domingo, octubre 13, 2013

Literatura que espera, frenética y fumando



joyce caroll, foto de internet, modificada

Esperando sin esperar nada pudo haber estado Joyce Caroll Oates en su amplia vivienda rodeada por flores lilas y arboles inmensos que atisba desde la ventana mientras inventa historias en su laptop. De existir el término diría que es una “mujer de letras”, escribió Updike cuando Capote ya la había llamado “monstruo al que debería decapitarse en un auditorio público.” ¿Por qué semejantes cumplidos? Coincido con el argentino Rodrigo Fresán, se corresponden con la extraordinaria productividad de la escritora, quien saca libros al ritmo de una máquina para producir cigarrillos.
Puro fuego es la única novela de Joyce Caroll Oates que he podido leer. En ella descubrí una prosa vertiginosa de imágenes abundantes en la cual se ratifica la esencia de una literatura desde hace bastante tiempo sospechosa para la Academia Sueca, la originada en los Estados Unidos. De hecho, este año también esperaba sin esperar nada el octogenario Philip Roth, tantas veces nominado, tantas veces nervioso porque es mentira que una persona propuesta para el Nobel se mantenga imperturbable en los primeros días de octubre, es mentira que no espere el premio, que no sienta un cosquilleo en el estómago cuando amanece jueves y un racimo de especialistas se dispone a elegir el nombre que representa una manera de decir y pensar, un mundo formado a través de palabras y atmosferas y sentimientos y dudas. Es mentira tanta indiferencia cuando se encuentra uno entre los posibles ganadores y su nombre, incluso sin quererlo, personifica a una cultura.
La elección de cada premio Nobel supone también el reconocimiento a la cultura en la cual se inserta la obra del escritor. Viéndolo de este modo considero algo menos que penoso que países tan potentes como Argentina y Brasil jamás hayan engrosado la lista de los galardonados, como si la expresión literaria de sus pueblos careciera de importancia, o como si de ellas nada nuevo en el orden estrictamente literario llegara a conmover a la academia.
Desconozco todo acerca de las casas de apuestas, incluido quienes se hallan detrás de las más renombradas según dicen los sitios web. Lo único beneficioso que les veo es su efectividad para promover la lectura, pues aunque los autores pronosticados no sean los ganadores al fin, la sola mención de sus nombres y obras los llevan durante semanas a ocupar páginas de periódicos, además de despertar el interés de los lectores que por mera curiosidad, ansias de conocimiento o esnobismo visitan la librería más cercana solo para descubrirles. Algunas casa de apuestas volvieron a dar como favorito este año a Haruki Murakami, el escritor japonés que recién ha sacado un libro sobre el terremoto que sacudió a Japón en el 2010. Japón como cultura no puede quejarse, pues dos escritores suyos han merecido el galardón, aunque la cifra pareciera insignificante tomando como referencia su tradición.  
En el caso de Murakami puedo decir que al menos es de esos escritores que se granjean enemigos sin más motivos que haber titulado un libro de la manera en que lo hace. Lo llaman “light”, “invención de editoriales japonesas”, “escritor de la nada y sin sentido”, “basura millonaria”. Pero Murakami es tan merecedor del Nobel como lo fue James Joyce y nada puede convencerme de lo contrario. Incluso cuando el paso del tiempo desvanezca el interés hacia su literatura, machucándola como machuca la yerba una burda aplanadora. Terminada la fiebre Murakami, quizá cien, doscientos, mil años adelante si aún existe vida sobre la tierra una nueva fiebre podría revivir en interés de los lectores, como podrían hacer renacer la obra de decenas de escritores que gozan hoy de menos publicidad, que despiertan menos inquietudes pese a ocupar un decoroso lugar en el mundo de las letras.
Murakami ostenta de un público lector creciente. Miles de adolescentes y jóvenes siguen sus libros, discuten sus historias y viven con sus personajes como no es frecuente le suceda a los personajes producidos por la imaginación de muchos de esos narradores que creemos perfectos o idóneos, personajes en la mayor soledad hoy, en el mayor abandono, en la zozobra también padecida por literatos que como el japonés cada jueves de octubre cuando un grupo de académicos avanzan hasta el sitio donde se elegirá el escritor más famoso del mundo por unas horas, por unos días, quizás por unos meses, trepidan de nerviosismo.
