lunes, marzo 08, 2010

Aquella foto escondida de Korda

La madre de mi abuela, una señora gorda y de pelo blanco como el refrigerador ruso que tuvo primero que todos en la familia, era una mujer sensible. Aunque aparentara un carácter recio, teñido de cierto sarcasmo y buena imaginación, resultó ante mis ojos infantiles una persona sentimental.
Todo comenzó un día en que entré a su cuarto y descubrí la fotografía en un cuadro protegido por un nailon. La niña del retrato llevaba en los brazos un trozo de madera que funcionaba como un juguete. Tenía grandes ojos y el rostro descubría su perplejidad por quien le tomaba la instantánea.
Como la niña de la foto tendría la edad que yo mismo arrastraba por aquellos días, me sentí impresionado. Dada la cercanía con un altar lleno de imágenes, losas grabadas con motivos religiosos y copas pensé que tendría algo que ver con el mundo sobrenatural con el que la señora mantenía relación. Esa idea me mantuvo por un tiempo impresionado. La niña era lo primero que uno encontraba al llegar a la habitación. Lo miraba a uno con inmensos y penetrantes ojos.
Después la encontré graciosa, sencilla, hermosa. Posiblemente experimentara el cosquilleo del amor infantil y la ternura de la imagen me hiciera escrutar sus detalles  con la boca abierta.
Por último creí que la niña era mi propia bisabuela. Debido a que ella había nacido en el campo del cual había salido antes de la Revolución supuse que se trataba de una imagen personal, sin reparar si acaso por los potreros donde vivía había un fotógrafo capaz de captar una escena semejante y no composiciones armadas como era natural.
En fin, que por un tiempo la foto y la niña que sostenía el trozo de madera fueron mi obsesión y motivo de toda clase de ideas e ilusiones.
Después pasaron los años y la madre de mi abuela murió y la familia acabó separándose como los hielos con el calentamiento global e ignoro qué pasó con el retrato. Lo que sí recuerdo es mi sorpresa el día que volví a encontrarme con la imagen de adulto.
Buscaba en unos periódicos cuando, de pronto, de entre una página, surgió inmensa la niña. Yo era un adulto, un hombre “hecho y derecho”, como se dice, mientras ella, por el hechizo de la fotografía, seguía siendo la misma que recordaba.
Había quedado ajena al tiempo y a los hechos gracias a los cuales se marca el paso de los días. La culpa era  de Korda, el verdadero autor de este retrato. Y ese día, el día en que descubrí el retrato me sentí conmovido: no éramos familia la niña y yo, sin embargo habíamos crecido juntos; no era un ángel, sin embargo alguna vez me había impresionado como debieran impresionar los alados.
Y recordé a la madre de mi abuela, la volví a ver sentada a la cama, en las noches, con los ojos fijos en el retrato que no era más que un pedazo de periódico. Y recordé aquellos días,  y la penumbra, y el asombro y el aguacero que selló el suelo el día de su muerte apresurada por el cáncer. Todo eso fue lo que vi en la fotografía el día en que cientos de años después vi cómo la niña de Korda no había crecido ni siquiera una pulgada.

La madre de mi abuela, una señora gorda y de pelo blanco, como el refrigerador ruso que tuvo primero que todos en la familia, era una mujer sensible. Aunque aparentara un carácter recio, teñido de cierto humor y buena imaginación, resultó ante mis ojos de niño una mujer sentimental que sólo parecía endurecida por el tiempo vivido en un campo llamado Tacámara, algo lejos del centro actual de Holguín. Supe de su espíritu sensible un día en que por casualidad entré a su cuarto y descubrí la fotografía en un cuadrito de madera, protegido por un nailon, según recuerdo. La niña del retrato llevaba en los brazos un trozo de madera que funcionaba como un juguete. Tenía grandes ojos y el rostro, inocente, descubría su posible desconfianza ante quien le tomaba la instantánea. Como la niña de la foto tendría la edad que yo mismo arrastraba por aquellos días, me sentí atraído por su imagen. La encontré graciosa, sencilla, linda como son las niñas para todos los niños. Posiblemente hasta experimentara el cosquilleo del amor infantil y jurara en algún momento que ella, la niña de una foto que solo los que entraban al cuarto podían ver, era mi novia. La foto de la niña que sostenía el trozo de madera fue una obsesión. Después crecí un poco, lo suficiente para estar casi seguro de que la niña de la fotografía no era más que mi propia bisabuela, es decir: la madre de mi abuela que guardaba su propia imagen a la orilla de su cama, en medio de dos o tres santos y la imagen de unos angelitos metidos en un plato para coronar su altar. Pensaba yo que las cosas eran así de fáciles y que, para alguien que había vivido en un campo los inicios de siglo XX, hacerse una fotografía era tan sencillo como lo era para mi en los ochenta. Yo tendría entre siete y ocho años y pasaba inconciente los días en que la Unión Soviética lucía como nuestro mejor amigo, aunque fuera un lugar lejano, una especie de sueño que permitía logros tales como los de mi vecino Guanchi quien, después de irse a estudiar no sé qué a la Alemania socialista, volvió con una motocicleta Suzuki que aquí carecía de carreteras para rodar. Guanchi se conviertió en nuestro héroe (más querido que Flipper, más que el Pequeño vagabundo) y lo mirábamos como se podría mirar a un extraterrestre si aterrizara en el patio de tu casa. La madre de mi abuela, por esos días tenía un hijo en los Estados Unidos y la familia hablaba de él con cierto misterio por una razón sencilla que yo vine a descifrar cuando ella se había vuelto una anciana agonizante de cáncer, y la veíamos siempre tendida sobre una cama de muelles. Murió pocas horas después de que el hijo llegara desde New York, la ciudad donde ella misma había permanecido junto a su marido, el padre de mi abuela, mi bisabuelo, y volvieran con paquetes de mani garapiñado y peluches para los muchachos. Después de muerta la madre de mi abuela ignoro qué pasó con el retrato. Lo que sí sé es la gran la intensidad de mi sorpresa el día que volví a encontrarme con aquella imagen que creía familiar. Buscaba en unos periódicos antiguos y, de pronto, de entre sus páginas, surgió la niña con toda la brusquedad que podía haber adquirido para mi adultez. Yo era un adulto, un hombre “hecho y derecho”, como se dice, mientras ella seguía siendo una niña, había permanecido ajena al tiempo gracias al lente de Korda, el verdadero autor de este retrato. Ese día, el día en que descubrí quién era realmente la niña del retrato me sentí feliz: no éramos familia, sin embargo crecimos juntos. Ella se habían tornado una persona real en mi vida y yo, quizás, me había quedado atorado en el día aquel cuando la conocí, diminuto, desconfiado como ella misma. Y recordé a la madre de mi abuela, la volví a ver sentada a la cama, en las noches, con los ojos fijos en el retrato que no era más que un pedazo de periódico. Y vi en sus ojos el dolor de un pasado cruel, y vi la muerte, y vi los hijos que no le crecieron, y vi el fango del camino, y vi las huellas del caballo en la tierra, y vi la frustración. Todo eso fue lo que vi en la fotografía. Nada más que eso. Nada más.

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