viernes, octubre 22, 2010

Escribiéndole cartas a Lily


Un día, un día cualquiera. Una mañana, una mañana cualquiera. Un minuto cualquiera de esta vida que pudiera ser la vida de cualquiera la observó diferente. La descubrió distinta. Lily estaba sentada en su lugar de todos los días, y decía las cosas de todos los días. Pero le dio por reírse. Le dio por reírse porque alguien, no importa ahora quién, hizo un chiste. Tampoco importa saber de qué trataba el chiste. Lo que importa es que Lily sonrió. Y después rió. Y entonces sus ojos no fueron los ojos de siempre, sino que se trasformaron en dos diminutos insectos de alegría que lucieron contagiosos y él mismo acabó riendo al ritmo de la risa de ella y cuando tomó conciencia de que se encontraban frente a frente, mirándose a los ojos, se sonrojó.

Pensó que iba a olvidar aquel incidente. Había trascurrido mucho tiempo. Ocho horas. Ya estaba en la casa, con la cabeza recostada en la almohada, reposando el trajín del día y listo para dormir cuando notó que se reía solo. Nadie lo vio, para suerte suya. Y si después se decidió a contarlo fue porque pronto presintió que la mejor manera de perder la vergüenza es compartiendo el asunto vergonzante. Y lo que a él le había sucedido era muy cómico. Se reí solo al recordar a Lily. Solo encima de su cama se estaba riendo al pensar en sus ojitos de insecto de alegría. Le causaba gracia lo sucedido, sin embargo no le había sucedido nada con ella. No sucedió nada digno de contar: cada cual había seguido su camino, cada cual había seguido en lo suyo. Él sentado en su asiento y Lily sentada en el suyo, sin saber.

Entonces tuvo la idea de escribirle una carta, y carta para él no era otra cosa que arrancarle una hoja a la libreta y transcribir en ella lo que empezaba a sentir, aquello que comenzaba a intranquilizarlo, lo que durante la noche anterior le había impedido dormirse como dormía habitualmente. Lo noche no había sido aquella embarcación apacible que lo trasladaba hasta la costa del día, sino que se había transformado en un camino abrupto, difícil de transitar. Sólo cuando sintió los gallos, sólo cuando vio las primeras luces de la mañana estuvo tranquilo, quieto, feliz. Era la señal de que finalmente volvería a encontrase con Lily. Pero, algo impensado estaba por cambiarle los planes: amaneció sábado. Y los sábados nunca se encontraba con ella.

¡Cuánta decepción! No hubo nada qué hacer ese fin de semana. No hubo ninguna acción que pudiera cambiarle el sentimiento de languidez que parecía abrumarle su corazón. O debía decir: corazoncito. Porque a fin de cuentas era esa la manera en referían el órgano que animaba su cuerpo. No era aún un corazón sino un corazoncito, una víscera del tamaño de su puño. Y su puño, aún cuando se apretara para golpear a un enemigo, era diminuto como una fruta, incapaz de albergar sentimientos tan inmensos como el amor. No era posible. Pero, ¿cómo llamar aquello? ¿Qué lo volvía tonto de buenas a primeras? ¿Qué le impedía concentrarse? No tenía respuestas. Y a nadie le preguntó.
    
Después de pensarlo durante el fin de semana, después de planificar paso a paso lo que haría al llegar a la escuela el siguiente lunes, se animó a escribir su carta. Volcaría en ella sus sentimientos. Los dibujaría de la manera más original que podía ocurrírsele en ese instante. Garabateó dos corazones atravesados por una flecha. Escribió sus nombres. Y dejó el mensaje, el primero, el más intenso, el que apenas encontraba palabras para expresar: Esto es amor, puso con su primera caligrafía.

Estaba por cumplir los siete años. Aquel curso lo pasó escribiéndole cartas a Lily.