miércoles, marzo 12, 2014

Poética dictatorial

ilustración de paula bonet

No sé dónde fue la bronca, pero la hubo. Y los ecos llegaron hasta uno de los paneles de la última feria del libro, y en Holguín tres poetas hablaron sobre el estado de la poesía cubana hoy, dos de ellos mujeres, dos voces reconocidas dentro del ámbito literario, una con una leyenda incluso para avivarla. O las dos. Se hablaba de las nuevas voces, de la llamada “generación cero”, y al referirla brotaba otra vez un conflicto antiguo en el ámbito cultural: la lucha entre generaciones y el establecimiento de jerarquías.
Partiendo de la figura de una de las más elogiadas y criticadas poetas jóvenes de hoy, las panelistas referían el asunto de los centros de poder desde los cuales se promueven y legitiman nuevas voces. Coincidimos en que muchas veces estos grupos han terminado compuestos por mediocres intelectuales que a tenor de su mediocridad van creando los paradigmas. Pero no todo es mediocridad a la hora de jerarquizar una poética. También habría que apuntar la corrección política, la ambigüedad ideológica y hasta infantilismo cultural.
Los centros de poder están formados por figuras que impulsan el arte a su manera, y lo hacen a partir de criterios no siempre lógicos y juiciosos desde la publicación que dirigen o el grupo que encabezan. Esa conducta se vuelve resbaladiza cuando los códigos estéticos promovidos se tornan sentencias dictatoriales, únicas y totalitarias. De modo que cuando alguien intenta resquebrajar los pilares por ellos establecidos sacando su obra de otro baúl comienza el problema. Los centros de poder pueden promover obras buenas y obras malas. Las malas pasan sin mucho ruido. Las buenas, despiertan el lógico alboroto.
Brota el cuestionamiento y el celo. Y en los creadores alejados de los centros de poder, o juntados en centros de poder no tan poderosos, surgen las preguntas de por qué se lo van a poner tan fácil a estos de ahora cuando nosotros, en los setenta, por ejemplo, nos tuvimos que hacer de tripas corazón. Eso podrían pensar algunos escritores que miran con desdén una zona de la llamada “generación cero”, “novísima” o comoquiera que se llame, algo que pareciera tradición en nuestras letras y que no se lo inventan los escritores de ahora, pues nuestra historia literaria está llena de grupos que nacieron para anular a los antecesores, de un soplido, de un mazazo, y hasta de una mordida.
También salta una especie de rencor camuflado en envidia, pues habrá a quien le moleste que estos novísimos, a veces de boca sucia y temperamento soez, sean capaces de decir cosas que los que les precedieron nunca se atrevieron, y cuando lo dijeron el golpe fue tan fuerte que ya ni lo recuerdan. La corrección se ha ido resquebrajando para darle paso a un lenguaje agresivo que no escatima temas y formas, que no le teme a los tabúes y que se aprovecha de los escoyos llegados con los tiempos para lanzarse al abismo de la posteridad, ese hueco donde tanta gente ha terminado enterrado en una fosa común.
Aunque aquel panel donde se habló de poesía logró buenos criterios, faltó la confrontación. El menor de los poetas presentes fue incapaz de oponerse a las consagradas. Y así, algunos se irían de allí dándole la razón a los que por su obra parecieran tenerla. Yo solo pensé escribir este texto, para que se conozcan los buenos espacios de intercambio y porque no me gusta el ataque en grupo. Y prefiero que las propuestas sean múltiples, nunca únicas. Opto por la poética abigarrada, no por la total.