martes, noviembre 19, 2013

Un tipo de cubano


trío. cundo bermúdez

Lo que hoy podrían ser considerados males que de punta a cabo invaden la Isla tuvieron origen en determinados instantes de nuestra evolución, cuando la nación iba componiéndose a fuerza de ingenio y sudor, mezclando culturas mezcladas, mucho antes de romper con el paternalismo pedagógico que lo ataba a su Madre Patria. Antes de hacer germinar de una vez el ideario de la independencia.
Muchas son las manifestaciones que podrían definir al cubano. De ellas se ha hablado, discutido y en rapto rellollo habrá quien lanzara un sopapo al interlocutor solo porque este no concordó con su punto de vista. Actitud caribe la de aquel, propia de ciertas tribus que venían a zarandear a los pobres nietos de arahuacos y quizá, si estaban de mal genio los visitantes, hasta se los merendaran mostrando su tradición culinaria salvaje. 
Cuando ya florecían las villas, que eran presionadas hasta la asfixia por leyes comerciales impuestas allende los mares, los del patio, y mediante las estructuras locales que iban creando, se buscaron una manera lógica de agilizar el comercio para incrementar la economía nacional. El contrabando se volvió endémico y recurrente al punto de quedar estampado en nuestra primera obra literaria, poema por lo demás cuestionado hasta la saciedad debido entre otros asuntos a su evaporación y descubrimiento unos doscientos años después por un joven de origen catalán con nombre de revolucionario cristiano del futuro.
El negro fingía trabajar y no trabajaba. Él amo emulaba en riqueza con los amos de la metrópoli. Todo el mundo estaba preso en un pedazo de tierra. Los oprimidos y los opresores iban tejiendo su redil de creencias de manera paralela hasta que nadie sabe por qué ambas se fueron mezclando. Un día tuvimos vírgenes y santos con doble sentido que señoreaban los caminos y las aguas y sanaban a los enfermos. Y nacieron leyendas en la manigua y en la urbanidad y cuando vinimos a darnos cuenta ser cubano era creer en todo y no creer en nada, era licuar las cosas con un chiste por muy seria que fueran la situación, por muy solemne que pareciera el acto, por muy funesta la noticia, y hasta un poeta se murió de tanto reír allá por el Prado habanero.
Tan festivo se volvía el cubano que en las guerras metió mano a métodos empleados por civilizaciones menos divertidas, y cuando la hora fue tensa y el asunto parecía más de temblar que de sonar la corneta, el de la corneta la sonaba, y el de la guitarra agarraba la suya para rasgarles las cuerdas, y el otro enganchaba el tambor, y aquel las maracas y el enemigo debía taparse las orejas porque de lo contrario se habría pegado un tiro en la cabeza porque los cubanos, al fin  y al cabo, estaban locos y pareciera que lo resolvían todo con una rumba. Y hasta la Reyna Isabel debió bailar con su melodía, que también era chachachá.
Cuando la plagiadora Condesa de Merlín llegó a La Habana a mediados del siglo XIX se encontró una escena parecida a la que cien años después habrían de ver los ojos del escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias, incorporado a una de esas tantas comitivas de escritores y artistas extranjeros que se movían de un lado al otro para atestiguar lo que había pasado en Cuba con la revolución triunfante. Pueblo tras pueblo se encontraba este lo que había visto aquella: gente en los balcones, llenando las aceras donde en sus sillones mitigaban el calor que a las casas asolaba en agosto, receptores de radio a toda voz y fiestas y pregoneros en las calles y vecinos que se daban voces de una esquina a la otra. Y Asturias, que solo creía en las leyendas de Guatemala, sudoroso y alegre debió decir: ¡Qué gente tan comunicativa son estos cubanos!
La frase culminante para calificar a quienes han nacido en este punto de la geografía es la del dominicano Máximo Gómez, quien en pocas palabras pudo resumir una actitud  casi de condición genética al afirmar que los de estas tierras “cuando no llegan se pasan”. Ha sido quizá la máxima más efectiva de cuantas tras una atenta observación se nos hayan dedicado. Tiene que ver con esa tendencia a extremarnos en lo que hacemos, como si en la vida solo existieran el “todo” o el “nada”, como si un alma solo pudiera estar “aquí” o “allá” y careciera del derecho de estacionarse en el centro, o conectarse con las dos partes y un día ser feliz y al siguiente infeliz y alabar y maldecir su circunstancia sin que tales palabras suenen a blasfemia en la cabeza de algún verdugo.  
Esa capacidad de extremarnos en cualquier decisión vuelve a despertar en tiempos donde la polémica y la participación de la opinión pública siguen siendo esenciales para frenar al que se excede o para empujar a que se atrasa. Sin embargo el intercambio de ideas sucede en terreno que no se puede palpar, en tierras intangibles para la mayoría de los cubanos, a quienes internet sigue pareciéndoles un sitio apartado de su realidad inmediata.
Quienes hemos llegado a cobrar algún tipo de identidad en la red a través de, por ejemplo, las redes sociales, vivimos una extraña circunstancia jamás experimentada por otros, pues mundos paralelos parecen condenarnos a la doble existencia. Se es uno en ese sitio intangible y otro en la vida diaria, formamos grupo para cualquier cosa allá y andamos sueltos y pie por aquí, la ciudad donde no hay “me gusta” que pinchar, ni fotos que compartir, ni murales públicos donde escribir los que nos interesa que otros lean. Ni siquiera hay foros donde la gente se diga las verdades a la cara sin llegar a extremos que no sean los de las palabras.
Alguien profetiza una época donde las aguas tomarán su nivel, es decir: donde la sociedad irá a son de paz y no de guerra, donde cada cual tendrá oportunidades nunca sesgadas por una idea nacional a la vez sesgada por otra idea extranjera. Será tiempo donde la opinión no sea de elites, o al menos las elites se diversifiquen de manera que sea diversa la opinión.
Pero detrás de tan considerado propósito subyace una lucha de intereses en la cual emergen rancios atavismos culturales y queda al descubierto lo más anticuado de nosotros, una voluntad que se niega a sí misma y que surge del pensamiento más vetusto y mesurado de nuestra estirpe. Se trata de una clase de cubano que con su temperamento no hace más que incrementar lo que también hemos llamado pacatería. A esta estirpe pertenecen los hombres que insinuando pasos adelante suelen marchar marchan atrás, y se refugian en Martí sin conocerlo, y agitan banderas de las que poco saben, y suelen tener ideas en la que poco creen.
Mirando bien a estos compatriotas llega uno a preocuparse. No tanto por su paso de cangrejo o su lógica del absurdo, sino porque no parecieran hombres de estos tiempos, sino de aquellos, cuando viajeras tribus comilonas nos hacían las visitas. Son hombres a los que hay que contralar con la opinión adecuada, hay que educarles y enseñarles y hacerles entender que aunque pertenezca a una variedad de esta geografía, hay otras muchas maneras de ser cubano. Ellos son solo una, y después, en otros tiempos, quizá no tengan poder para decidir nada.