jueves, diciembre 17, 2015

Tantos Lázaros



foto: kaloian santos cabrera
En los hogares cubanos muchas velas se prenden hoy, o se prendieron anoche en saludo al santo de las muletas. San Lázaro. Tan popular como la Virgen del Cobre, y tan presente en algún rincón, sobe una repisa, en la esquina de la sala. Muchas veces queda visible y pueden verle las visitas, sea quien sea, crea o no.
De modo que hoy todos los Lázaros estarán con su vela prendida y quizá con su nueva capa púrpura sobre la ropa de yute y las ofrendas que decidieran acercarle a quien tantos pedidos recibe durante el año. Sonarían los tambores en la casa de ciertos vecinos, y los cueros habrán recordado que Lázaro santo es también Babalú Ayé entre los orishas.
Cada año, para estas fechas, mi abuela cambia de lugar a su Lázaro. Es una escultura mediana que, por si fuera poco lo de las muletas, se fracturó el yeso una vez. Le renueva la vestimenta de yute y le coloca un trozo de cake encima de una semilla en forma de barco. El dulce lo compra en el establecimiento más cercano y por el valor más bajo que pueda porque no tiene economía para adquisiciones especiales en divisas. Nunca ha estado abundante de economía. Así y todo, para estas fechas diez años atrás se empeñó en un viaje insólito y fundamental para ella.
700 kilómetros en Cuba pueden dejar en uno el efecto que a Ulises su regreso a Ítaca. Pero a ella alguien le sacó boleto hasta La Habana y en soledad viajó al santuario del Rincón solo por, como se dice, cumplir una promesa. Mucha gente cumple por las solicitudes a sus Lázaros, en las formas más caprichosas se trasladan hasta donde el santuario en Boyeros. Ella le había prometido al santo que si volvía a caminar su nieto le pondría velas en su propia casa y le llevaría ropa nueva y a saber qué más. Recién había sobrevivido yo a un accidente automovilístico en el que murió mi madre; de modo que mi abuela, con el doloroso peso de haber perdido a su única hija, y casualmente a su esposo un mes después, se llegó hasta el Rincón para agradecerle al viejo y andariego milagroso porque sus dos nietos estuvieran sanos, y yo, vivo.
¿Cómo fue su viaje?, ¿de qué manera lo sufragó?, ¿en qué sitios de La Habana pernoctó aquellas noches? Apenas hemos hablado. Mi abuela no habla demasiado de ciertas actividades y zonas de su vida. Lo único que sé es que fue sola y regresó sola y que después nos hizo saber lo imprescindible de esa peregrinación espiritual. O sola no hizo el viaje, porque se aferra en decir que siempre le acompañaba él, Lázaro.
Y este es uno de los problemas que se le crean a quienes es agnóstico, por no decir ateo que como cree un amigo es un invento del estalinismo; o por no decir escéptico como los de la Grecia antigua, que escéptico si me siento. Ni siquiera estoy seguro si algo tuvo que ver su promesa con que yo volviera a caminar. Esas cosas nunca se saben, porque aunque uno niegue ciertas posibilidades otros imploran por ti e invierten en ello sus mejores energías. Y aunque uno tampoco ande pidiendo salud quienes te quieren la solicitan a tu nombre, y prometen cosas para que se cumplan, y reclaman como también reclamó mi madre a Lázaro la vez que me enfermé poco antes de aquel accidente y ni siquiera llegó a saber el desenlace.
Uno ni está seguro si de verdad existen esa clase de poderes invisibles atribuidos a imágenes con historias, pero cuando llega el día, por un problema cultural como supongo, o por consideración o por lo que sea, se pone a pensar en esto.