martes, noviembre 11, 2014

Tres monjas en New York



foto de marta maría montejo
Frente tenían la urbe. Y no cualquier urbe tenían enfrente las monjas. Ante sus ojos incorruptos se desbordaba Nueva York, la de los optimistas, aquella donde una mujer de cemento daba la bienvenida al desterrado. Con rascacielos sin memoria y gatos sobre los autos allí estaba Nueva York, sangrante y déspota, colmada con lombrices de autos, erupciones vegetales y un río a contraluz. Puentes uniendo islas como una canilla de acero. Tres monjas como tres parcas miraban la ciudad en una circunstancia que no le queda clara a uno. Pero allí estaban las tres como tres preguntas infinitas. Y la mujer con su artefacto de hacer fotos se detiene detrás como lo haría cualquier turista. Pero no se trata de una turista cualquiera, una de esas que miran y dejan, y comen y lanzan los restos al cesto cercano. Algo le viene a la memoria. ¿Su infancia? ¿El sueño aplazado? Vuelve a reparar en las castas mujeres, a quienes quizá no sea castidad lo que les embarga la mente. Con sus zapatos deportivos blancos como el atuendo que se mece y cubre sus cabezas consagradas seguían al borde, quietas. De sumar a la fotógrafa, podemos decir que se trata de cuatro mujeres. Parecieran dispuestas a correr, a saltar sobre la ciudad en maratón envidiado por una de esas gaviotas. Porque hay gaviotas en torno, y cuerdas, y yerros, los yerros que han puesto los hombres por todos los costados. Tres monjas, yerros, cuerdas, el agua y la ciudad. Las gaviotas y una mujer con su cámara dispuesta. También estaba el cielo, el cielo de las monjas aun cuando parezcan retenidas en la tierra. Busca a través de la lente la mujer y encuentra tres monjas que atisban el horizonte; y mientras miran, hablan, y mientras hablan, ante las cuatro, trascurre la inmensidad.


Esta fotografía de mi amiga Marta María Montejo me inspiró el texto. Gracias.