viernes, agosto 29, 2014

Un antropólogo chino del futuro presentado por un filósofo argentino del presente




néstor garcía canclini, foto: kaloian santos cabrera
En los alrededores de la Biblioteca Nacional, en uno de los jardines donde se disfrutan las catorce piezas del diseñador bonaerense Pablo Bernasconi y en las cuales el rostro de escritores hechos a base de objetos combina con alguna de sus frases – me detengo en Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor” – estaba Julio Cortázar con una rosa en un brazo. Es una estatua a tamaño natural y había sido develada veinticuatro horas antes, es decir, justo el día en que el mundo festejaba su centenario. La Biblioteca realizaba tres días de debates sobre la vida y obra del autor de la mítica Rayuela, concentrando amigos, estudiosos y seguidores de quien era alto, delgado y de manos como arañas.

El edificio donde por primera vez se le hacía homenaje a este grande argentino es una torre de concreto con forma de tornillo inmenso al cual aprietan los altos y elegantes edificios del barrio de Recoleta. Fue inaugurado el 10 de abril de 1992 por el gobierno de Menem en el terreno donde tuvieran residencia Juan Domingo Perón y su esposa Evita, a quienes se les puede ver, al menos en réplica a tamaño natural, sentados en uno de los bancos que llenan las áreas verdes. Hay jardines hermosos donde al mediodía del 27 de agosto, por el intenso frío y el amable sol, los muchachos se tumbaban en el césped a calentar sus cuerpos dándole sorbos al mate y charlando a saber vaya usted de qué. Yo miraba un cartel inmenso escrito con la frase “Año Cortázar. 2014” cuando desde la cafetería próxima, ambientada con música de Joaquín Sabina, salió vestido de negro como un inspector privado el hombre del cual había estado investigando yo por si acaso se daba la oportunidad de una entrevista. Avanzaba con pasos cortos y rostro adusto de vuelta a la puerta por la cual casi una hora antes lo había visto salir.

Además de leer su biografía, la verdad, solo había tenido que hacer un poco de memoria, pues el nombre de aquel señor fue repetido infinidad de veces con persistencia durante mi estancia en la universidad y todos los alumnos aún lo estudian allí, creándoles a algunos traumas de por vida. Se trata de un notable teórico en estudios culturales. Pero, aquella tarde -eran casi las tres y media- el teórico, disfrutando de un apacible anonimato porque se movía aparentemente sin que le importara a nadie, tomaba una vereda de cemento que conducía directamente a la puerta principal de la institución de la cual lo había visto salir acompañado de la escritora y editora general de la Revista Ñ, Matilde Sánchez. Si entonces no los abordé a los dos es porque Sánchez, una mujer de rostro tierno y boca sensual, lo había estado mirando desde el escenario cuando le tocaba a ella el panel con cierta impaciencia. Lo advertí yo porque el teórico se había sentado en la fila siguiente a la mía en lo que era la sesión matutina de aquella jornada de homenajes cortazareanos. Como supuse algo importante tendrían que hablar la escritora no quise ser imprudente y los había dejado ir.

