domingo, junio 12, 2016

Terranova, antídoto contra el olvido para Manuel Rivas



Otra vez un relato de Manuel Rivas tiene escenarios alternos entre España, Cuba y Argentina; o para precisar en un mapa, vale advertir que los personajes desandan Galicia, alguna vez La Habana -aunque sea en la imaginación de un personaje- y Buenos Aires, tres ciudades, tres puntos geográficos repetidos en la obra del gallego y que aquí se agigantan al lector en una suerte de zoom activado por los dedos de quien escribe. Quiere Rivas ilustrar épocas, sucesos históricos, circunstancias... En pocas palabras: pretende volver sobre la Historia y, esencialmente, recordarnos que la memoria es salvación.
Otra vez hay poesía y amores en este argumento cuyo conflicto parte de una librería que cierra. Es 2014, es Terranova y este podría ser el caso de una librería en cualquier parte del mundo moderno. La gente no lee como antes, al menos no del modo tradicional, anda sedentaria a causa del audiovisual, las nuevas tecnologías y parece ahogada por la coyuntura. Una economía en picada obliga también a postergar alimentos del espíritu para priorizar el de los cuerpos. No todo el mundo es monje de la literatura y aún queriéndolo no es fácil alcanzar el título: Las librerías se extinguen aunque los libros sigan allí y la gente sienta la necesidad de leerlos. ¿O acaso dejan de existir presionados sus dueños por empresarios y gobernantes a los que puede usted hacerle inútiles encuestas sobre autores y libros?
El argumento enlaza personajes que se mueven de España a Suramérica (y viceversa). Todos escapan, buscan posibilidad y refugio, pretexto que le permite a Rivas un desfile de autores y títulos; desde Castelao hasta José Hernández, el del Martin Fierro, pasando por Borges, Rulfo, García Márquez, Lorca, Lezama Lima, Arlt, Gombrowicz, Piñera, Pessoa, Cernuda, Machado, León Felipe…  De paso, con los libros y quienes los preservan se activan resortes relacionados con coyunturas políticas padecidas por Galicia y toda España bajo las dictaduras de Primo de Rivera y Francisco Franco. Es el caso de Vicenzo Fontana, el hijo de Amaro y Comba, los fundadores de Terranova, el mismo que de niño padeció un brote de poliomielitis negado por el gobierno.  Por otro lado, con la aparición de Garúa, la enigmática argentina que conoce Vicenzo, logra uno entender, como en los versos de Pascoanes, que la memoria también puede alimentar el deseo.
Sobre El último día de Terranova gravitan exiliados españoles, gallegos, vallesoletanos, catalanes fundadores de librerías y editoriales de prestigio en el ayer. También policías encubiertos, esos que, en contubernio con los milicos, enviaba Francisco Franco para acabar empresas posibles del otro lado del océano porque “en Buenos Aires todo el mundo lee”, dice un personaje, responsable de otra sentencia trascendente en la novela:  “los nazis, los fachas y los gorilas siempre se entendieron”. Del mismo modo llegaban a tierra ibérica personajes como el “policía corrupto de horrible historial” organizador de la Triple A y terrorista en España.
Más que la evocación por una librería que no estará más y sobre los personajes que en ella se estuvieran moviendo, la novela de Rivas nos deja una enseñanza fundamental, quizá la más importante expresada por uno de los protagonistas, el padre del narrador, Amaro, “el hombre que más sabe de Ulises”. Al ser interrogado por su hijo, al preguntarle este qué sabía de Ulises que no supieran los otros responde con una reflexión capital que el personaje a su vez considera esencial para entender la Odisea. Es un dato sencillo ofrecido por Homero. Trece perales, diez manzanos, cuarenta higueras. Y recuerda de aquella travesía plagada de misterios y trampas “solo Ulises sobrevive, abrazado al mástil, para llegar a la isla donde no existe el tiempo. Le ofrecen la inmortalizada y el la rechaza. Eso es algo extraordinario en aquel tiempo y en este. ¿Y por qué?”, se pregunta. Y tal es la respuesta: “Porque es un hombre que quiere volver a su casa. No quiere ser un dios, ni un semidiós. Eso supondría renunciar a la memoria humana. Perder la clave de los árboles”.
Rivas, haciéndonos un guiño que aunque discreto habrá de ser homérico, parece compartir la misma tesis. La clave se halla en los pequeños detalles, en la capacidad humana para entender qué es lo correcto para no ser devorados por el olvido.