viernes, noviembre 15, 2013

NG La Banda: Timba que estremece el Japón




“A mí me gustan las películas del Kung fú. También me gustan las películas de trompones. Los chinos dando brinco por to la casa”, dice El tosco a la entrada de la canción El baile Chino, grabada allá por los lejanos noventa, cuando NG La Banda era joven y se adentraba en una etapa decisiva de la mano de Ryū Murakami, escritor de éxito y hasta nuestros días promotor cultural de la música cubana en las tierras del sol naciente.

Murakami en 1992 había escrito obras como Azul casi transparente (1976), bestseller que lo catapultó a la fama para convertirlo, junto a Haruki, en uno de los dos Murakami más famosos de la literatura nipona. El caso es que se hallaba de visita en La Habana cuando, según me contaba José Luis Cortés: descubrió a NG La Banda durante un concierto frente a La Catedral, en el núcleo de La Habana Vieja. “Ahora Eusebio no quiere música popular en la Catedral”, apuntaba el flautista una tarde, mientras daba órdenes a los nuevos integrantes de su orquesta, que vocalizaban y hacían sonar los instrumentos y era tanto el entusiasmo que debió soltarme un: ¡Oye como los tengo!

Pero los músicos de hoy, por los tiempos o por la nostalgia o porque es idea mía, no sacan sonidos como los que lograban aquellos famosos “metales del terror”, como decía el sempiterno Tony Calá, de los primeros en la agrupación que en sus orígenes hace 25 años también integraban Elpidio Chapotín, Germán Velasco, Feliciano Arango, Peruchín, Giraldo Piloto, Isaac Delgado, entre otros. Pese a mi criterio, El tosco asegura tener el grupo como nunca. “He logrado bajar el promedio de edad a 29 años. Casi todos son graduados de música.” 

Mejor, peor o igual lo cierto es que NG La Banda revolucionó la música bailable desde su creación y suscitó polémicas considerables con críticos que parecían no comprender la esencia de sus canciones y la novedad de su propuesta. Algunos puritanos reprochaban desde los periódicos la esencia de sus letras, provocando el temperamento salvaje del tosco, que será muy delicado con la flauta pero con el verbo y la armonía es demencial y descomedido. Fue la sonoridad, junto a los temas escogidos para sus historias narradas en el lenguaje más callejero posible, que las canciones de NG provocaron aspaviento en los noventa, etapa en que coordinaban los detalles para una estancia en Tokio dividida en periodos entre 1992 y 1997. 

Luego de haber grabado discos como NG la banda en la calle, larga duración producido por la EGREM y donde se incluían los exitosos: Necesito una amiga o La protesta de los chivos, les llegó un periodo coronado por mayor experimentación. Con la influencia nipona en la sangre de los instrumentistas y en la cabeza de José Luis Cortés fundamentalmente, la agrupación se adentraba por senderos donde la influencia del jazz y la vuelta a ritmos tradicionales sellaban un estilo que nada tuvo que envidiarle al de las orquestas del ayer, muchas veces exageradamente infladas por la nostalgia. Entonces, y gracias al escritor Ryū Murakami, cuyo agradecimiento quedó explícito en unas de sus canciones memorables, Murakami`s Mambo, consiguieron el reconocimiento asiático, cuando la música bailable tomaba auge y ponía sobre el tapete polémicas entorno a térmicos como “salsa”, “son” y “timba”. 

El mambo de Murakami, ya un clásico de su repertorio, llegaba junto a otros como el ya mencionado baile chino o Échale limón, sonoridad cubana robustecida en la gira asiática, que logró despertar el interés de miles de admiradores, algunos de ellos profesionales de la música y promotores de los ritmos caribeños como la entonces notoria Orquesta de La Luz.

Veinte años después NG La Banda regresa al Japón. Se habla de conciertos multitudinarios donde los asiáticos bailan temas clásicos del repertorio compuesto en mayoría por José Luis Cortés, un hombre a quien, dice, le cuesta más escribir un tema popular exitoso que ejecutar uno de esos clásicos de la llamada música culta. Se trata del líder de una de las mejores orquestas de la música cubana de todos los tiempos, un negro que asegura ser “de barrio”, ese lugar donde mejor se fraguan las historias que cuentan sus canciones y las palabras con las que estas son contadas.