sábado, diciembre 11, 2010

Larga distancia, otra reflexión sobre Cuba


La primera película cubana que vi durante la presente edición del Festival de Cine Latinoamericano fue Larga distancia, el filme de Esteban Insausti que ha permanecido entre las cinco preferidas por el público. Hubo buena asistencia en la proyección del Chaplin. Se esperaba con gran expectativa la nueva propuesta del cine cubano sobre la que su director había advertido que no era más de lo mismo.

Y, en parte, Insausti tiene razón, su filme no es más de lo mismo en cuanto a tratamiento de la problemática nacional. Es decir, el choteo, el folclorismo y el sexo persistente se ponen a un lado para darle paso a la reflexión más profunda, al análisis sociológico, a las preguntas esenciales de la filosofía. Aunque, debe decirse: la película reflexiona sobre determinadas circunstancias que, por motivos diversos, se convierten en recurrencias del arte nacional. Así ha sido y será.

El centro del filme es el desgarramiento y la impotencia, el desgarramiento de quien emigra y la impotencia de quien no puede hacerlo. Sin embargo, más que la impotencia de no poder trasladarse hacia otro lugar, cualquiera que sea y dondequiera que se encuentre, el sentimiento que mueve al grupo de personas limitados por la geografía radica en la desgracia de no poder dejar atrás una vida determinada por carencias, sumida en ambientes marginales, pletórica de frustraciones, etc.

El filme intenta hilvanar desde la perspectiva del personaje protagónico, una cubana emigrada que cumple años lejos de sus amigos de infancia, la vida de cuatro treintiañeros, cada uno de ellos varados en una vida alejada de la que soñaron. Ninguno se encuentra satisfecho: la que emigro siente que le falta su pasado, su ambiente, su cultura. Los que se quedaron comprueban cada mañana que no viven aquello que años antes habían pensado vivir. Es el dilema de la vida y es un tema repetido entre los cubanos, un asunto que el arte va abordando de diferentes maneras.

Si hace mucho tiempo Titón se vio atraído por la historia escrita por Edmundo Desnoes era precisamente porque semejantes sentimientos se empezaban a desarrollar en la mente de los cubanos. Entonces, un joven burgués se sentía abrumado por la Revolución y lo que ella implicaba en su vida (la familia se había ido del país y lo había dejado solo en un mundo donde cada hora significaba un metro de hundimiento en el abismo de una realidad extraordinaria.), es decir: la entrada a lo desconocido, la posibilidad de perderlo todo o ganar algo que antes no se había siquiera pensado.

Ahora, la joven que se ha marchado, atormentada por la soledad y la añoranza, se inventa una realidad que no existe y esa fantasía le permite a Gracía Insausti exponer y contraponer a esta la historia de los amigos que se han quedado en la Isla, como el Sergio de Desnoes, pero cuya realidad luce mucho más traumática al encontrarse movida casi siempre por la frustración y no por la incertidumbre.

Quizás el uso de símbolos demasiado usados en la filmografía cubana y esos parlamentos medio panfletarios se conviertan en el talón de Aquiles del filme. Eso y la ambiciosa intención de narrar con lujo de detalles la vida de los cuatro personajes. Una mejor edición podría haber ayudado en síntesis y habría evitado que en algunos momentos uno bostezara y tuviera que aguantar la interrogante de: ¿Hambre o sueño, hermano? Ni hambre ni suelo, un ligero desliz en mi atención. Nada más.

Fue bueno haber visto el filme deInsausti, porque nuevamente nos hace reflexionar sobre la realidad que vivimos. El cine cubano nunca ha dejado de pensar en ello, claro, aunque muchas veces lo hace desde una perspectiva aparentemente menos seria. No es culpa de nadie más que de los realizadores y del público que, conmovido, conectado con este modo de decir, incrementan la fama de obras que no lo son tanto, no son para glorificar, no, aunque sí para tener en cuenta. Es lo que pienso, ahora, de Larga distancia.