jueves, octubre 30, 2014

Mundo cifrado el de los compositores



tomada de facebook, en: mario garcía joya

Cada vez que un tema musical renace por la voz o el instrumento de alguien es posible que elogiemos la nueva versión y hasta la recordemos de por vida, pero tal vez jamás lleguemos a preguntarnos quién es la persona a la cual se debe esa historia musicalizada o qué circunstancias le obligaron a volcar sobre el papel tan poderosas sensaciones para que sigan resistiéndose al tiempo. Se escucha una canción, pero nunca pensamos en la persona gracias a la cual existe.

El compositor es el hombre invisible, pero es quien ha sufrido o se ha entusiasmado primero; se trata de la persona con la suficiente sensibilidad como para convertir su ansiedad personal en la ansiedad colectiva cuando la colectividad se entera o le dejan enterarse.

Siempre habrá un hombre y una mujer incomprendidos, pero de su incomprensión saldrá lo que bien pudiera llamarse el himno de una época, no necesariamente triste, alegre o elegíaco, pues himnos lo han sido algunos basados en la simpleza, como el Manisero - grabada y vuelta a grabar por todo el mundo - o la Guantanamera - repetida desde la voz anónima de los cantantes de tríos hasta Pavarotti-. Mosaicos habrá hechos himnos, pedazos del paisaje, puro folclore perpetuo.

Ni los habaneros moisés Simons y Joseíto Fernández, o el también habanero Bienvenido Julián Gutiérrez, creador de un tema lleno de frases enigmáticas como lo es la memorable Convergencia, esperaron alguna vez la aclamación de cientos de miles de fanáticos  marcados por sus letras, aquellas que con el tráfago de los años acumulan por sí mismas tantas experiencias como le son permitidas al receptor, de manera que una canción termina siendo un compuesto mediante el cual alguna vez estalla la sociedad.    

Ciertos compositores se revelan como verdaderos alquimistas cuando de ellos no quedan más que el resultado de las mezclas y sabidurías a las que llegaron por intuición natural o continuado estudio. Es un alquimista el hombre nacido en la acritud del campo, ese a quien le fueron negados lo que podrían considerarse “verdaderos dotes intelectuales”, pero que fue capaz de escribir una canción indestructible en la mente de quien la escuchara un par de veces por muy fuerte que sea la avalancha de recuerdos. Aquel o aquella que por lecturas y experiencias eruditas llegó a juntar palabras en maravillosa sintaxis lo es de la misma forma.

Dos estirpes de compositores parece haber, quienes alcanzan el genio a través de la experiencia ordinaria y aquellos que lo pulen mediante la solución de teoremas sentimentales en el tablero cifrado de la mente.

Esto lo he pensado al conocer la muerte de una mujer y un hombre que nunca habrían llegado a ser estrellas de cine, teniendo en cuenta el falso glamour que envuelve a semejantes personajes. Espejismo, pero de los espejismos vive la multitud. Sin embargo, no les hizo falta a Ela O’Farrill ni a Frank Domínguez el simulacro para alcanzar la inmortalidad, bastó con algunas copas de sufrimiento, la sala oscura, la guitarra y la voz.

Cuando estaban en La Habana, aquella Habana de los cabarets y bares abundantes en los cincuenta y aún sesenta, real pero imaginada, bastaba con unos pocos cómplices para compartir melodías y letras que juntas habría de etiquetar alguien como “Filin”. El Filin disgustó a ciertos puritanos, pero era tan recóndita su expresión que ninguno de ellos pudo liquidar la ola que había nacido para instalarse en la mejor tradición de la música cubana y la universal.    

Ela O’Farrill y Frank Domínguez han muerto ancianos en México, en una época donde el sentimiento no es lo preferido por los muchachos, pero donde sus obras desafían al tiempo y la banalidad. México es tierra también de compositores, grandes compositores, perversos compositores, cínicos y bondadosos, pero compositores, misteriosos seres que en lugar de garganta tienen una pluma en el bolsillo con la cual resguardarse de los tantos males que surgen en el trayecto.