miércoles, diciembre 11, 2013

Palabras que se refugian en los campos


En Cuba hay palabras que la vida urbana ha ido proscribiendo, y se llega a tal punto en la convención que llaman disparate si alguien las hace florecer en el habla cotidiana. Muchas de ellas son términos arcaicos, manjuaríes de un idioma en transformación que ahora, y atribuyo al apogeo de determinados programas y al intercambio cultural promovido por las nuevas tecnologías, pareciera enriquecerse en las más recientes generaciones.
Entre nosotros las palabras suscitan una especie de lucha permanente que en algunos sitios llegan a expresarse mediante una discreta hostilidad. La cruel contienda entre el hablante del campo y el de la ciudad se duplica en Cuba cuando se trata de occidentales y orientales, y entre estos incluso hay una barrera cuando se enfrentan los del norte y los sur.
El problema de la lengua se exacerba con la contaminación del habla habanera, extendida como si fuera la única norma y la más correcta del cubano. Particularmente me gusta el modo en que el habanero proyecta el idioma, pero este no habría alcanzado su verdadera dimensión sin la aparición pintoresca y posterior de hablantes procedentes del resto de la isla.
Bastaron las oleadas de adolescentes a La Habana para que estos de vuelta a sus casa empezaran a poner de moda ese estilo tan peculiar de masticar las palabras que se tiene en torno al capitolio. Incorporaron vocablos aprendidos para referir lo que ya referían a su forma. En estos viajes de ida y vuelta el lenguaje rural se fue tornando símbolo de lo antiguos y por demás cuestionable.
El ese modo de hablar del habanero se difunde ahora más que nunca a través de los medios de comunicación, que algunas veces parecen olvidar la existencia de una manera neutra del lenguaje para aplicar lo que pareciera una colonización inconsciente. El colonizador se comporta como tal y llega a practicar la xenofobia lingüística, que no encuentra otros mecanismos que la burla.
Pero no es a eso a lo que iba, sino a las palabras que hoy apenas se utilizan para la comunicación en la vida cotidiana de una ciudad. Sin embargo conservan toda su fuerza y valor en asentamientos rurales denotando, según algunos y de manera errónea en buena parte de los casos, falta de cultura.
Vocablos como “tomo” para designar el volumen de algo, “otomía” para referir una atrocidad, y otros aún más vergonzosos, según algunos, como “haigan” o “abajarse”,“yelo” y “furaco” son comunes donde el asfalto se pierde para dar espacio a extensos potreros.
Según Esteban Pichardo palabras como las mencionadas antes, y muchas más, eran frases corrompidas allá por 1875, fecha de publicación para su “Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas” Aunque para otros lingüistas se trata simplemente de arcaísmos, que no es otra cosa que fósiles vivientes en la comunicación, porque sean una u otra cosa, escuchar ciertas palabras dejan la impresión de estar frente a uno de esos animales prehistóricos que solo se pueden ver en los museos.
Sería incesante llegar a un lugar donde en lugar de aves y peces prehistóricos se encontrara uno con palabras, vocablos que parecen malsonantes y no, solo tienen otra clase de belleza. Una antigua y extraña que las ha condenado a la desaparición.  Pero que fueron útiles. Por algo existen aún. Por algo buscan refugio en los sitios más remotos de nuestra geografía para sobreponerse.