sábado, marzo 24, 2012

Dos locutores para un solo papa



La primera vez que un papa pisó suelo santiaguero yo estaba sentado en un banco de madera, pelado casi a rape (como ahora) y vestía ropa de camuflaje. No es que tal atuendo se usara entre la juventud (no he sido amigo de las modas), sino que era el uniforme militar permitido donde pasaba mi Servicio Militar Obligatorio (quizás fuera ya Servicio Militar General).

Acababa de cumplir veinte años y era tan delgado que una brisa de recia tempestad podía hacerme perder el equilibrio. Tampoco era religioso. Jamás he profesado una fe ciega por nada. Pero, el día en que Juan Pablo II ofrecía su misa en Santiago de Cuba me encontraba sentado en aquel banco de madera que había frente al televisor.

También habían llegado hasta allí algunos otros compañeros y también dos o tres oficiales. A todos, más que asuntos de fe, nos movía una evidente curiosidad por el visitante. Ninguno había vivido la experiencia de tener a un papa tan cerca. Y, la verdad, tampoco ese día lo tendríamos muy próximo que digamos. El más cercano del grupo estaría a un metro del televisor y, en conjunto, nos separaban ciento y tantos kilómetros del sitio en el cual aquella mañana ofrecía su misa santiaguera.

Estoy seguro que hacía calor y que por este dichoso clima el Sumo Pontífice estaba viviendo sensaciones increíbles. No era para menos: la brisa del Mar Caribe, el aroma de la Sierra Maestra y aquella multitud de negros devotos que hasta bailaban delante. Rompió una conga fantástica …tan tacá tucán, tan tacá tucán… y sobre el metal emergió la voz de un coro improvisado …Juan Pablo hermano, quédate conmigo aquí en Santiago…

Según el monseñor Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, el Papa hasta había saboreado ya (y quiso repetirla) esa receta que nos parece tan normal llamada malangas fritas. En fin, parecía sentirse a gusto en Cuba y, por el rostro, también lo estaba en Santiago.

La televisión nacional se encargaba de transmitir la ceremonia y temprano pasó “cámaras y micrófonos” hasta la ciudad, hasta la Plaza de la Revolución donde un Antonio Maceo, a unos metros de la multitud, montaba su caballo en dos patas. Yo sé que la televisión pasó cámaras, pero los micrófonos no recuerdo si estaban en los estudios centrales (como sucede en algunos juegos deportivos) o en algún lugar colindante al altar. Lo único que tengo claro es que no se trataba de un micrófono, sino de dos (como en los juegos deportivos).

Uno de los micrófonos le servía a algún miembro de la iglesia y el otro a un periodista cubano. No recuerdo ni la jerarquía ni el nombre del religioso, pero sí tengo clara la memoria de nuestro colega: Pedro Martínez Pirez, experimentado reportero que algunas veces veíamos en la televisión. Pirez, con una voz agradable (puedo denominarla “apuesta”) tenía la función (al menos fue la impresión que nos dejó a todos) de aclarar lo que disertaba su compañero comentarista.

Sabemos muy bien lo inexperto que éramos (si no lo somos aún) en esto de visitas papales (el propio Fidel Castro había tenido que explicar el tema en una intervención Televisa para que los compatriotas más recalcitrantes supieran cómo comportarse). Quizá por semejante inhabilidad había dos locutores aquella mañana para la transmisión. Si uno hablaba en exceso con la terminología religiosa, el otro “traducía” en un lenguaje a tono con "nuestra sociedad".  De modo que “su santidad se dirige en homilía a los peregrinos congregados frente al altar”, decía el locutor religioso y “el Jefe del Estado del Vaticano le ha hablado al pueblo santiaguero en una mañana histórica”, advertía Martínez Pirez.

Así, mediante dos maneras de bordar el tema, gracias a dos discursos televisados, fuimos testigos de una visita memorable: Juan Pablo II pisaba Santiago (“tierra hermosa”, le llamó), un pueblo que lo había llenado de entusiasmo, de calor humano, y que casi lo obliga a moverse con el ritmo llegado de la multitud. Era 1998. 24 de enero. Sábado para quien guste de detalles.