martes, agosto 19, 2014

Maquillarse es un acto peligroso



ilustración de paula bonet
Ella mira al reloj. Abre la gaveta de la cómoda y busca entre los objetos. Por un instante se detiene a ver su rostro en el espejo: un cristal rectangular en donde las manchas de humedad han preferido los bordes. Permanece sentada sobre una banqueta, cercana al montón de ropas que cuelgan en perchas. El bolso, en una parrilla de madera. Hay frío. Cierra la gaveta de un tirón.

Apoya el cuerpo sobre la cómoda. Dos dedos van a posarse en una mejilla. La pinza desclava los pelos que no se alinean en las cejas. Con las manos apoyadas en la superficie de la cómoda inspecciona su rostro suplicado. Abre la gaveta y pone el instrumento en su interior. Sobre la mesa, el lápiz labial y el rimel. Subraya el borde sus ojos. Las pestañas surgen copiosas, largas, indispensables para esas almendras de semilla verde. Mira el reloj.

Una voz avisa desde afuera: Apúrate, por favor.

Su rostro se torna tenso. Extiende una mano y hace girar una ruedita plástica en el aire acondicionado. Frota sus hombros varias veces, queriendo producir un poco de calor. Se mantiene viendo el espejo. Le parece que su copia luce como una mujer absurda.

Es una muchacha joven de labios gruesos y oscuros cabellos hasta los hombros. La blusa de tirantes le hace sobresalir los pechos. En su piel, las huellas de un día en la playa. Se acerca a la cama en busca del pantalón y de sus manos cae el creyón de labios. Suelta una queja, maldice.

La voz insiste: Vámonos ya, no debemos demorar tanto.

Mira la aguja y se mete en una tela que le constreñirá el cuerpo. Pierde el equilibrio, cae sentada al colchón. Se incorpora, vuelve a caer. Ya está vestida. Escruta a su doble ahí delante, el frente, los costados. En el abdomen ha surgido algo de grasa. Se coloca de espaldas.

La voz alcanza un tono inusitado, quizás hubiera algo de reproche en ella: No ves que se repiten las cosas que te he dicho, ¿tú me oyes?

Mira el reloj. Siente que él se apoya sobre la puerta. Escucha la cerradura en movimiento. Toma el lápiz labial y lo restriega contra sus labios.

La voz le advierte, violenta: Voy a pasar, tengo que recordarte…

Ella lleva sus codos hasta la superficie de la cómoda. Los dedos se le encajan en el cabello. Su rostro va tomando una expresión grave, pierde toda sensualidad, toda dulzura. Se ha quedado contraída, encogida.

Antes de ver el cuerpo es la voz primero diciendo mira, yo te había dicho…

Mira a su doble y siente aprensión al verse. Busca en el minutero y descubre que ese sonido la pone frenética. Observa la puerta. Todavía hay frío en el cuarto. Se escucha el llavín.

Antes de verle el cuerpo es la voz primero diciendo: Mira, yo te había advertido… Pero el hombre la descubre en ese estado, sus codos sobre la cómoda, mirándolo de esa manera. Deja de moverse y solo puede preguntar: ¿Qué te pasa ahora?, porque lloraba. 

cuento incluido en: el invitado