domingo, julio 19, 2015

Lo político y lo cultural (a propósito de la obra interrupta -censurada- de Cremata)




La escasa polémica en torno a la suspensión (censura burda) de la obra El rey se muere, del director Juan Carlos Cremata (1961), sirve para recordar una discusión planteada en Cuba desde el principio de la Revolución, cuando la mirada política comenzara a imponerse sobre la vida social como un lineamiento de fuerza.

El tema data de 1961, cuando la censura del cortometraje P.M trastocó para siempre las relaciones entre arte y política, y con ello el entendimiento de lo que debía ser un “producto cultural correcto” en una sociedad como la que los teóricos pretendían.

El hecho dio pie a una reunión donde autoridades de la política y los artistas -intelectuales- se vieron las caras con el fin de analizar lo que los primeros entendieron “problema” y los segundos “deber”, o sea: la representación de la realidad mediante los más diversos registros de las artes.

Durante el encuentro sucedido en la Biblioteca Nacional la autoridad máxima de la Revolución expresó una frase contundente simplificada en cuatro palabras que todavía funcionan como sentencia para una obra en cuestión: “dentro”, “todo”; “contra” y “nada”.

Tan estricta ha sido la autoridad de semejantes  palabras como ambigua su interpretación. Tomándolas como bandera ocurrieron encendidas polémicas entre facciones de toda índole: la ortodoxia contra la heterodoxia, la disidencia contra la oficialidad, los nuevos contra los veteranos, los moderados contra los que no sienten nada qué perder y sueltan criterios a diestras y siniestras.

Algunas discusiones milagrosamente fueron llevadas a la opinión pública en momentos de excepcional lucidez, pero buena parte de ellas y durante la mayor parte del tiempo se han desplegado a través de canales paralelos, elitistas, clandestinos y casi a espaldas de la mayoría, tan absorbidos por el verdadero problema: la existencia.

El “ente” al cual se dirigen todos los proyectos, el pueblo, suele mantenerse ausente de la discusión en torno a la conveniencia o no de una obra, atendiendo a su tema, forma o registro, y cuando "la masa" toma partido es a partir de condicionamientos sutiles y partiendo de un sentimiento que les obliga a cegarse ante los verdaderos propósitos del arte.

De este modo algunas figuras y asuntos parecieran prohibidos a la mirada crítica y subjetiva del artista, aun cuando formen parte de un universo simbólico que, aunque queriéndolo, no lo pueden ignorar.

Ni siquiera ha sido razón convincente, para que las autoridades lleguen a un concilio entre política y arte, la posibilidad de que la interpretación de una obra puede arrojar al público, al pueblo, a un verdadero y beneficioso cuestionamiento de la realidad. O quizá temiéndole a ello es que no acaba de establecerse un acuerdo.

El rey se muere fue escrita por Eugene Ionesco en 1962 y se inscribe dentro del teatro del absurdo. Cremata (filmes: Nada, Viva Cuba, El premio flaco…) quiso adaptarla a la realidad cubana y al parecer tuvo buena acogida en las dos únicas funciones posibles, antes de que el Consejo de las Artes escénicas la bajara de cartelera.

Según artículo emitido por uno de los especialistas de la estructura: “Lo cuestionable está en la ausencia de matices, en la pérdida de un pulso que pudiera graduar el del choteo, la parodia como mecanismos propiamente teatrales de desacralización de la política, del discurso oficial, de los rituales patrióticos. El problema de la puesta estriba en que la crueldad deja de ser una categoría teatral con la cual jugar (como en principio propone el texto original de Ionesco) para convertirse en ejercicio estético suicida, que violenta las estructuras sociales y culturales en las que está inmersa el juego escénico…”

Y una vez más ocurre, ahora en las redes sociales, en las páginas web (publicadas fuera de Cuba), una polémica en torno a la censura de una obra. Y aquel “Dentro” y “todo”, “contra” y “nada” nos lanzan siempre a la tan llevada y traída política cultural. 

En tiempos en que poco puede ser silenciado, las estructuras relacionadas con la “gestión” y “control” del arte deberían reformularse de una vez su existencia si es que de verdad pretenden salvar  la cultura. Su labor sigue siendo beneficiosa a la hora de velar por el cuidado de manifestaciones poco estimadas por el cruel influjo del comercio, pero tendrá que cuidarse de pasos torpes que empañan su funcionamiento.

En los medios de opinión pública no hay por qué tomarla con quien lleva una banderita Norteamérica en su auto, si no con el que no produce la cubana para que alguien la pueda llevar, e incluso sobre su cuepo. Sería como pensar que la apertura que se experimenta a partir de ahora restablecidas las relaciones no traerá para Cuba (como cultura) la posibilidad de penetrar la potencia ante la cual se mantiene en guardia.

El problema de la política cultural precisamente parte de su origen. Debería centrarse de una vez por todo en lo cultural y despojarse, al menos directamente, de la política como camisa de fuerza.





imagen tomada en: http://www.danstontarn.fr/2014/02/20/saint-juery-le-roi-se-meurt-de-ionesco-par-la-troupe-arscene81/