sábado, octubre 15, 2016

¿La era de los poetas que cantan?



Después del Nobel de Literatura a Bob Dylan muchos esperamos que el Premio Nacional de Literatura en Cuba lo entreguen, sino este año o el que viene en algún momento, al trovador Silvio Rodríguez. Aunque… luego lo pongo en duda, en principio porque queda más que demostrado, la academia sueca se ha vuelto más "revolucionaria" que la estructura encargada de entregar dicho galardón en la isla (ministerio de cultura e instituto del libro y demás), incluso desde hace algún tiempo parece más revolucionaria y dislocada que la isla completa.


De cumplirse el supuesto, en cuanto sea difundida la noticia pocos escritores contendrán comentarios si no maliciosos por lo menos dichos con la intención de ridiculizar el nombramiento. Se sabe que el de los escritores es gremio cerrado y complicado, y tales complicaciones en Cuba alcanzan una envoltura tragicómica debido a las miserias de la realidad. Pese al auge de pequeñas editoriales locales se sigue publicando poco, entre ese “poco” la obra de creación tiene las de perder por sobre la de temática política y el libro que supera una imprenta, antes de entrar, debe haber "interesado" al instituto del libro. Superado este proceso llega la promoción, muy pobre; de modo que ni las fanfarrias avejentadas de los premios logra la avalancha de lectores en librerías, a no ser que los autores sean  Padura o el psicólogo Calviño. 


De modo que ese, el único momento en el que un escritor podría aspirar a que su nombre llene titulares y tal vez con suerte su rostro penetre el Noticiero estelar le estará negado. Su lugar usurpado por un poeta, no uno común, ni siquiera uno atormentado de esos que crean contra viento y marea en las márgenes. Luciendo la efímera corona del triunfo advertirá al trovador de éxito y recursos, mimado por el poder (no la burocracia) que, para colmo, le arrebata la exigua recompensa en metálico (que dada la triste y perpetua situación, resuelve) acólito estimado del galardón moral.  Ante eso el propio Silvio podría tener otro de sus gestos estoicos: podría renegar de la dotación en c.u.c. de por vida o acaso la donará a no sé qué causa o centro. Así y todo, seguirá siendo el trovador al que un “dudoso jurado” favorece por moda después de Bob Dylan.


Pasa eso, que los poetas con la gracia de la música le llevan una raya a los poetas y escritores que cuentan con la dificilisima exclusividad orquestal de las palabras. Y cuando reciben un premio concebido bajo la estricta etiqueta de la literatura se arma una algarada. Uno hasta se une a la oleada de apocalípticos. No es justo. Después de esto, piensa, será el final de los libros, la literatura será otra cosa, como si un premio (sea el Nobel o cualquiera) tuviera la capacidad de fulminar la lectura. Al fin y al cabo le entregaron el Príncipe de Asturias de las Letras a Leonard Cohen y después todo siguió como antes, solo que hubo doce meses donde un escritor sin coro, bajo y orquesta acompañante siguió ajeno a la posibilidad de una nueva camada de lectores esnobistas (y se perdió la suma salvadora, que el derecho de autor nunca es demasiado).   


Hay además otro problema. Si bien Silvio pertenece a una generación, y dentro de esta a un grupo, de la cual solo Eduardo Heras León ha llegado al máximo premio que se concibe en Cuba para los escritores, varios de sus compañeros fueron y son marginados de la historia nacional por una actitud rebelde que sobrepasando lo poético les llevó a disentir del proceso político al que Silvio ha permanecido fiel aunque poéticamente crítico. Ha sido rebelde, sí, pero no más que en sus canciones, sus letras, esas letras que tanto han influenciado a trovadores y escritores y que por lo tanto merecen claro un premio literario.


Recuerdo que cuando lo entrevisté hablamos de Bob Dylan, de la candidatura al Nobel, y de la posibilidad del Premio Nacional para él. La conclusión suya era dejar las cosas como estaban, los trovadores a un lado, los escritores a otro. Seguro le vinieron a la mente estos dilemas de la política en tiempos en los que él ha sido un privilegiado. Pero habrán de juntarse alguna vez poesía y música con las letras en la isla aunque duela al mundo de las letras y el papel durante doce meses, aunque los que no son favoritos del poder guereen con razón. Peor será el hipotético momento en que aterrice en La Habana con el Cervantes. Que ahora los entusiastas enceguecidos hasta lo quieren nominar al Nobel. ¿Alguien se lo imagina? ¡Ahí sí que se podría armar!