sábado, septiembre 05, 2015

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Recuerdan los viejos de la familia que treinta y ocho significa dinero en la charada. En cuanto hablamos, por mi cumpleaños, todos se fueron a apuntar con el bolitero de la cuadra. En cada cuadra hay también un bolitero en Cuba, el personaje que con familiaridad y discreción pregunta si quieres jugar alguno.

Casi siempre alguien quiere jugar un número – y arriesga su poca fortuna por hacerlo-, porque todo el mundo sueña y tiene visiones en Cuba – como ha de tenerlas en cualquier parte dentro y fuera del universo, no sea que alguien llegue a creer que los sueños son patrimonios de los terrícolas- pero esos sueños y visiones muchos lo quieren canalizar a través de  la charada.

De modo que si en realidad fue certera la intuición de los veteranos de mi diezmada tribu, alguno habrá podido materializar su suerte y habrá comprado al menos tres libras de carne de cerdo al día siguiente con las cuales cocinaría un buen fricasé que devoraría a mi nombre mientras yo empezaba a desandar los treinta y ocho y poco adinerados años de mi existencia.

Treinta años atrás pensaba que a estas alturas sería por lo menos millonario y que podría salir del garaje de mi vivienda, que sería un rampa de caras al cielo, en una deslumbrante nave espacial gracias a la cual me tomaría dos minutos llegar al trabajo, que sería tal vez en una prometedora empresa relacionada con satélites y esas cosas.

Entonces leía la revista Misha, y los ilustradores soviéticos eran muy fantasiosos. También me leía los Comic supervivientes en las gavetas de mi casa. Y las historietas cubanas que hablaban de seres de otras galaxias y de mambises empecinados. De niño uno soñaba con el futuro, pero nunca pensaba tener treinta y ocho años en la vida. Pensaba cosas más trascendentales y no se dejaba llevar por el rostro de los adultos, que pasado los veinticinco parecían vejestorios.

Yo, incluso, pensé quedarme en los veintisiete; no como los grandes mitos del rock sino porque a esa edad tuve un accidente.  Pero, después de los veintisiete vinieron los treinta y uno por uno han ido pasando los años hasta tomarme de sorpresa los treinta y ocho.

Desde la altura de la edad veo que hay niños que siguen soñando, y otros que no sueñan porque no tienen tiempo para hacerlo y se ven sumidos en la precariedad.

Y aquí estoy medio infantil todavía; sin empresas de satélites en las que me haya insertado y sin haber visto jamás rampas en el garaje de las casas; pero a las puertas de la paternidad, sirviendo de inspiración a los más viejos de la tribu y pensando. Eso, creo, es lo fundamental.  

ilustración de Vitali Goriáev. tomada de:http://actualidad.rt.com/cultura/view/19823-Las-historias-americanas-y-antiimperialistas-de-un-ilustrador-sovi%C3%A9tico