Luego de beberme un café y mientras aguardaba por el sujeto de mi interés quise hacer tiempo en el Museo del Libro y de la Lengua, colindante a la Biblioteca. Anunciaban allí la exposición interactiva “Rayuela, una muestra para armar” que resultó en extremo interesante, pues se recorre siguiendo un tablero al estilo de la novela. Había fotos y manuscritos y ediciones príncipes de muchos libros, a través de las cuales constaté que las editoriales antes se preocupaban más por las ilustración y composición general de los libros, haciéndolos parecer verdaderas obras de arte, como es el caso de Sudamericana. También encontré conservados en urnas ejemplares de José Hernández y de Manuel Puig, y di con fotos y reseñas de coterráneos como Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante. 
De vuelta, y frente al cartel con la frase “Año Cortázar. 2014” -ya esto lo había contado - vi por segunda vez al teórico vestido de negro como inspector privado rumbo al interior del centro. Había nacido en La Plata, ciudad capital de la provincia de Buenos Aires y era doctor en Filosofía. Radicaba en México, país a donde había emigrado en 1976, cuando los acontecimientos en la Argentina se tornaron en extremo invivibles por la llegada de la que había sido la dictadura más sangrienta de la historia nacional. Era mi momento y lo seguí a distancia. En definitiva íbamos para el mismo lugar. Pero, suponiendo que quizá no tendría otra oportunidad de pedirle unos minutos para dialogar conmigo sobre cultura, ya en el primer piso, cuando estaba él a punto de dejarse llevar por la puerta cuadrada que conduce al teatro, lo abordé. Le dije que era periodista cubano y que quería hacerle preguntas sobre Cuba. 
-Una pregunta, advirtió seco: Pero después de la conferencia.
 Y, no sé por qué motivos, diciendo esto, frenó su paso para hacerme otra interrogante: -¿Para dónde la quieres?
Entonces se me ocurrió soltarle la nefasta verdad.
-Para mi blog.
Y él, repitiendo las palabras “Cuba” -país al cual ha visitado cuatro veces- y “blog” -desconozco cómo los cataloga-, me dijo resuelto un: “No, mejor no”.
Entonces vi como el famoso teórico de negro y autor del libro Las culturas populares en el capitalismo, publicado por Casa de las Américas en 1982, se iba y yo frustrado lo veía alejarse y tomar un pasillo y casi sin saludar subía hasta el escenario para acomodarse detrás de una mesa donde sería el tercero en disertar con voz pausada y bebiendo agua de una copa.

Ignoro qué pasaría por su cabeza filosófica cuando escuchó las palabras “blog” y “Cuba” enganchadas como un tren de carga, pero lo cierto es que mi estrategia fue más que fallida. Si al menos le hubiera hecho la única pregunta que al parecer en principio estuvo dispuesto a responder habría sido suficiente, pues como casi todos los que hablaron de Cortázar en la Biblioteca aquella jornada también él se refirió a la Isla caribeña. Antes lo habían hecho el mexicano Gonzalo Celorio y el argentino Mario Goloboff. Ahora lo hacía él, aunque de manera indirecta. Mencionaba a la isla en su conferencia, que no era más que una historia futurista para la cual había escogido a un antropólogo chino como protagonista.

Dicho personaje, ubicado en el 2030, se interesa en las culturas latinoamericanas del pasado y so pretexto de encontrar la correspondencia de Cortázar publicada en tres tomos a inicios de este siglo por Alfaguara, el teórico de negro, llamado Néstor García Canclini, ofreció al auditorio un retrato apocalíptico de lo que parece ser este mundo, dominado por el consumo y en el cual todo, incluyendo las editoriales, sucumben a la estrategia mercantil de la farandulización. El relato, que además de centrarse en el autor de homenaje, ofrecía un análisis profundo de los derroteros culturales de la civilización, era estampado con graciosas escenas como las que hablaban de cómo el último gobierno socialista francés se remontaba a 2014, y que allí, en cambio, Marine Le Pen iba por su segundo mandato. O esta otra que me es más cercana, pues en ella aún se preguntaban en los Estados Unidos por qué era tan difícil viajar de La Habana a New York.

Si le hubiera podido preguntar algo a Canclini seguro habría explorado este particular, el particular de por qué daba por hecho que a mitad casi del siglo XXI persistirán las diferencias entre Cuba y Estados Unido como un obstinado e interminable desentendimiento. También es cierto que después de escucharlo resucitó mi interés sobre los estudios culturales, específicamente sobre la visión que tiene este filósofo argentino del mundo que vivimos, sobre todo luego de leer esta mirada apocalípticas con las que me siento cercano. Y mejor dicho: No me interesan tanto sus apreciaciones como las de ese futurista antropólogo asiático que aquel día en la Biblioteca Nacional Argentina, y bajo pretexto de Cortázar, causó una especie de conmoción.