domingo, mayo 17, 2015

Vivir del mar, disolverse en sus aguas


A uno, que viene del Trópico y es isleño, le parece que todo mar es el Caribe y que toda ciudad concierne a la de una pequeña isla. Pero, esta tiene aires continentales y ese que está allí es el Océano Atlántico creciendo frente al observador, golpeando impenitente la costa, el largo camino de piedra y tierra en cuyos bordes arenosos se revuelcan los lobos marinos a tomar el sol y protestar cuando algún otro invade su espacio. En la punta decenas de pescadores esperan que inocentes anchoas piquen su anzuelo. Algunos conducen su auto moderno desde la ciudad solo para compartir mate y facturas con el que pesca. Tal es el caso de quien nos hizo botella, o lo que es lo mismo, nos dio un aventón.



Dice mi esposa que no es común que los choferes confíen en quien al borde del camino solicita un adelanto, y viceversa. Pero la mañana acababa de despertar y estábamos todavía distantes del sitio al cual pretendíamos llegar. De pie escrutábamos el puerto y sus trabajadores y sus barcos que como holgazanes se mecían lentamente unos contra otros. Comenzábamos a penetrar el camino de la escollera con lomas de arena y pequeños arbustos cuando un nuevo auto se acercó. Decidida levantó un brazo y al fin este comenzó a reducir la velocidad hasta detenerse. El chofer aceptaba llevarnos. Se llama Carlos y nos saluda amable. Cuando sabe de dónde provenimos exclama con entusiasmo esa frase que ya hemos escuchado otras veces: ¡Cubanos!, ¡qué lindo!



Carlos había conocido a muchos cubanos. “De Miami”, aclara, y debemos salirle al paso con un “¿Acaso no es lo mismo?”. “Claro”, rectifica él: “Pero…” El auto se adentra por el sendero y a un lado vemos la cerca de metal tras la cual descansan los lobos marinos. El muro de piedra queda en sentido contrario y sobre él hay mensajes sindicales relacionados con los trabajadores del puerto. Es tan dilatado la vía que le queda tiempo para resumirnos su vida. Un día asuntos laborales lo llevaron a Miami por tres días y terminó estableciéndose por 37 años en esa ciudad. “Vendí mi alma”, dice entre irónico y nostálgico. Recuerda las amargas sensaciones que debió experimentar por ausentarse tanto tiempo de su país y de su familia. Solo lo reconforta el hecho de que pese a la distancia logró mejorarle la vida de sus seres queridos. “Un dilema cubano el latinoamericano”, le digo.



El mar es gris desde la escollera sur y su oleaje hace que contra las rocas sobre los cuales se levanta el camino estallen unas olas blancas. Lejos quedan la ciudad de Mar del Plata difuminada por el sol. Un barco que parece acercarse. Y cuando llega lo vemos cubierto por una nube de gaviotas que vuelan en círculos entorno a sus mástiles a la espera de la buena recompensa. Subimos peldaños negros y porosos humedecidos por al agua que no es tan salada como en el Caribe. Abundan los turistas y los pescadores del otro lado del muro. Respiramos hasta que los pulmones parecen estallar. Nos besamos y parecemos lelos durante largo rato porque el agua resulta plateada por la luz del sol. Luego nos ponemos a revisar los grafitos escritos sobre piedras cuadradas y gigantes. Son muchos y todos tienen en común el ser grafitos de despedida.



Luego nos colocamos al pie del Cristo inmenso que desde 1980 se alza al final de la escollera. Tiene los brazos abiertos y pareciera recibir con afecto a visitantes como nosotros. También el gesto pudo ser la bendición a quienes se alejaban para ganarse el sustento. Habrá quien nunca volviera y como único adiós tuvo el de este San Salvador, patrono de los pescadores.

                      

Tanta gente parece haber solicitado que sus cenizas fuesen devueltas al mar que se confunden los nombres. El agua sostuvo sus navíos. Debe ser reconfortante para una persona dedicada al mar que sus restos terminen confundiéndose con los animales que le permitieron la vida. Otros quizá no fueran pescadores, pero quisieron terminar cayendo danzando sobre las olas. Es la idea que le queda a uno cuando lee las muchas inscripciones dispersas en las piedras y en el suelo, al constatar los nichos apilados y vacíos frente a la estatua. “Papá. Te dejamos en el mar para que descanses junto a Dios, déjate arrastrar por el agua y el viento y sé libre como te gustaba”, se lee en una de ellas.



Del otro lado, en un muelle de menor tamaño y al día siguiente, encontramos nuevas inscripciones. El agua casi siempre logra acumularse encima. Sobre las palabras escritas desde el dolor se forma una capa cristalina que pareciera preservarlas. Pero cada frase irá difuminándose con la lama, el tiempo y tal vez los pasos del turista indiferente. A uno le queda la idea de que los habitantes de una ciudad con mar somos todos iguales, nostálgicos y agradecidos, y que los de Mar del Plata tienen como los del Caribe una relación sentimental con las aguas. Junto a ellas estamos en la mañana, sentados en un roquerío mientras vemos niños y perros, hombres y mujeres. Miramos el horizonte falsamente infinito. Nos escolta una pared de edificios, habitados, vacíos. Desde los balcones siempre el Océano, y sospecha.  

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