado. La gente le parecía very simpática, y sí… la música, fabulosa, extremadamente buena, wonderful. Y mira ese edificio, dijo admirada como si fuera novedad que el tiempo escarbara las paredes como si fuera un gusano. Me rasqué la espalda porque las sanguijuelas chuparon hasta arder, y hacía calor, y la desbaratazón me recordaba un poco a mi casa.

Al poco rato vimos la carpa y ordené al chofer que nos dejara donde pudiera. El tipo se apeó cerca de un contenedor de basura. Abrí la puerta. Salí. Por la ventanilla delantera le puse en las manos un billete con la cara del que se había perdido en el mar y el tipo puso una mueca, pero no dijo nada. Cuando la chica estuvo también sobre el asfalto, diciendo que no la tirara, aceleró su máquina y se apartó de allí dejándonos en una nube de humo negro.

-          Me fascina como caminan todavía, dijo.

Que a mí también, respondí yo. Y me puse rumbo al interior de la carpa. Había llegado otras veces y puedo decir que ese lugar me gustaba para sacos semejantes. Casi todas las mesas estaban vacías. Por el día no hay casi nadie, le dije yo. Solo vimos a unos cinco clientes, casi todos en grupo o en parejas. Me llamó la atención una mujer ocupaba la mesa de la esquina más cercana al mar. Estaba arreglándose un zapato y cuando levantó la cabeza y me fijé dije: Cojones, no puede ser. Pero sí que lo era. Mi mujer tenía dos cervezas delante.

Tal vez me pusiera blanco, porque la chica preguntó si pasaba algo, baby. No atinaba a decir palabra. Pensaba qué diablos estaría haciendo ella. ¿Acaso me pegaba los cuernos sin que me hubiera percatado que lo hacía?

 Me lo merecía, la verdad. No obstante… que apareciera justo en ese momento me pareció además algo inoportuno. Ni siquiera podría acusarla en busca de revertir la situación debido a que estaba sola; en cambio yo iba acompañado de una chica demasiado confianzuda como para no parecer una amante. La flaca se me había colgado de un brazo porque le fascinaba la imagen del mar rompiendo en el malecón, que me lo dijo, que que impresionante.

Hasta el momento había sido a mí a quien sorprendían en el salto. Verla enfrente con dos cervezas, vestida de esa manera, me puso iracundo. Fuimos hasta ella. Puso un rostro de sorpresa, luego de severidad, otra vez de desconcierto. Mi mujer se fue poniendo de pie y los ojos crecían en sus órbitas. En lugar de formar uno de sus escándalos de situaciones parecidas, desinteresada en mí, levantó sus brazos en además de comprobar la autenticidad de la flaca que seguía fijándose en el mar al lado mío.

-          ¿Emy? - preguntó con cara de desquiciada. Casi en un grito soltó la pregunta de: ¿Emy Winehouse?

Esa salida me pareció otra de sus actuaciones. Mi mujer es una buena actriz. Digo, actuar es su profesión. Pero cuando le da la gana convierte cualquier escena cotidiana en una obra de teatro.

¿Qué haces aquí?, pregunté con la intención de que estuviera apta para la telepatía. Ella como es lógico desestimó mis pensamientos. Seguía interesada en mi acompañante y repetía: ¿Emy? La flaca había puesto una mueca que sugería fastidio.

-          ¿Vino contigo, Ruperto? ¿Es por el trabajo?

Cómo me hubiera gustado decirle que si se refería a mis responsabilidades en la oficina del Instituto estaba jodida, que finalmente decidieron hacer público lo de la reducción de plantilla, me había quedado fuera. La presencia de la flaca no tenía nada que ver con mi antiguo trabajo. Lo que si me interesaba, maldita, es que me expliques tu presencia en este lugar a donde llegan solamente infieles y extranjeros, que de quién es esa otra cerveza le iba a preguntar, pero mi mujer había decidido ignorarme. Y dijo:

-          Son una seguidora tuya, total.

-          Que no te entiende, dije yo – repugnado de su actitud.

