martes, enero 05, 2016

Turismo cronológico

al sur de sierra maestra

Gente, mucha, que viaja a la Isla para concretar recuerdos. Efusiva toma el vuelo, pero desde antes de sostener el boleto habrá experimentado la cabriola del tiempo, pequeño juego del destino tal vez, salto de las causalidades casi deporte de alto riesgo porque al final tiene más de adrenalínico que de cavafiano el viaje, de contagioso más que placentero; obligación de saltar perpetuamente como si con el impulso de las piernas se hubiese destupido una arteria.

Fluyen voces y andariveles, viejos rostro, cuerpos atrapados en instantes que nos obligan a cierta danza psicodélica. Volver. Preocupación perpetua de quien ha dejado la Isla y desde lejos busca trasladarse a ella con frenesí, como quien ansía la galaxia, una estrella distante, el antiguo aerolito de la felicidad. Volver para recuperar la infancia, la adolescencia, la hora del baño y la comida, el tiempo perdido o pasado al que se puede acceder tragándose esa pastilla inventada por los griegos: Nostalgia. Regreso y dolor.

Hay quien viaja además porque la Isla es destino en agencias de turismo y aparece en los libros de historia contemporánea. La Isla, lugar donde nunca se estuvo pero adonde un turista en coma aspira a vivir como jamás lo ha hecho en lo que fuera su existencia. Vacaciones desplazamiento para encarnar lo que es poco probable pueda representarse, o lo que en última instancia alguien ha creído posible con el solo hecho de poner los pies sobre tierras y dientes de perro en las encías de la Isla, que no Creta, que no Atlántida, que ninguna de esos atolones mitológicos, pero copiosa en laberinticos acertijos, maravillas inexpresables y oráculos tenebrosos. Vivir.

¿Qué es? ¿Qué fue? ¿Qué será? ¿Por qué esto y aquello? ¿Hasta dónde y hasta cuánto? Preguntas sin respuestas siempre orquestadas en el mismo punto del hotel o la casa, el edificio o el parque. Y una mesa y un banco y la computadora y el televisor y el radio por el que siempre se puede confrontar el tiempo como si fuera posible acaso: minuto a minuto, segundo a segundo el golpe calando el oído como la gota filtrada en la caverna de Platón. Vivir en la Isla. Volver a ella. Y los turistas.

Doscientas, trescientas horas de andanzas y el pomo de agua mineral y una mochila a la espalda para alcanzar el sitio donde nunca se estuvo, para hablar con quienes nunca se habrá de cruzar palabra, para gozar la existencia como en ningún tiempo antes y después. Horas y horas de peregrinación que cargan el alma de energía radiactiva, fuerza superior a cualquier otra que se haya experimentado. Y aunque escombros ante los ojos, novedades y hermosuras se verá. Y los turistas.

Barbados y lampiños, cada cual transitando su íntima ensoñación. Unos se van a las montañas y maniguas, a los bateyes fantasmales con los pies salpicados del polvo miserable que han levantado los vecinos en su ir y venir de rutina. Otros optan por la piscina y las chicas que sonríen, y el mar de azul y verde trasparente junto al carnavalesco instante de una noche caribeña con mojito. O acaso viceversa. La inesperada simbiosis que solo sucede en las islas, y en esta, a orillas del malecón y un cañonazo. Entonces el pescador obstinado sin dos dientes le da vueltas a la vara, lanza el anzuelo y la esperanza de pescar. Creo que ya había utilizado este recurso, hace tiempo. El pescador.

Pero es el tiempo lo que se malogra; en esta Isla el tiempo se traba, se detiene, se altera en absurdo que idolatran los extraviados del mundo modernizado y sin, los idealistas y románticos de allá donde la novedad apura y une con la urgencia que a la vez distancia. Fluye todo alrededor, y otra vez la adrenalina brota por las venas y estallan los sonidos chocando entre filones. Y otra vez la certeza mendaz de haber regresado y vivir. Y el turista mirando al citadino, y le sonríe; y levanta los brazos con la certeza de desafiar los males junto a él, de resistir, de forjar, de toda esa morralla de infinitivos que a nado suelen acercarse mientras alguien bebe la cerveza o estampa su firma en un papel o discursa en la tribuna. Vivir. Volver. Y una Isla. Y los turistas. Y el avión sale en media hora. El tiempo, una pasta dulce cayendo desde la vitrina, gota a gota al suelo de baldosas con figuras de formas triangulares. Antiguas islas triángulos. Islotes levitando del ayer.  



 publicado originalmente en OnCuba