viernes, enero 31, 2014

Salvajes


Ciertos empleados públicos me hacen recordar al término recurrente en épocas de Pizarro. No hablo de hombres en incapacidad de manejar la brújula por desconocimiento y con oscuros instintos como consecuencia del atraso. No hablo de abre corazones para agradecerle a los dioses. Se trata de vecinos, coterráneos, compañeros que se comportan como salvajes.
Los salvajes modernos visten cualquier clase de prenda y uniforme. Puede ser el uniforme de la empresa encargada de suministrarnos el servicio eléctrico o la que se ocupa de que recibamos cartas y la prensa, por ejemplo. Y, si tales fueran los casos, el vecino de enfrente los ve llegar a su casa como tropas de asalto. Si la verja no abre, aunque baste una ligera sacudida para que ceda, el salvaje uniformado mete patada e invade su propiedad (debe pensar que tal como ellos son personal público así lo es el jardín violentado).
El salvaje violador no ofrece buenos días ni se disculpa, lanza el puño contra la puerta y golpea. Y asegúrese al abrir que el salvaje lo haya visto a usted, de lo contrario, abierta la puerta, y dispuesta su cabeza como diana, no dudará en asestarle en pleno rostro antes de entregarle el recibo de la corriente o el periódico. Antes de dar media vuelta y marcharse en su artefacto de pedales, si acaso lo tiene, deja antes usted una silueta, la misa que se forma en la pantalla cuando se va la señal.
Hay muestras de salvajes más refinados, que fingen quererlo en la consulta médica, en la carpeta del hotel,  en la consultoría jurídica, en la taquilla del teatro y hasta en la oficina del gobierno. También los hay de comercios, agencias de pasajes y cafeterías, mujeres y hombres a quienes cuando usted solicita un producto, cuando hace una simple pregunta no dicen espere, o cuál de todos, o con mucho gusto, o qué placer que nos visite. Nada de eso. Gruñen. Y si le acerca una mano, muerden. Y si le pregunta ¿qué pasó con el pollo o por qué me ubicaron en otra luneta? advierte que hasta dientes de oro tienen y entonces podría pensarse que hasta vanidosos son.
He llegado a la conclusión de que detrás de cada doncella o mancebo que trabaja para el público se esconde un personaje brutal; brujas con cirugías para pasar desapercibidas, un doctor Hide convertido en metrosexual. Y pienso si acaso nosotros mismos lo hemos transformado o si existe una fuerza superior para que terminasen siéndolo. Pienso en eso y si logro responderme, existiré luego.
Hay veces en que llego a la casa con planes de ver una película o leer un libro y no logro concentrame. Han sido muchos tropiezos en la guagua, en la calle donde he llegado a chocar incluso con la señales de tránsito, como si el mundo completo se pusiera en contra mía. En ese estado no hay filme o libro que resulte de mi interés. En ese estado prefiero el silencio. Y sí alguien me habla, espero. Cuento hasta veinte. Y cuando llega el veinte, respiro profundo y recuerdo a los petulantes conquistadores simbolizados para mí, ahora, en Pizarro. No quiero reaccionar como otro vulgar y ordinario salvaje. No porque viva en el Nuevo Mundo lo soy. Que no señor.