viernes, noviembre 25, 2011

Hablando sobre el Premio Nacional de Literatura


Uno de mis textos no publicados versa sobre los Premios Nacionales de Literatura. Lo he propuesto a no pocas revistas, pero aún no se publica. Mientras llega su momento, quisiera compartir varias ideas con ustedes. Advierto que mis criterios no son solo míos, porque pertenecen a mucha gente, como a Leonardo Acosta, quien fuera ya Premio Nacional. En su momento advirtió esta preocupación.

Hace tiempo los Premios Nacionales de Literatura debían ser entregados a escritores más jóvenes, si acaso mereciera semejante distinción algunos de ellos. No digo a los de veinte o treinta. Ni siquiera a los de cuarenta, vaya. Y aquí viene mi primera inquietud: ¿Cuándo se merece un Premio Nacional?

Después de pensarlo un tiempo, me contestó con más interrogantes: ¿Cuando se tiene un pie en el hospital y otro en el cementerio?, ¿cuando apenas queda algo que decir?, ¿cuando el intelectual más que orgullo inspira al jurado lástima por la edad, la salud, lo olvidado que ha estado, lo vapuleado que fue en una época, etc, etc…?

Cierto es que los Premios Nacionales de Literatura intentan, como todo lauro de su tipo, rendir tributo a una vida dedicada a escribir. La idea parece ser la de agradecerles a los escritores en su último minuto lo que debió habérsele agradecido en su momento de mayor fecundidad. O, quizás, se le agradece por lo que nunca se debió agradecer. Para premiar una vida dedicada a la Literatura habría que preguntarse qué huella se dejó, qué aportes hizo, cuál ha sido su lugar en ese parnaso cada vez más poblado.

¿Acaso un hombre de cincuenta o cuarenta años no ha hecho ya su obra de toda una vida? Muchos casos me hacen pensar que sí la han hecho. Hasta ciertas estadísticas dejan claro que la edad de mayor productividad entre los actuales premiados ha sido entre los cuarenta y los cincuenta. Entonces, ¿por qué esperar a los setenta para hacerles merecer el galardón?

Entre nosotros pasa también un hecho peculiar. Los paradigmas que se imponen son los de aquella generación hoy integrante de la tercera edad. Eso es bueno y malo. Me inclino por creerlo malo, pues la tendencia es a priorizar a una generación que ya lo tiene casi todo dicho. Sus aportes han sido ya agradecidos. ¡Cuánto bien no haría a nuestras letras el ejemplo del jurado que distinguió a Carlos Acosta como Premio Nacional de La Danza o a René Francisco como Premio Nacional de Artes Plásticas!

Semejante osadía no ha sucedido en la Literatura sin embargo. Quizás no se encuentren suficientes buenos escritores entre las generaciones jóvenes. Quizás. Pero, ahora no puedo menos que pensar en alguien como Leonardo Padura, por ejemplo. Padura termina este año con más elogios y premios para su carrera, una carrera que ya hace algún tiempo ejerce influencia en las nuevas hordas de escritores cubanos. ¿Y el Premio Nacional? ¿A quién le tocará esta vez? ¿A Nersys Felipe, a Delfín Prats, a María Elena Llana, a Eduardo Heras León ? Está bien que les llegue el turno. Ojalá le tocara a uno de ellos. Pero, ¿y Padura?

Siento orgullo por algunos de quienes han merecido semejante galardón. Algunos lo recibieron a tiempo. Otros no. Ya es sabido los que se fueron sin que ganaran un premio semejante. Quienes entregan del Premio Nacional de Literatura deberán plantearse nuevas perspectivas. Se deberá evolucionar. Además de servir como un distingo para un artista podría funcionar el galardón como un pinchazo a la producción literaria del momento.

¡Que el Premio Nacional más que objeto de museo o medalla sea arma de batalla es lo que quiero!