Entonces lo repitió en inglés. Y, con los ojos brillándole, decía más.

-          Me sé todas tus canciones.

Que de qué hablaba, quise haberle preguntado, que qué mierda se estaba inventando para justificar su presencia en ese sitio a media tarde. Entonces le agarró un brazo a la flaca y medio de pie, inclinada sobre la mesa, con una sonrisa que me hizo dudar si acaso estaba borracha, con un inglés penoso se puso a tararear eso de He's tried to make me go to rehab, but I won't go-go-go…

La chica al parecer reconoció las palabras. De la expresión compungida al enfrentarse a la realidad del mar pasó a una inevitable satisfacción. Soltó una carcajada fuerte en la que su voz medio rajada activó algo en el cerebro de mi mujer porque también ella cambió el semblante, y con un dedo índice puesto a unos centímetros del rostro señaló a la flaca, me miró, y dijo: ¿Viste?

Yo en cambio había comenzado a explorar los alrededores por si acaso estaba cerca el idiota con el que me pegaba los tarros mi mujer. Podría tratarse de alguien conocido. ¿Quién era el maricón? Si se trataba de alguien que frecuentaba la casa creo que lo hubiera reventado allí mismo.

Luego también supuse que podría tratarse del encuentro con una amiga. Podría ser. Pero ninguna de sus amigas estuvo por los alrededores y yo me sentía como loco mientras ellas cuchicheaban por lo bajo. Luego mi mujer se quedó mirando a la flaca sin decir palabra, y la flaca tuvo que preguntarme  si acaso no la había invitado a un trago.

Me puse de pie con cara. Mi mujer me observó. Y que le trajera una a ella también. Escuché su voz casi cuando estaba junto a la barra donde una negra delgada se encargaba de atender a la clientela.

Nunca me había pasado que en el momento en el que trataba de tumbar a una jevita me topara con mi esposa, y menos que esta estuviera sospechosamente sola en una mesa donde dos latas de cervezas sugieren la presencia de otra persona. ¿Cómo me lo iba a explicar? ¿Cómo le iba a explicar lo de la flaca? Seguirle la corriente era lo mejor.

Regresé totalmente aliviado y ellas se reían tal alto que desde las otras mesas miraban indiscretamente.

-          Sí, es por el trabajo -dije yo, pensando en lo que había sucedido unas horas antes.

Si supiera que la reunión para reducir la plantilla de trabajadores había sido tensa y debido a eso había salido más temprano de lo normal, pensaba.

-          ¡Lo sabía!, exclamó mi mujer. Pero enseguida se puso seria: No me lo habías dicho, y sabes que me vuelve loca su música.

Cómo iba a saber si la volvía loca “su música” si ella cuando está en casa no hace otra cosa que escuchar música. Para limpiar, para cocinar, para cualquier asunto enciende la grabadora y canta.

-          No me lo habías dicho, se quejaba

La extranjera se había bebido la cerveza de un golpe y tenía los ojos irritados. La pintura parecía corrida, como si se hubiera pasado muchas horas llorando. Algunos pelos le caían del moño que mi mujer observaba con admiración. La pelambre negra lograba toparle los hombros.

Mi mujer se puso de pie. Pensé que al fin vencida por la circunstancia se marcharía, pero tomó a la otra por las manos obligándola a que la imitase. Y que cantara, le dijo: Dale, chica, para que me hagas la mujer más feliz de esta ciudad destruida, dale, dale. La flaca, ya de pie, seguramente desconcertada por aquella escena en la que había caído por mi culpa, abrió la boca y dejó escapar una potente voz que a todos hizo voltear la cabeza. Bamboleaba su cuerpo y movía los brazos con ritmo. Mi mujer se había salido con la suya esta vez. Había logrado malograr mi salida. Que estaba mala, pero tenía algo, no sé... ustedes entienden. Era extranjera, y además tenían que haberle escuchado cantar eso de They tried to make me go to rehab, but I said “no, no, no…”





este cuento nació de un pequeño texto publicado para el blog. ahora forma parte de un libro inédito titulado: Ojo de buey

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