domingo, noviembre 25, 2012

Objetos de Museo: Agenda de caligrafía


En tiempos donde la mayoría de nuestra escritura se hace a través de un teclado, virtual o real, parecen caducas algunas asignaturas como aquella pensada para domarnos la caligrafía. Confieso que odiaba estas clases cuando me tocaron en la adolescencia y una profesora se empeñaba en que repitiéramos palabras y números con el método inventado por Austin Norman Palmer a finales del siglo XIX.

El método en sí no estaba mal, y a los trazos de todas las letras dejaban cierta majestuosidad y elegancia, pero uno, por ir rápido, creía que aquellos ejercicios actuaban como actúa el látigo para el corcel salvaje, como si del árbol se pretendiera un bonsái, y entonces terminaba por odiar a Palmer y a la profesora de caligrafía. Y maldecía a la De por su moñito y  a la Hache con su pata suelta. Y ni hablar del lápiz con una punta fina y la goma de borrar que había que tener obligatoriamente, irremediablemente, a mano.

Cuando descubro que mis trazos hoy se han dislocado recuerdo aquella asignatura llamada Caligrafía, antigualla para quienes pasamos la escuela. Incluso para quienes aún no la sobrepasan lo será. Porque, con esto de escribirlo todo mediante teclados, la escritura a mano se vuelve cada día más rebelde, a cada hora más indescifrable. Las cartas parecieran volverse recetarios médicos, si acaso alguien escribe cartas a mano todavía.    

Quizá sea la velocidad impuesta por la vida moderna la que nos obligue a relegar el viejo estilo de escribir a mano, moviendo la muñeca despacio para no atrofiarla. Yo mismo creo que se avanza más tecleando; pero, no por ello considero que se deba descuidar la vieja tradición. Al contrario, habrá que dedicarle unos minutos al día.

Probablemente el final de la tarde sea el momento idóneo para repetir óvalos por toda la libreta. Tal vez antes de la cena debamos ejercitar las rallas entre líneas, como si se imitara el movimiento de las olas o se quisiera reflejar un campo de gramíneas. Quizá no sea ni lo uno ni lo otro y solo se trate de nuestra propia caligrafía, cuando solo a través de rallas nos podamos comunicar.