miércoles, junio 25, 2014

La herejía de la diferencia


Herejes es la más reciente novela del escritor cubano Leonardo Padura (Mantilla, 1955) publicada por Tusquet Editores. No digo novelista, porque Padura es de esos que también saben bien llevar el oficio del periodismo. La crónica, el artículo, el reportaje y el ensayo alcanzan en él una consistencia sólida como en sus novelas, razón por la cual me satisface llamarlo escritor a secas, pues es hombre que se mueve con una corrección admirable en todas las dimensiones de la prosa.
Suyo leí por vez Fiebre de caballos, novela de agradable lectura y de la cual no recuerdo casi nada, pero ello no significa demérito para la obra, sino para mi cabeza. Suele pasarme con frecuencia que olvide lo leído. Por eso un amigo, viendo en mí un síntoma de Alzheimer literario -cuidado y no de Alzheimer verdadero- debiera exclamar un “¡pobrecito!” que hasta me hizo condolerme de mí.
De Fiebres de caballos, con muchos años de por medio, pasé a El hombre que amaba a los perros, novela que me mantuvo en vilo mientras Ramón Mercader o Jacques Monard hacía de las suyas, o se preparaba para hacer de las suyas - que también eran las de Stalin y su política de quitar de enfrente a todo lo que significara un estorbo para él-. La historia de aquel hombre preparado para matar por convicción política era casi desconocida en Cuba, pero de ella supe gracias a un excelente profesor de Historia de la Universidad de La Habana. Sus clases despertaron mi interés por el personaje que devino protagonista de aquella novela cuya repercusión consolidó a Padura, permitiéndole un apabullante y merecido renombre, que en parte debe a la curiosidad generada por el tema.
Con Herejes – libro de 516 páginas - el habanero vuelve a decidirse por otro tópico de interés global desarrollado a través de personajes que ansían la libertad individual en contextos desfavorables debido al dogma de la religión, la política y la familia como reflejo de una sociedad constreñida por poderes y convenciones. Padura escogió a los judíos y su diáspora, o lo que es lo mismo se concentró en el anatema de una etnia o cultura, esa que añorando su estado natural, geográfico y espiritual tantas veces arrebatado suele pasar de víctima a victimario con una facilidad que espanta.
Antes de Herejes conocí de un escritor israelí capaz de explicarme el dilema de ese pueblo. La lectura de Una historia de Amor y oscuridad (2003), de Amos Oz, me permitió también establecer ciertas analogías. Pensé que los cubanos algo teníamos en común a los judíos, algo agudizado en los últimos años, pero que se remonta a los orígenes, al momento de formación del carácter nacional, tiempos en que nuestros ancestros razonaban su estado y condición como colonia del imperio español.
De alguna manera, Herejes conduce a un razonamiento similar. Es un libro donde las tesis se despliegan mediante historias que alternan en tiempo y espacio para conferirle una mayor intensidad a la lectura. Uno debe saltar sin equipaje de La Habana a Miami Beach, de 1939 a 2008, de 2008 a 1643, de Nueva Jerusalén a La Habana, pues la novela está dividida en secciones: 1) Libro de Daniel, 2) Libro de Elías, 3) Libro de Judit y 4) Génesis. Sin contar los agradecimientos, que también importan para entender el proceso de construcción seguido por Padura.
La Habana que veremos será la de Daniel Kaminsky, el sobrino del judío Joseph -conocido en el barrio de Luyano, y debido a ese exceso de confianza del cubano, como Pepe Cartera- un muchacho establecido en estas tierras donde, por la camisa de fuerza de la religión, aprendió a vivir con dos caras: “El rostro utilizado en la casa y en todo lo relacionado con el tío resultaba una caricatura dibujada con los rasgos imprescindibles para satisfacer (o al menos no irritar) a Pepe Cartera. En cambio, la faz que empezó a desarrollar en las calles de La Habana era pragmática, mundana, esencialmente callejera y cubana”
Pero La Habana en Herejes es también la de Mario Conde, un personaje ya tan popular como su autor y con el cual tengo una deuda que he de saldar en cuanto me encuentre los libros donde campea por lo lindo. No he leído aquella saga que lo volviera famoso y que después de este choque, aunque haya sido ya en la edad adulta de Conde, estoy en la obligación de conocer un poco mejor. Porque si en El hombre que amaba a los perros la historia cubana con la cual Padura alternó la de Mercader y Trotski me parecía floja y hasta poco atractiva, con Herejes me ocurre todo lo contrario, sobre todo porque es gracias a Conde que Padura pone a un lado los escrúpulos de un investigador para dejarse llevar por la literatura, recuperando la fuerza de la historia que a veces logra volverse monótona.
En Herejes encuentro un exceso de datos y fechas con los cuales el autor quiso conferirle credibilidad mayor a lo narrado y que sin embargo a mí me hacen perder el interés y me dejan deseoso de la historia ocurrida en la Cuba actual, quizá porque con ella me identifico más, o tal vez porque en verdad todos los personajes y ambientes me parecen mejor logrados y hasta llegan a conmoverme como no sucede en otras. Considero excelente momentos como aquel donde Elías Kamiski, descendiente de Daniel, y quien contrata a Conde para descubrir el misterio en torno a un cuadro pintado por Rembrandt y vinculado a su historia familiar, conoce a sus parientes habaneros. Pudiera ser este uno de los momentos más conmovedores de la novela, porque en él se dice mucho de la esencia del cubano sin caer en frías conceptualizaciones: “¿Joseph Kamisky era Pipo Pepe? ¿Daniel Kamisky, primo Daniel? ¿Kamiskys cubanos, blancos, negros, mulatos orgullosos de aquel apellido estrafalario que los había sacado de la mierda? Elías Kamisky había sido atacado otra vez por sorpresa y por la espalda. Perdió la voz, y las lágrimas le corrieron mejillas abajo, indetenibles. Había venido buscando una verdad y, en recompensa, le llovían descubrimientos capaces de aflojarle los grifos de los lagrimales.”
Mario Conde y el universo que lo rodea -Tamara, la novia a punto de ser esposa de papeles, los amigos y la oleada de nuevos personajes a los que recurre el autor para resolver lo que es este nuevo caso - me parecen de una excelencia impecable, aun cuando por momentos también se peque en abundancia de datos y detalles, específicamente cuando el ex policía sigue la pista de Judi, la adolescente emo desaparecida para permitirle a Padura adentrarse en un mundo nuevo para su generación: el de las tribus urbanas, esas nuevas juventudes que no ansían otra cosa que la perseguida libertad. A través de ellos Padura analiza la sociedad en que vive y le lanza al lector los miedos y frustraciones de una generación.
Parece ser una de las más persistentes preocupaciones del Premio Nacional de Literatura 2012esta que nos trae en Herejes y que ya había tratado en El hombre que amaba a los perros y aún antes, en La novela de mi vida, libros los tres sustentados en la investigación, tornándoles por ello más vulnerables. La libertad del individuo, las fuerzas que le constriñen a una sociedad, especialmente en una como la cubana donde el creador navega contra fuertes corrientes y no siempre se le llega a comprender, son temas favoritos de Leonardo Padura. No por gusto ha escogido entre los tres exergos para abrir la lectura de esta su más reciente novela una cita del húngaro Arnod Hauser: “Hay artistas que solo se sienten seguros cuando gozan de libertad, pero hay otros que solo pueden respirar libremente cuando se sienten seguros”. Es el dilema al que se enfrentan muchos y al que Padura, tanto por su obra como por su vida, no deja de proferir.