sábado, enero 21, 2012

La media noche de X Alfonso


Eran casi las doce de la noche cando comenzó el concierto. Teatro Suñol lleno, de jóvenes mayormente, muchos apenas tenían cumplido los veinte. La pantalla dejaba ver una mano, la mano de X Alfonso, con una palabra escrita: Reverse. 

Se trata del último trabajo discográfico del músico. Lo lleva en gira nacional a varias provincias y esta semana le correspondió el turno a la ciudad de Holguín, que le abrió los brazos con una semana de cultura, lo cual quiere decir con mucha gente cantando y bailando, por ahí.

Estaba vacío el escenario cuando comenzó todo. Solos los instrumentos, hasta que fueron llegando los tres músicos que le acompañan y, luego, entró él. Del piano iba a las pailas (creo que se llaman pailas) y de las pailas (ya he expresado mis dudas sobre el nombre del instrumento) se dirigía al micrófono para cantar los temas que le hicieron muy popular en la película Habana Blues.

Ya no es un niño, como lo era cuando inició su vida musical en Síntesis, la agrupación donde su familia se ha lucido como ha querido. Ahora es un adulto, un cuarentón con algunas canas en la barba y cierta añoranza por los días en que la gente era mucho más solidaria y desprendida. El hecho no le resta fuerzas.
En el escenario sigue siendo energético, vivo y analítico. Las canciones van de eso, de análisis y crítica, nacional y extranjera. A fin de cuentas, lo dicen una de las letras  de este disco: “increíble pero cierto, todo está globalizado”.

Entre temas nuevos y otros que ya hemos escuchado antes pasaban los minutos. Música, imagen y voz es una misma cosa en un concierto de X Alfonso. Reverse es la mezcla de lo que el autor deja ver de sí mismo: experiencia y juventud (como diría otro compositor cubano), dudas y esperanzas. El resultado de una sensibilidad, una época, una circunstancia.  Hay influencias, también: Varela, quizás Silvio. Y más.

Del disco que nos presentaba el público se ha familiarizado ya con el tema al que debe su nombre. Hay un video clip hecho por el músico donde se pueden encontrar símbolos que se repiten, de alguna manera, en todo este su más reciente trabajo, balanceado (cuando uno lo escucha gracias a que X lo regala en cada provincia), nostálgico, quizá. Melancólico y rabioso, según las imágenes detrás del escenario.

Luego de haber interpretado quince temas, el concierto de X Alfonso llegaba a su fin. Los músicos se esfumaron de repente mientras la melodía siguió sonando y uno no sabía qué hacer, si quedarse un rato más o irse. Luego se encendieron las luces de la sala y supimos que sí, teníamos que abandonar el teatro, a no ser que quisiéramos dormir en él. 

Según el artista, el disco que él mismo ha dejado en universidades, es más que un disco. Se trata de una filosofía. La filosofía de una época, de una ciudad, de un hombre del cual su identidad pareciera ser un misterio. Solo una pista: X.

viernes, enero 13, 2012

Julio García Luis: La nota que nunca escribió


 
Las clases con Julio García Luis llegaban a ser aburridas. Muy aburridas. Pero el término no es demasiado trascendente si se tiene en cuenta la hora (siempre en las tardes), el tema (ética y deontología), la voz (era como un crujido leve y susurrante que se condensaba con el sopor del almuerzo). Se trataba de una asignatura que recibíamos a principio de siglo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, donde García Luis era profesor y decano. Sin embargo, lo único que conectaba a aquel hombre con un ilustre directivo universitario era su carrito.

García Luis llegaba todas las mañanas al parqueo de la Facultad montado en un carrito blanco (¿era blanco?) de procedencia China (¿era Chino?). Entonces los muchachos nos quedábamos mirándolo a través del parabrisas, con su rostro afable, medio serio, medio alegre, con su nariz regordeta y un andar bonachón cuando ponía sus pies en la tierra. A veces retrocedía hasta la calle G para seguir recto al Instituto Internacional de Periodismo, o solo se metía en su despacho, donde lo esperaba una secretaria decidida a decir “por aquí no se pasa”, cuando un estudiante quería salir al patio tomando el camino que atravesaba el lugar.

Eso a JGL no le importaba, la verdad. No le importaba que los estudiantes entraran y salieran por allí, que pidieran favores de toda clase, que nos pasáramos horas tratando de imprimir una revista (o eso creíamos que era) en una impresora guardada en una esquina del lugar. No le importaba eso a Julio García Luis porque era un hombre sencillo y siempre estaba concentrado en sus papeles. No sabría precisar qué clase de papeles eran, pero me inclino a pensar que, más que documentos burocráticos de la Institución que dirigía, se trataba de textos relacionados con el periodismo.

Los tiempos de sus días como periodista azuzaba su leyenda en la Facultad. Se decía que había sido brillante (era brillante) y que por ese brillo había ido directamente a trabajar al equipo del Comandante en Jefe. Junto a Fidel Castro recorrió muchos lugares, de Cuba y el mundo. Y en cada uno de ellos escribía elegantes crónicas que publicaban medios de importancia como Granma o Trabajadores. Después llegó a ser presidente de la UPEC, cargo del que salió, como suele decirse, medio tronado, no sé por qué. Es parte de la leyenda que aún debe recorrer las aulas de la Facultad de Periodismo. Y lo único cierto es que JGL se comportaba todo el tiempo como un hombre normal, honesto  y sin poses, junto a los estudiantes y muy consecuente con todo lo que había vivido, con todo lo que había sentido.

