viernes, enero 13, 2012

Julio García Luis: La nota que nunca escribió


 
Las clases con Julio García Luis llegaban a ser aburridas. Muy aburridas. Pero el término no es demasiado trascendente si se tiene en cuenta la hora (siempre en las tardes), el tema (ética y deontología), la voz (era como un crujido leve y susurrante que se condensaba con el sopor del almuerzo). Se trataba de una asignatura que recibíamos a principio de siglo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, donde García Luis era profesor y decano. Sin embargo, lo único que conectaba a aquel hombre con un ilustre directivo universitario era su carrito.

García Luis llegaba todas las mañanas al parqueo de la Facultad montado en un carrito blanco (¿era blanco?) de procedencia China (¿era Chino?). Entonces los muchachos nos quedábamos mirándolo a través del parabrisas, con su rostro afable, medio serio, medio alegre, con su nariz regordeta y un andar bonachón cuando ponía sus pies en la tierra. A veces retrocedía hasta la calle G para seguir recto al Instituto Internacional de Periodismo, o solo se metía en su despacho, donde lo esperaba una secretaria decidida a decir “por aquí no se pasa”, cuando un estudiante quería salir al patio tomando el camino que atravesaba el lugar.

Eso a JGL no le importaba, la verdad. No le importaba que los estudiantes entraran y salieran por allí, que pidieran favores de toda clase, que nos pasáramos horas tratando de imprimir una revista (o eso creíamos que era) en una impresora guardada en una esquina del lugar. No le importaba eso a Julio García Luis porque era un hombre sencillo y siempre estaba concentrado en sus papeles. No sabría precisar qué clase de papeles eran, pero me inclino a pensar que, más que documentos burocráticos de la Institución que dirigía, se trataba de textos relacionados con el periodismo.

Los tiempos de sus días como periodista azuzaba su leyenda en la Facultad. Se decía que había sido brillante (era brillante) y que por ese brillo había ido directamente a trabajar al equipo del Comandante en Jefe. Junto a Fidel Castro recorrió muchos lugares, de Cuba y el mundo. Y en cada uno de ellos escribía elegantes crónicas que publicaban medios de importancia como Granma o Trabajadores. Después llegó a ser presidente de la UPEC, cargo del que salió, como suele decirse, medio tronado, no sé por qué. Es parte de la leyenda que aún debe recorrer las aulas de la Facultad de Periodismo. Y lo único cierto es que JGL se comportaba todo el tiempo como un hombre normal, honesto  y sin poses, junto a los estudiantes y muy consecuente con todo lo que había vivido, con todo lo que había sentido.

Como acabo de conocer su muerte, escribo estas líneas casi de forma mecánica, pero impulsadas por el dolor.  Lo vi una vez, después de graduado, en una visita que hizo a Holguín. También éramos amigos en Facebook, pero apenas se le veía en el chat. 

Una vez el periódico ¡ahora! publicó una crítica sobre mi libro de cuentos El invitado, acabado de publicar. Yo estaba de vacaciones y la persona que recibió el texto en la redacción cometió un ligero desliz: trocó la firma del autor. En lugar de acreditar a José Luis García dio todos los créditos de la nota a Julio García Luis. Algunos me miraban después extrañados, como diciéndose: “Vaya ,si es amigo de García Luis, tan amigo que hasta le escribió una crítica favorables a su libro”. Y yo no le dije la verdad a nadie. Para qué ponerse a explicar. Solo a José Luis García le dio mucha rabia el trueque. Y a Julio García Luis…no sé, quizás todavía, en algún lugar, se ande riendo por ahí. O solo se cuestione si era más ético haber advertido mediante una nota. Para eso nos impartió aquella asignatura. Digo yo.