lunes, marzo 12, 2012

La puesta de Electra Garrigó (en un aula universitaria)




Los estudiantes de cuarto año de Periodismo y yo, que soy su profesor lo mejor que puedo, hicimos un experimento el otro día. En el aula, en versión radial (versión radial porque la aspiración era imaginar la obra mediante el juego de la voz), presentamos Electa Garrigó de Virgilio Piñera.

No lo hicimos porque se esté celebrando el centenario del autor natural en Cárdenas (o quizá lo hayamos hecho por eso), sino porque acabábamos de repasar los años previos al 59 en la asignatura de Procesos Culturales Cubanos.

Realizar ese tipo de ejercicios siempre resulta agradable. Los alumnos puede que se lo tomen mitad en broma mitad en serio; pero, seguro que les quedará  el recuerdo de lo hecho. Probablemente sea la mejor manera para que adolescentes, casi a punto de dejar de serlo, se acerquen a los clásicos nacionales, a la cultura de un modo menos convencional.

Porque de convenciones están hechos no solo los estudiantes universitarios. He comprobado la tendencia (que también debió estar de alguna manera en mí) de repetir lo que encontramos en los libros sin hacer el menor esfuerzo por comprender el origen a cuanto se dice.

Muchos ni siquiera conocen el nombre del verdadero responsable de la ristra de adjetivos y términos (desconocidos en la mayoría de los casos) de los cuales se valen durante un seminario. Además de traicionar a Varela (al padre Varela, no a Carlos Varela, que habrá quien los confunda todavía), con repetir y repetir lo único que logramos es ir estrangulando nuestra capacidad mental de una manera espantosa.

Conozco casos de personas con la capacidad mental estrangulada. Vienen siendo como Frankestein del intelecto. Son cerebros armados con los trozos que los cuerpos fueron hallando mientras marchaban a la decrepitud de la vejez.

Y, aunque hay ancianos venerables, lúcidos de mente como jovenzuelos, estos esperpentos que vemos aparecer todos los días no darán para mucho, porque crecieron de citas, sacadas de filósofos contrarios, ideólogos enemistados, poetas del fascismo y el socialismo, como si un solo grito hubiese salido de su pecho (¿de quién era su pecho?): ¡Tendencias de todos los países uníos en mi cabeza! ¿Y qué resulta de esa cabeza? ¿Qué hay allí?, ¿Qué signo, qué mensaje, qué advertencia, como escribiera Carpentier en su descripción de aquel caracol?

Se lo he aconsejado a mis estudiantes, que más me parecen compañeros de edad menor a la mía, y hasta me hacen sentir envidia por los algo más de treinta que tengo.  Les aconsejo que no basta con repetir lo que se escribe en un libro, o lo que dijo aquel en la televisión o lo gritado por otro en una tribuna. Hay que analizar. Y cuestionar. Y dudar. Y entonces debemos armarnos el asunto como si el mundo naciera nuevo.

¿Que qué tiene que ver esto con Electra Garrigó y el ejercicio hecho por los estudiantes de cuatro año? Ah, pues eso yo no lo sé. Mira tú lo caprichoso que es el cerebro.