lunes, julio 22, 2013

Un ángel llamado Myriam Acevedo



Fue musa de mucha gente, de Oscar Hurtado, su primer esposo, de toda la gente de Lunes de Revolución. Por ellos Myriam regresó a La Habana, después de cinco años viviendo en New York.

Una tarde lloviosa pisó suelo cubano y los amigos corrieron a recibirla. En el hoy Teatro Nacional sucedieron los festejos. Piñera. Cabrera Infante. Gina Cabrera. Carlos Franqui. Fermín Borges.

Poco después brilló con su talento en el mismo teatro, donde protagonizó La Ramera Respetuosa, sacándole elogios al autor, Jean Paul Sartre, sentado en primera fila cuando ella interpretaba su papel, para el francés, para Fidel Castro, y para los amigos.

Había nacido en Güines, pero desde edad temprana su familia prefirió La Habana. Estaba bendecida por la música, al punto de catalogarse ella misma como “una niña prodigio” que alcanzó todos los premios en La Corte Suprema del Arte, programa de donde salió la idea del dúo Myriam y Anoland. Después puso a un lado la canción y estudió arte dramático. Solo en los sesenta, en La Habana, volvería a cantar.

Algunos recuerdan con nostalgia sus descargas en El Gato Tuerto, donde Virgilio Piñera recitaba mientras ella se adueñaba de todos con su histrionismo, de su voz, siempre  acompañada de una guitarra, del alcohol, de la penumbra de un sitio que sabía a bohemia. Recordó alguna vez que se trataba de espectáculos dirigidos  junto a su segundo esposo Jorge Carruana y que dieron pie a convertir El Gato Tuerto en un teatro-cabaret.

En 1968 salió de Cuba para nunca más regresar y ayer 21 de julio murió Myriam Acevedo en Roma, a los 84 años. Alguna vez confesó que las obras más importantes en su vida de actriz habían sido Las Criadas, de Jean Genet, La noche de los asesinos, de José Triana y Calderón, de Pier Paolo Pasolini. Algunos la consideraban “musa”. Otros ni siquiera saben de su existencia.

Le pregunté a Pablo Milanés por ella, y, sonriente, soltó un: “Ah, Myriam” detrás del cual se escondían muchos recuerdos que no compartió. Oscar Hurtado, que la amaba descomunalmente, dijo haber creído en los ángeles después de conocerla.