sábado, julio 16, 2011

Choferes de guagua cubanos: ¿Se oye?

Me tocó viajar con unos choferes de guagua que, en silencio, amaban la Comunicación. Pertenecen a la empresa ASTRO y dieron la impresión de ser dos hombres correctos, circunspectos y formales, que trabajan en el mismo ómnibus y cubren la misma ruta. Por algún problema de planificación habían tenido que trabajar doble turno (Por algo somos militantes, dijo uno).

El primer indicio de su apego por la Comunicación lo explicitaron al abandonar la ciudad. Aún podía olerse a nuestras espaldas el tipo de aromas (nicotina…aunque depende del lugar. El del baño de Cascorro es indescriptible, por ejemplo.) que envuelve toda terminal, cuando quien iba de copiloto, en el primer tramo agarró un micrófono conectado a la reproductora de casettes e hizo casi como un DJ profesional: tocó al aparato dos veces, sopló puffffff pufffff, y preguntó: ¿Se oye?
Como se oía, el hombre, con camisa de mangas largas y corbata impecable (“Esta es una empresa nacional”, solía decirle al otro), engoló su voz para enredarse en un discurso mediante el cual ofrecía la bienvenida y ponía las leyes del viaje dentro del vehículo: cero cigarros, cero restos de comida, cero desórdenes.
Los pasajeros nos comportamos bien, excepto dos o tres que dejaron caer dulces al suelo y reían a carcajadas como si viesen un  espectáculo televisivo en aquel ómnibus sin televisor. Ellos, por su parte, agarraban el micrófono cada vez que entrábamos a un nuevo pueblo para, con la misma formalidad de antes, advertir que habíamos llegado a tal lugar y que allí haríamos una parada de tantos minutos. Tampoco se excedieron con la música.
Me espanto cada vez que debo viajar, pues las reproductoras de las guaguas son como una caja de pandora de la cual pueden brotar demonios terribles. Bueno, ya lo dice la palabra: pueden brotar demonios. Tanto que, el otro día, me monté en una local y el chofer nos tenía preparada una sorpresa tremenda: una radionovela. No recuerdo cuál era la emisora, pero la radionovela era igual a todas, medio dulzona, llorosa al punto de que una vieja cerca de mí casi hacía pucheros cuando uno de los personajes le contó a otro una terrible historia en la cual estaba metido. Alguien se quejó: “Si todavía pusiera reguetón”.
Pero el dúo de pilotos de aquella guagua de ASTRO no era así de extraños, y se conformaban con baladas conocidas y salsas románticas. Y eran serviciales, y condescendientes, especialmente con los hombres, pues era Día de los padres. “¿Qué día para trabajal, eh?”, le diría el negro.
En un momento del camino lo recogieron.  Era custodio y debía trasladarse kilómetros para llegar a su trabajo. También se descubrió comunicativo, pues en un segundo contó su vida, la de sus hijos (“Tengo dos muchachos y namá que están pa las jebitas. ¡Y cómo comen!”) y la de su barrio, que, al decir suyo, está en candela: es decir: pasan allí cosas tremendas.
Lo primero que hizo fue preguntarle a los choferes si querían café “Calientico”, dijo: “Casi es de ahora mismo”. Y sacó de una jaba un pomito con el cual llenó un pequeño recipiente. Y fue de la mano del piloto a la del copiloto.
 Y, como llegábamos al destino, el copiloto, con el café ante su nariz, tomó el micrófono. Y se disponía a decir más o menos lo que había dicho en todo el viaje, cuando el negro, que también es bicitaxi en su tiempo libre (pogque… ¡ hay que vivir!!), hizo una pregunta que me pareció ejemplo  del cubaneo. Miró al hombre, y habló: ¿Qué?, ¿va a cantal?
El copiloto nunca cantó, sino que lo miró serio (después sonriente, cuando lo vio descender, condescendiente) con la misma circunspección del principio. Casi habíamos llegado al destino, y él, sin dejarse abochornar, nos lo comunicó.