Hay toda clase de criterios referentes a nominados al Nobel de literatura y entre quienes los generan hay decenas de escritores que jamás llegarán siquiera a merecer una distinción parecida, que aunque también depende del capricho de un reducido grupo de académicos, que aun sujeta a su capacidad para desentrañar los intersticios con los que se ha armado la obra, es un premio de relevancia. Si para algunos no sirve para nada para otros tiene el valor de despertar el interés en las grandes masas de lectores por la literatura.
Pero, ¿qué es la literatura sino la expresión estética de un individuo ante su entorno y su vida? En verdad algunas veces pareciera solo la consecuencia del entramado inmisericorde de las sociedades que solo por su desarrollo encumbran escritores, y estos, gracias a la complejidad social-urbanística-política llegan a construir historias verdaderamente atractivas para el público, cada vez más viciado por los audiovisuales. El cine y la televisión moderna ponen de moda la prontitud y el artilugio como  recurso para atrapar a quien andan de paso o no quiere pensar demasiado en la vida que sufre o vive a toda velocidad para no padecerla. En medio de semejante aluvión de imágenes, ¿qué le queda a la literatura contemporánea?
La escritura de un autor como Roberto Bolaño puede darnos algunas respuestas. Si no hubiera muerto, tal vez su nombre sonara entre los candidatos al Nobel y, de merecerlo, Chile se habría convertido en el único país latinoamericano en colocar a tres de sus autores en las listas del galardón. Y sería un golpe de suerte, si a fin de cuentas el Nobel de literatura padece de eurocentrismo, las naciones con mayor número de autores premiados son las potencias europeas, con la  excepción de Estados Unidos y la extinguida Unión Soviética, cuyo papel como potencia en constante lucha ideológica visibilizó a escritores que habrían pasado desapercibidos para la academia en otro contexto. 
Este año se supo que la medalla tallada con la cabeza de Alfredo Nobel no fue para poeta o narrador alguno de habla hispana, donde la cosa parece estar de mal en peor, al menos carecimos de un nombre sonante entre los favoritos de las casas de apuestas. Tampoco fue asiático, y era sabido, y debe haberlo sospechado Murakami, quien tal vez amaneció al fin sin ansiedades en octubre. Y tampoco fue norteamericano, lo cual debe haber provocado que Philip Roth frunciera sus gordas cejas y soltara un escupitajo a la tierra, o que Joyce Caroll Oates abandonara su casa rumbo al jardín con su paso de insecto inestable, mientras en algún lugar de la Unión Thomas Pynchon, Cormac McCarthy y Paul Auster se tomaban un traguito sin sospechar que elegirían a una canadiense.
Canadá es otra de las grandes naciones que no habían merecido los favores del jurado y algunos consideran que dicha ausencia se debe a la inmadurez de su literatura, pues la literatura también puede ser como el vino y el país que lo produce una cava inmensa donde se pueda elegir. Puede ser como el vino y como el pan y eso me hace pensar en nuestro entorno, pues no logro imaginar cómo sería la nuestra en caso de ser una panadería, y lo único cierto en esto es que hace mucho tiempo que no se habla de cubanos para el Nobel y algunas casas de apuestas locales aseguran que no se hablara por ahora, ni siquiera cuando ciertos autores han logrado cierto reconocimiento y visibilidad por medio de las editoriales más prestigiosas y los más prestigiosos periódicos. Pero, hablaba de la literatura hecha en Canadá, donde la gente reaccionó como reaccionan los canadienses (no sé cómo reaccionan, pero, bueno…) cuando tuvieron la noticia de que una mujer llamada Alice Munro era la nueva Nobel, y que Munro recibía la etiqueta de “maestra de relatos cortos”. Se trata de una dama cuya literatura, dicen sus lectores, se nutre de lo cotidiano, de la gente que habita el lugar donde ha vivido, Ontario. 
Aun no he leído a Munro y me pasa como con Mo Yan, pues al escuchar su nombre el pasado año solo pude decir: “Que bueno, un chino”. Y por más que hiciera lo posible sigo sin acercarme a un libro suyo, por el cual espero pacientemente, como espero por el de Munro, y como esperan los autores que cada año siguen sonando para el Nobel. Con ellos esperan las culturas, donde miles de lectores sobreviven a una era poco favorable para los libros y la literatura.