sábado, noviembre 02, 2013

Los cines que nunca existieron



Este sábado, noticia: los cines para tercera dimensión (cines 3D), crecientes en los últimos tiempos, deben “cesar de inmediato”, según nota informativa firmada por el comité ejecutivo del consejo de ministros publicada en Granma. La leo y pienso en mis amigos que sí llegaron a visitarlos. Una vez me invitaron a uno, pero por asuntos de trabajo me perdí la función que ahora no veré probablemente.
Mas, como buen despistado que soy, me fui a un cine en 3D esta tarde. Bastó con preguntar dónde quedaba el más cercano y una vecina generosa me indicó la dirección del que había visitado su nieto y del cual había escuchado maravillas. Faltaron pistas en la fachada del chalet para asociarlo con un cine, sala de video o al menos la cafetería que decían habría de encontrarme primero.  Solo un jardín y paredes había. Crucé la reja y llegué a la puerta. Un timbre.
Me abrió el responsable. Y… claro que estaba cerrada. Me cuenta el muchacho que esta fue de las primeras en la provincia, que decidieron abrirla cuando en La Habana había muchas, como muchas había en otras zonas del país. La sala o cine más famoso de todos era propiedad de un humorista llamado Robertico, con quien por cierto un día me torturaron en un ómnibus de ASTRO.
Este cine al cual llegué contaba con una clientela aceptable. Los días de semana llenaban las dos funciones de la noche. Sábado y domingo el horario era de 10 a 10. El precio fijado, 15 pesos para adultos y 10 para menores que, por ningún concepto, afirma el propietario, podían entrar fuera de función para ellos.
Se trata de la habitación de una buena vivienda dispuesta con una pantalla de 55 pulgadas y equipo de audio de seis bocinas, al que llaman  “5.1 digital”. Cuenta  con aire acondicionado y capacidad para veinte personas, veinte clientes que debían ponerse sus espejuelos antes de dejarse llevar por alguno de los filmes del catálogo. Aventuras, películas de terror y animados, los preferidos.  
“Las personas llamaban antes y alquilaban para diez o quince. Llegaban desde los municipios aledaños y comunidades rurales”, me cuenta el muchacho.
El cine era en verdad una cafetería, que sus responsables hoy dudan si mantendrán, pues fue solo la manera de sostener un tipo de actividad que, según cuentan, creyeron en las autoridades cuando les aseguraron que pronto legarizarían la actividad de su interés. La totalidad de los propietarios carecen de patente en el acápite “cine” o algo parecido, pese a su intención de poseerlas.
El dueño de este al que me fui afirma haber mantenido una programación compuesta por filmes que, en buena parte de los casos, pasaron ya por la televisión cubana. Sus contenidos fueron concebidos a tenor del entretenimiento, con películas como el Titanic, grandes producciones a las que la industria adaptó al 3D, tecnología que hoy hace atractivas las salas de todo el mundo.
Me asegura estar dispuesto a un asesoramiento del ICAIC incluso, si acaso se temiera la proliferación de un tipo de material por algunos considerado no acorde la sociedad, algo que por cierto considero argumento pasado de moda y estúpido en estos tiempos.
Y creo que desde el punto de vista de la recreación, más que mal, las salas de cine en 3D prestaban un servicio efectivo. Ofrecían entretenimiento a un público que hoy, en casa, puede ver los materiales que considere oportunos. Eso, sin tomar en cuenta que los cines adscritos al ICAIC, al menos en Holguín, se encuentran en un estado calamitoso y que a veces su programación ofrece materiales tan superfluos como los que se podían encontrar en una de estas salas.
Lo curioso del asunto es que legalmente los cines en 3D, como tantas cosas, nunca existieron en Cuba. Si ahora se toma la determinación de hacerlos cesar es asunto de la metafísica, no porque el fenómeno haya tomado una fuerza arrolladora. Lo único malo es que con la noticia sí que se habla de su existencia. Y ahora serán más quienes pidamos legitimar su realidad.