martes, diciembre 03, 2013

Manuel González Bello y el invento luciferino



Un día fue al aula invitado por una de nuestras profesoras un hombre delgado. El hombre delgado fumaba, y tenía bigotes, y no andaba con formalismos, algo que gustó mucho a los estudiantes, tanto como a mí la columna que había publicado los sábados en Juventud Rebelde. Se titulaba “Crónicas de sábado” y era una de los puntales del periódico que yo perseguía con frenesí cuando era un aspirante lento y lejano a matricular en la escuela de periodismo. O no en la escuela, porque era Facultad.
No sabía casi nada del hombre delgado, excepto lo que de él dejaba entre ver su escritura, que era buena, efectiva me parecía. De Manuel González Bello, que tal era su nombre, había logrado conocer algo de sus gustos a través de artículos, crónicas, reportajes y entrevistas. Le gustaba la música, específicamente la Nueva Trova. Era fanático a revelar los entresijos de la vida cotidiana a través de relatos que narraba con carisma y desenfado. Tanto desenfado había en él que cuando aquella mañana hizo de invitado aseguró (imagínese usted decirle esto a un grupo de estudiantes de segundo año) conocer una bebida mágica para sacar buenas entrevistas. Esa bebida mágica llevaba por nombre genérico: ron, aguardiente, alcohol.
Después de aquel encuentro seguí adnirando al hombre de las “Crónicas de sábado”, quien me había convertido en seguidor de la edición sabatina del Juventud Rebelde en los noventa y a quien yo, de algún modo, quise tomar como modelo en el 2001 cuando se me ocurrió escribir una columna que propuse y se mantuvo por dos años y medio en la revista Somos Jóvenes. Se llamaba “Ruidos” y contaba con la ilustración del excelente Garrincha.
Un día supe que el hombre delgado era a su vez admirador de otro de mis admirados, el magazín Lunes de Revolución y por ende de algunos de sus hacedores. Cuando llegó a mis oídos en una conversación casi en la madrugada con José Alejandro Rodríguez (Pepe) y Kaloian Santos Cabrera (Kaloian), creo que también estaba Ronquillo (Ronquillo), en el club holguinero La Caverna de Los Beatles comprendí porqué detrás de la primera Jiribilla había estado un hombre como él. Pienso que el nacimiento de aquella publicación digital primigenia se debía a una cuenta por saldar, a la imitación de una manera de pensar la cultura.
Hace unos meses, repasando una colección de la revista Bohemia (acción importante, pues ratifica por qué Bohemia no fue a menos después del cincuenta y nueve, algo que he llegado a afirmar, sino que tuvo altibajos, pero que ha sido una buena revista, a veces mejor, a veces peor) encontré una entrevista de González Bello a uno de los escritores más famosos de la contemporaneidad. En ella otra vez el periodista ponía a prueba su ingenio de hombre sagaz que se desenvolvía con soltura en todos los géneros de la profesión.
La entrevista ocurrió en 1979 y había sido pactada por el director de la revista. Gonzales Bello debió esperar más de una hora por quien todavía no era Premio Nobel, porque con un futuro Premio Nobel conversaría. Y cuando al fin llegó el interlocutor, cuyo nombre era Gabriel García Márquez, a quien acompañaban su esposa Mercedes y el intelectual francés Regis Debray, lo primero que supo el periodista fue del poco tiempo del colombiano. Debía ser breve con las preguntas. No obstante conversaron largo rato y la charla sobre  Carifiesta, el centro del intercambio, quedó registrada en una grabadora de cintas, la moda entonces.
Entusiasmado, González Bello se limitaba a escuchar mientras José Oller hacía fotografías y así siguió el cuadro hasta que el tiempo concedido llegó al final y vinieron los saludos y cada quien corrió por su rumbo. Pero, bien lo había advertido el autor de Cien años de soledad: La grabadora es un invento luciferino, y lo supo en entrevistador al descubrir llegado el momento de la trascripción que en lugar de la voz la cinta magnetofónica repetía el persiste estertor de un aire acondicionado.
Confiarse en un trasto electrónico es lo peor que puede sucederle a un periodista. Sin embargo uno bueno de verdad puede ser destruido pero no derrotado. No si se llamaba Manuel González Bello. Y González Bello superó el escollo de una manera ingeniosa, contada en la revista Bohemia.
Nada dijo de este incidente cuando llegó a nuestro grupo de periodismo hace diez años atrás. Al menos no lo recuerdo. Entonces nada sabíamos de su pasado como para entrar en detalles. Para nosotros se trataba de un hombre delgado que fumaba. Algunos éramos conocedores de su periodismo. Otros simplemente lo ignoraban.