viernes, abril 06, 2012

Domingo


A veces, por no decir casi todos las semanas, aparecen mensajes de amigos que se quejan por el comienzo de la semana. “Lunes... !puaff!”, gruñen entre dientes, o lo gritan sin vergüenza: “LUNES.. !PUAFF!”. Y es verdad, la rutina del trabajo se vuelve detestable. Nos convierte en autómatas, repetitivos, zombis de una acción que se realiza, sobre todo, para sobrevivir.
Sin embargo, no es el lunes el día de la semana donde menos a gusto me siento. Quiero quejarme de otra jornada, esa en la cual, entre nosotros, las mujeres suben a la azotea para poner a secar su ropa; los niños, libres de la escuela, gritan y corren por el patio; el abuelo marca el puesto frente al televisor, porque en la tarde ese programa pasa la pelota, o la familia del al lado saca los bafles al portal y castiga a Cándido Fabré a que cante todo el día. Domingo.
Ningún otro momento de la semana me resulta más aburrido que el domingo. Desde antes de tomar conciencia de que el domingo tenía sus características. Si estaba en la residencia estudiantil (entre nosotros lada beca) nadie más quedaba en el edificio que aquellos a quienes la casa quedaba lejos. Si te asomabas a la ventana, en busca de una buena imagen, te rompías la nariz con calles desiertas, tejados vacíos y árboles fustigados por el sol, que al mediodía del domingo es peor que escuchar una canción de Los pasteles verdes, un domingo, en medio de una reunión familiar.
El domingo, contrario a la mayoría, quizá, lo prefiero lejos, en una novela de ciencia ficción, en la calle donde los protagonistas del filme esperan el tranvía, en una canción o en cualquier sitio donde sea lunes o miércoles o jueves. Pasar de un salto el domingo.
!Lejos, domingos y días feriados! Porque... si uno debe trabajar, mientras los demás descansan, la abulia del asueto se cuadriplica.