lunes, diciembre 12, 2011

En Holguín se grita: ¡“Ponla buena otra vez” Carlos Acosta!


Lo mejor de Carlos Acosta, además de la precisión con la cual ejecuta los movimientos, es la sencillez que le impregna a la danza. Con él, el baile adquiere la condición de ejercicio cotidiano. Es una manera natural de desplazamiento, acaso porque resume a esa clase de artistas que toman su vocación sin ningún tipo de poses, sin creerse que se es superior a nadie.

El hecho se puede comprobar cuando baila, pero también cuando se queda quieto en el centro del escenario, duchado por la luz que deja ver a un mulato de 38 años, cuyo comportamiento podría ser el mismo que pueda identificarle a pasar por una acera. Quizás un día se le vea saltando mientras se va a tomar una guagua, o visita a un amigo, o llega a la sede del Ballet Nacional. Saltando o contorsionando su cuerpo al compás de la música que decida para la ocasión.

Tanta sencillez parece haber detrás de este peculiar ejemplo de la escuela cubana del ballet que el espectáculo con el cual se ha presentado en la ciudad de Holguín lo demuestra. Sucedió hace unas horas. Sobre las nueve del domingo. El Teatro Eddy Suñol estaba lleno. Se había llenado para ver al Premio Nacional de la Danza 2011. Se encendieron las luces y quedamos frente a una silla. Luego llegó él. Y todo comenzó como comienza una jornada de entrenamiento: bolsos, ropas, zapatos, sudor.

Seis coreografías fueron suficientes para arrancarle largos aplausos al público y para hacer que la Dirección de Cultura le otorgara la Condición de Hijo Ilustre. Música en vivo, gracias a la violonchelista Amparo del Riego, y grabada (Andy Cowton, Murcof, Jacques Brel). Jacques Brel le avivó el temperamento al bailarín, el genio y la maestría. Les bourgeois, se titula la obra. Era tan explosiva la unión de danza y melodía que alguien tuvo que gritar: “Ponla buena otra vez, Carlos Acosta.”

Parecería una frase ordinaria, vulgar, pero a esas alturas de la presentación qué mejor halago. “Ponerla buena” significa hacerlo bien, muy bien, tan bien como sea uno capaz de hacerlo. Y Carlos Acosta acaba de demostrar que no por gusto había conquistado el Premio Nacional de la Danza. No por gusto. No lo había merecido por haber sido alumno de Ramona de Sáa, no por haber brillado en Londres y New York, no por provenir de una familia humilde. O por eso también. Lo cierto es que “la había puesto buena” y el público lograba comprenderlo.

Se trataba de la última presentación del bailarín en esta Gira Nacional que le ha permitido llevar su manera de bailar a varias ciudades. Lo dijo en la televisión: “Lo hago ahora antes de que no pueda hacerlo.” Otra muestra de humildad: uno no es eterno. Llagará el fin, algún día. Pero, ahora, en plena forma, Acosta baila. Bailó. Solo y acompañado de Laura Ríos. Con música grabada y en vivo. Retorcía a veces sus músculos como si no fuera un hombre, sino un animal. Y la  gente trataba de cazarlo con lo que tuviera a su alcance.