Como acabo de conocer su muerte, escribo estas líneas casi de forma mecánica, pero impulsadas por el dolor.  Lo vi una vez, después de graduado, en una visita que hizo a Holguín. También éramos amigos en Facebook, pero apenas se le veía en el chat. 

Una vez el periódico ¡ahora! publicó una crítica sobre mi libro de cuentos El invitado, acabado de publicar. Yo estaba de vacaciones y la persona que recibió el texto en la redacción cometió un ligero desliz: trocó la firma del autor. En lugar de acreditar a José Luis García dio todos los créditos de la nota a Julio García Luis. Algunos me miraban después extrañados, como diciéndose: “Vaya ,si es amigo de García Luis, tan amigo que hasta le escribió una crítica favorables a su libro”. Y yo no le dije la verdad a nadie. Para qué ponerse a explicar. Solo a José Luis García le dio mucha rabia el trueque. Y a Julio García Luis…no sé, quizás todavía, en algún lugar, se ande riendo por ahí. O solo se cuestione si era más ético haber advertido mediante una nota. Para eso nos impartió aquella asignatura. Digo yo. 

miércoles, enero 04, 2012

Mirando una foto de la navidad


 Ernesto Fernández, el último Premio Nacional de Artes Plásticas, nos visitó hace pocos días invitado por el Centro de Artes. Es un hombre sencillo y jovial. Memorioso. Paseándonos por estas calles me hablaba de sus años en la revista Carteles y el periódico Revolución. También, maravillado, advertía el movimiento cultural que encontraba a su paso. Le parecía fenomenal la gente trasnochando junto al parque, los cafés atestados, los escritores y músicos que le eran presentados, las invenciones de un estudio de animación situado a kilómetros de la sede del ICAIC.

Pero Ernesto tiene incorporada a su más reciente exposición, pensada para exponer en Málaga (supimos de ella gracias a la visita), la fotografía a la cual hago referencia ahora. Fue tomada en 1960 y explora el tema de las navidades. Puede verse un árbol de navidad, construido con lumínicos en medio de alguna avenida, y rematado por una estrella. Contrasta ella con los edificios y el resto de la ciudad vista en perspectiva. La imagen me trajo de vuelta los recuerdos navideños, los míos, los de la familia reunida y la grasa del cerdo cayendo sobre las brazas del carbón. 

Pensé además en aquellos arbolitos asustados en las esquinas de algunas casas, las de quienes se resistían a olvidar la tradición. Yo había descubierto la nieve de diciembre en las historietas del pato Lucas, Piolín y Silvestre, en los cuentos de la revista Misha. Sin embargo, también solía encontrármela cada diciembre en los arbolitos de navidad, escenificada por trozos de un algodón sacados de cualquier lugar. Para los niños, entonces, la navidad era eso: la tripa de un viejo almohadón, la guata vetusta que alguna persona hacía lucir como nieve a los pies del abeto inventado. 

Yo nunca he tocado la nieve, y pudiera decir, por extensión, que no sabía de niño qué significado tenía aquella palabra. Ambas lejanas: nieve y navidad. Había sido un vocablo olvidado durante la década de los setenta, cuando algunos creían que lo mejor dentro de una Revolución era olvidar el pasado. Mucha gente lo creyó. Creyó que había que resetear el tiempo, que los recuerdos y las costumbres debían transformarse en una hoja de papel para estrujarla mejor antes de hacerla volar por los aires camino al cesto. Pero, se trataba de algo mucho más complicado: la tradición era un bumerán listo para partirnos la cabeza.

En los sesenta, época en la cual el fotógrafo Ernesto Fernández era todavía un joven, una institución como el Consejo Nacional de Cultura (antecedente del Ministerio de igual sector), lanzó una campaña original: Las navidades cubanas. Eran una especie de respuesta a las inclemencias que se vivían en el plano internacional, sobre todo a raíz de la ruptura diplomática entre Cuba y los Estados Unidos. La campaña no negaba el legado religioso de la navidad, pero insistía en su esencia cultural y hasta impulsaba proyectos como la grabación de un disco con villancicos.    

Hace un par de semanas, la Orquesta Sinfónica de Holguín realizó un concierto de villancicos en el Eddy Suñol. El concierto y la foto de Ernesto Fernández, casi a la vez, me pusieron a pensar en el tema de esta celebración que se remonta al auge del cristianismo, dado que el 25 de diciembre (navidad, del latín nacimiento) debió nacer Jesús, el rey de los Judíos.

Quería hablar del desarrollo cultural de Holguín, de las imperfecciones que existen para hacer mejor nuestras instituciones, del buen año para la literatura de la región, que inició el Premio Casa de las Américas para Emerio Medina y terminó con el Guillén de Luis Yuseff, mas he terminado escribiendo sobre la navidad. Porque… mire usted con que fuerza llega por estos tiempos. Hay arbolitos, con nieve, estrellas, luces y lazos. Hasta un Santa Claus, sentado sobre el trineo que tira una recua de renos, se puede encontrar. Y no es 1960, sino 2012. 

Dijeron los mayas que comienza un nuevo ciclo de vida. Lo creo. No será el fin del mundo. Y, mientras llega la noche que abrirá la puerta del nuevo año, solo observo una fotografía de Ernesto Fernández.  Una foto de navidad.