lunes, noviembre 10, 2014

Melancólica belleza de los espacios arruinados



La lectura de los primeros libros escritos por el coterráneo Leonardo Padura no solo me ratifican su efectividad narrativa, sino que me han puesto delante -y esto gracias a Tusquets Editores- la obra del fotógrafo canadiense Robert Polidori (Montreal, 1951).


Polidori, según las consultas, ostenta un currículo envidiable para un montón de artistas. En principio- y saltándonos los en tal caso elementales premios, libros y exposiciones-, porque ha vivido en New York y París, ciudades ambas ansiadas por quienes sueñan catapultarse al mundo de la fama. 


Pero no es su residencia lo que me hizo escribir estas líneas, sino algunos de sus hallazgos artísticos, en este caso lo que supo descubrir al interior de ciertas mansiones habaneras. El canadiense puso a prueba su olfato y como el mejor sabueso ubicó moradas insólitas antes los ojos del mundo moderno. Se trata de casonas situadas en el Vedado o Miramar, otrora radiantes y vitales, pero que al sobrepasar sus puertas, ahora, el visitante descubre un mundo de objetos que sobreviven la carestía.


Paredes donde la pintura dibuja mapas del mundo medieval, electrodomésticos deseados por el más exquisito coleccionista, sillones abstinentes, muñecas fantasmales y montañas de libros como señal de que allí habita una raza humana que se niega a morir y la cual para la sobrevida se alimenta con la sabiduría del mundo, atesorada, cuidada, persistente.
   

Con imágenes donde la desolación toma el lugar de los hombres Tusquets presenta las novelas de Padura, al menos las concernientes al policía Mario Conde, editadas en Buenos Aires, subrayando así uno de los aspectos fundamentales en los contextos padurianos -siempre relacionados con aspiraciones y realidades arruinadas-: la melancolía.


También Polidori parece un hombre con preferencia a lo melancólico. Se entrega a largas caminatas por ciudades arrasadas por el tiempo o el viento – como aquella novela que me ha hecho olvidar la memoria- y solo se detiene al ser deslumbrado por la más desconsolante belleza. Entonces instala su cámara y capta imágenes donde apenas hay rastros de humanidad. O rectifico: capta el rastro de una humanidad en extinción. Para él, lo importante es el objeto, la construcción que a su conveniencia hizo el hombre y que la naturaleza se va encargado de demoler con su puño de acero.