martes, marzo 31, 2015

La prepotencia como valor



Un breve vistazo alrededor permite reparar en lo que digo. El viejo almendrón, ese artefacto museable de los cincuenta seguida de una cola negra, se desliza por la calle a una velocidad no menor a la de la guagua que casi impacta al joven generoso. Asistía a un anciano que no puede caminar de prisa. El perro ladra rabioso cuando los ve apresurarse hasta la acera y una señora grita lo de la bodega bajo el sol despiadado. Allá arreglan la vía y el percutir del martillo es demencial. 


Un hombre mira casi con repugnancia a sitio indefinido aunque debiera estar atento a quien solicita de su atención. Estamos en un café y dos manos levantadas no son suficientes para que se acerque alguien y tome así nuestro pedido. Es un establecimiento estatal, lo cual quiere decir que esta clase de actitud desganada y apática debiera lamentablemente esperarse en cualquiera. ¡Pero es un establecimiento que cobra los servicios en pesos cubanos convertibles!, pienso: al menos deberían tratarte con afecto.


Sin embargo, poco hace que en los establecimientos públicos te traten con afecto. Digamos que ocurre todo lo contrario. Una especie de furia, un inevitable estado de prepotencia y despotismo parece apoderarse de todos, especialmente de la ciudad, que a veces se torna dura y hostil como si estuviera en guerra con nosotros, los transeúntes, los ciudadanos, los que la miramos con cierta sensibilidad. La Habana en cambio no cree en sensiblería, inocula gérmenes de violencia, como si sabiéndose la selva espesa fuera su manera de hacer sobrevivir a quienes viven en ella.


La violencia es aceptada, y hasta promovida por los medios de difusión. Era prepotencia, soberbia ramplona y arrogancia inútil lo que interpreté en un video clip (de Pablo Massip) que en el mejor horario pasaba la televisión. Acompaña la canción de un músico, dicen de talento –y lo creo al menos cuando sopla la trompeta, y por el ritmo de la canción-, llamado Alexander Abreu que además canta con Habana de Primera. “Me dicen Cuba” se llama la canción, y sería mejor si fuera: “Me dicen La Habana”, pues eso es lo que me pareció descubrir mientras cantaba él: la vulgaridad del peor costado habanero magnificada por la pantalla cuando el trompetista cantaba.


Lo hace apoyándose en gesticulaciones propias del que desafía a otro en plena calle, y en lo que en principio pareciera una defensa de la cubanidad emergen pronto elementos de esa ligera manera de pensarnos habitantes de una Isla a veces de tan joven inmadura. El tipo entona: “Por eso te canto ahora mi canción, para que sepas el por qué a mí me dicen Cuba”. Y salta el coro: “Para saber de verdad lo que es sentirse cubano tienes que haber nacido en Cuba, tienes que haber vivido en Cuba”, frase cierta que remata sin embargo Abreu con retahíla de palabras dogmáticas o caricaturescas. 


Según su punto de vista hay que ponerse guayabera, sombrero de guano y haberse leído a Martí y a Guillén (la prosa) para sentirse natural del país, y por si fuera poco, gesticulando más todavía, tal cual en una bronca, nos grita: “Un cubano de verdad da la vida por su tierra, vive de frente y derecho preparado pa el combate y a su bandera se aferra”, y a poco se pone a manotear y a decir porqué hay que ser cubano y luego, para remate, sopla la trompeta por la que sale un fragmento del himno nacional que me recuerda a la diana mambisa y ya tengo miedo de que el cantante salga por la pantalla y me desguace a machetazo si no cumplo sus exigencias.


Y lo peor es que en la calle hay gente dispuesta a desguazarte si no cumples, o igual, sin quererlo te desguazan, porque una violencia inminente se apodera de la ciudad, un espíritu de canibalismo tropical hace que el de al lado se lance sobre ti y sonriente te arranque un trozo que se zampará con gusto, a plena luz del día, delante de todos que, expectantes y ansiosos, te miran desangrar.